Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Uno
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Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1)

Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1)

Por Lexi Johnson

© inepub.com

Uno

Sade

Cuando Sade era pequeña, pensaba que su Nana era un poco rara.

Para empezar, no tiraba nunca nada. Montones de periódicos amarillentos abarrotaban los pasillos de la casa del suelo al techo y la convertían en un lugar tan oscuro y angosto como un hormiguero.

Todas las noches, Nana dejaba un platillo de leche en el porche, aunque Sade nunca vio ningún gato por allí.

Nana también coleccionaba cosas raras, como las herraduras y los clavos de hierro oxidados que colgaba de las vigas del porche a modo de toscos carillones de viento.

Tenía una habitación entera llena de muñecas de pelo rubio cuyos ojos relucientes, de un gris verdoso, le recordaban a Sade las escamas de los peces.

Y luego estaba el corro de setas del patio trasero.

—Deja eso en paz, Sade —le había advertido Nana la primera vez que la pilló jugando allí con su hermano—. Sobre todo con luna llena.

—¿Por qué? —había preguntado Sade.

—La Buena Gente —respondió Nana, con un atisbo de sonrisa en los labios finos y agrietados—. O los Sidhe, para ser más exactos.

—¿Ella? —preguntó Sade—. ¿Como las chicas?

Nana se echó a reír a carcajadas.

—No, como los Sidhe.

Al repetir la palabra, su voz adquirió una leve cadencia.

—La gente feérica. Embaucadores. Viven al otro lado del velo y, si tienes suerte, no verás a ninguno en tu vida. Hay quien dice que nos siguieron desde el viejo país.

Ese era el «viejo país» de Nana. Nana era la madre del padre de Sade.

El «viejo país» de Sade estaba en algún lugar de África, según le había explicado Mamá, aunque Sade pensaba que bien podía considerar suyos los dos «viejos países».

También era hija de su padre, aunque su padre hubiera sido infiel con «esa mujer».

No es que Sade fuera tan tonta como para disgustar a Mamá diciendo nada de aquello en voz alta.

—Pero tienes calor, niña. Ve a por un polo. Y no toques esas setas, ¿vale? —Y eso fue todo lo que Nana dijo al respecto.

Más tarde, esa misma noche, cuando ya se habían metido en las literas del cuarto de invitados donde siempre dormían en casa de Nana, Sade le preguntó a su hermano:

—¿Qué te parece ese corro de setas del jardín de Nana?

—Ni idea. Pero se pone de los nervios con ellas. Yo creo que, si Nana no quiere que la gente las pise, debería ponerles una valla.

Charles siempre había sido el práctico.

El verano anterior a la crisis nerviosa de Nana, Sade reunió el valor suficiente para escabullirse de la casa y mirar el corro de setas bajo la luna llena.

Se acurrucó en bata sobre la hierba húmeda, junto al corro, mientras los grillos cantaban y los búhos charlaban entre ellos bajo la luna naciente.

Era agosto y los mosquitos no daban tregua. Sade no paraba de darse manotazos y de rascarse y, conforme el tiempo se arrastraba en una procesión interminable y aburrida, los párpados se le fueron cerrando de agotamiento.

La luna ya había subido y se había encogido hasta el tamaño de una pelota de béisbol cuando Sade vio algo moverse dentro del corro de setas.

Algo borroso y blanco. Al principio pensó que era un juego de la luz de la luna, pero la luz de la luna no se condensaba en formas como aquella, como si tuviera cuerpo y manos e incluso el esbozo de un rostro.

Entornó los ojos y le pareció un chico adolescente.

Estaba de pie, con los brazos extendidos y los codos doblados, como si tensara un arco, la mirada fija en algo lejano.

A Sade le retumbaba el corazón en el pecho.

Tenía que ser un fantasma. Si alguien iba a tener un fantasma en su propiedad, era Nana.

Sade quería echar a correr, pero el miedo la tenía clavada al suelo.

¿Y si había un antiguo cementerio debajo de la casa?

¿Y si era un espíritu furioso que solo salía a pasear con la luz de la luna?

Mal fario, como murmuraba la señora Watlington, la bruja del barrio, mientras quemaba largas varas de salvia.

¿Por qué no le había dicho su tía que era mal fario, sin más, en lugar de inventarse una historia sobre la Gente Pequeña con un nombre rarísimo?

Sade había leído un libro sobre fantasmas que se vengaban de una chica por haber profanado su tumba. Era ficción, pero aun así.

¿Y si aquel fantasma veía a Sade? ¿Y si la había marcado para morir?

Sade se frotó los ojos con la esperanza de borrar el espectro de su vista.

Pero la forma borrosa se volvió aún más nítida.

Vestía ropas de cazador, como sacadas de una película de fantasía, y llevaba el pelo como una nevada indómita que le tapaba las orejas.

Tenía las facciones bien formadas, aunque sin acabar: pómulos altos, una nariz fina que se curvaba hacia abajo en la punta y la barbilla ligeramente puntiaguda.

Pero fueron sus ojos los que dejaron a Sade hipnotizada: dos pozos enormes de un gris azulado de tormenta, feéricos.

Eran hermosos, magnéticos y no del todo humanos.

En ese momento, la voz de Charles la arrancó de su embelesamiento.

—¡Sade! —dijo en un susurro áspero.

Charles estaba a apenas un par de pasos. Sade se preguntó cómo no lo había oído arrastrar los pies por la hierba.

