Epílogo
Furia
Tres horas después de que la princesa Lairelithoniel, heredera del trono de Edenost, enviara a sus dos pájaros a matar al príncipe de Arborlight, los hechizos que los ataban a ella se quebraron, y Laire supo que habían fracasado.
Furiosa, Laire se volvió hacia su cortesano de mayor confianza y le arrancó la garganta. La sangre le manchó el vestido y no sirvió precisamente para mejorarle el humor.
A su alrededor, los demás cortesanos cayeron de rodillas en un silencio aterrorizado.
Laire los ignoró. Tenía problemas mayores.
En primer lugar, su madre, la reina, se pondría furiosa por la pérdida de su cambiaformas cuando regresara y se enterara de lo ocurrido. Aunque, con un poco de suerte, la Corte de Arborlight ejecutaría a Haytham sin más y le ahorraría la molestia de dar explicaciones.
En segundo lugar, y aún peor: su mortal no solo había escapado, sino que había vuelto a los brazos de su compañero unido por el alma.
Si la tímida mortal morena no había recuperado ya sus recuerdos, los enemigos de Edenost no tardarían en desentrañar el hechizo.
Entonces Sade no solo conocería su pasado, sino que además tendría información vital sobre la Corte de Edenost y las costumbres de la princesa.
En definitiva, era un buen lío.
Una de las cortesanas postradas, con la frente apoyada en el suelo, soltó un hipido.
Por pura irritación, Laire se planteó matar a la elfa, pero el filo de su furia se iba embotando y, aunque convenía mantener en vilo a los cortesanos de rango inferior, se volvían inútiles si se los sometía a un terror demasiado constante.
—Marchaos —les dijo Laire con un gesto hacia la puerta.
Todavía de rodillas, retrocedieron en grupo y se estorbaron unos a otros en su prisa por salir.
Aquello tuvo su gracia.
Cuando el grupo se hubo marchado, Laire apoyó la barbilla en los dedos entrelazados y repasó su situación.
¿Qué seguía teniendo a su favor? Bueno, al menos ahora que Sade estaba de vuelta en brazos de su compañero unido por el alma, la orden del Justicius de no dañar a la mortal quedaba sin efecto.
Laire se moría de ganas de clavar las alas de su Pajarillo a la cama y mantenerla atrapada entre el dolor y el placer hasta que Sade le suplicara que acabara con su inútil vida mortal.
Pero sacar a Sade del corazón de la Corte de Arborlight no sería fácil. Y, sin las ataduras del dictamen del Justicius, lo más probable era que los elfos luminosos atacaran Edenost en represalia y arrastraran a ambos reinos a otro ciclo de guerra.
Un resultado indeseable. La guerra era costosa, caótica y molesta. Y, además, en la Corte de Arborlight aún quedaba otro pájaro que obedecía los caprichos de su familia.
Por un instante —uno de los escasos momentos en que experimentaba algo parecido al miedo auténtico—, Laire sopesó la magnitud de lo que succedería si perdía el control de aquella última vía de acceso a la Corte de Arborlight o la comprometía de cualquier otro modo.
La tortura y la muerte serían un destino piadoso comparado con lo que le haría su madre.
Pero gobernar no era vocación para pusilánimes, ni los Dioses premiaban la timidez.
Laire llamaría a su pájaro y le haría susurrar sus secretos. Por mucho que hubiera perdido, con la baza adecuada podía recuperarlo diez veces multiplicado. Las bazas lo eran todo.
Eso era gobernar y, cuando sus padres le hicieran el favor de morirse, pensaba gobernar mucho tiempo y con mucho provecho.
Fin.