—¿Qué haces aquí fuera? —preguntó—. ¡Creía que te habían secuestrado!

Después de horas y horas de programas de sucesos con su tía Teresa, Charles vivía con el miedo perpetuo de que secuestraran a su hermana mayor.

—¡Chist! —le siseó ella.

—¿Qué?

Charles llevaba su ropa de dormir preferida: una camiseta de baloncesto y unos pantalones cortos que le llegaban justo por debajo de las rodillas. En los pies, unas chanclas maltrechas que se negaba a cambiar porque ya las tenía «domadas».

Sade volvió a mirar el corro de setas. Pero el hombre de luz de luna había desaparecido.

—¿Lo has visto? —susurró.

—¿A quién?

—Al fantasma del corro de setas.

Ahora que el hombre ya no estaba y que volvía a tener una conversación normal con su hermano, el miedo y el asombro se le habían esfumado del corazón con la misma rapidez con la que el hombre se había esfumado de su vista.

Charles se acercó unos pasos más.

—No. No veo nada. ¿Seguro que no te has quedado dormida?

Sade se encogió de hombros.

—Puede. Pero…

Tal vez hubiera sido un sueño. Pero todo había parecido demasiado real.

—Has tenido uno de esos sueños lúcidos —dijo Charles—.

Vi un programa sobre eso. Crees que estás despierta, pero no lo estás.

Por eso hay gente que cree que la han atacado demonios o que la han secuestrado alienígenas —dijo Charles—.

Vi un programa sobre eso. Crees que estás despierta, pero no lo estás.

Probablemente fuera eso. Sade asintió y siguió a su hermano hasta la casa. Dejó los zapatos húmedos y embarrados junto al felpudo de la puerta, subió, se lavó los dientes otra vez, le dio las buenas noches a su hermano y, al final, se quedó dormida.

Sade lo habría olvidado por completo si, a la mañana siguiente, su Nana no la hubiera agarrado por la muñeca en la cocina para decirle:

—Mírame.

—¿Qué?

Los labios de Nana, ya de por sí finos, se apretaron. Parecían una coma enfadada, tumbada de lado.

—¿Qué has hecho, Sade?

—¿Hacer? —El hombre de luz de luna volvió a colarse de golpe en su cabeza—. No sé.

Apartó la mirada, con miedo de que Nana le viera la culpa pintada en la cara.

—Sí que lo sabes.

Nana debería haberse puesto furiosa, pero su voz solo sonó muy triste.

—Ahora tienes el don de la visión —dijo con un suspiro—. Pobrecilla. Pobre, pobrecilla.

Sade nunca llegó a saber a qué se refería su Nana con «la visión», porque aquel otoño la policía sorprendió a Nana corriendo desnuda por el bosque.

Su madre dijo que era consecuencia de algún trauma.

Fuera lo que fuese, le había vuelto el pelo de castaño a blanco a aquella mujer de cincuenta y siete años, que además había empezado a murmurar en un idioma que nadie entendía.

Murió unos años después de vieja —lo cual resultaba raro, porque en realidad no era tan mayor— y dejó la casa en fideicomiso a Sade.

Sade, a su vez, había dejado el mantenimiento en manos del administrador de la propiedad hasta entonces.

Hasta Michael.

Sade no estaba segura de que le fuera a gustar vivir en el campo.

Le resultaba extraño no poder ver a los vecinos desde su propio porche, o tener que conducir diez minutos para comprar un cartón de leche.

Al menos había visto a un par de personas negras más conduciendo por la carretera.

Eso ya era mejor que cuando se quedaba allí de niña.

Aun así, incluso con sus ahorros, tendría que buscar otro trabajo aparte del de transcripción médica por internet si pretendía aguantar allí más de uno o dos meses.

Quizá tuviera suerte y a Michael lo trincaran de una vez, o se lo cargara algún otro matón al que hubiera cabreado.

Lo mejor, decidió Sade, era ver aquello como una oportunidad para empezar de cero. Siempre había querido a Nana y, aunque las cosas se habían puesto un poco raras en algún momento, allí siempre se había sentido a gusto.

Era mediodía y el sol caía con una intensidad deslumbrante. Sade cogió las gafas de sol de donde estaban colgadas, sujetas con la pinza a la visera de la ventanilla del conductor, y salió al asfalto.

Cuando ella era niña, Nana había pintado la casa de azul cielo, pero hacía mucho que aquel color había dado paso a un blanco grisáceo y apagado; Sade supuso que el administrador de la propiedad lo había elegido porque no se le notaba el polvo.

Los árboles de ambos lados de la casa habían criado un espeso pelaje de enredaderas, de dedos marrones y leñosos que se tendían unos hacia otros en una aguja inacabada sobre el porche.

Las contraventanas seguían siendo del mismo verde apagado que recordaba, y el mismo banco de madera agrietada seguía en el porche desnivelado, mirando a la hierba.

Algunas plantas perennes de Nana libraban una batalla heroica contra las malas hierbas, pero la mayoría había sucumbido, y de vez en cuando algún diente de león asomaba por los bordes del camino de entrada.

Sade llevaba dos maletas en el maletero de su Subaru de 2003 y otra caja en el asiento de atrás.

Era triste, la verdad, que toda una vida se resumiera en tan poco.

Ni siquiera tenía un pez o una tortuga que cuidar.