Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Príncipe Aranion
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Príncipe Aranion

Dos

Nunca había tenido un sueño semejante: uno que lo dejaba dolorido de deseo por cada poro de la piel.

Lo recordaba de forma fragmentaria, pero vívida: tenía en brazos a una suave mujer mortal que gemía dulcemente contra su cuello.

La sujetaba contra sí mientras le recorría con los dedos la tersa piel morena, arrancándole placer…

Espantó el recuerdo con un parpadeo —aunque no la excitación— y movió los hombros en círculos para devolver la sensación a las manos.

Los árboles silvestres no ofrecen comodidad alguna, y a Aranion se le había agarrotado el cuello de dormir con la espalda apoyada contra el áspero tronco.

A su derecha descansaba el arco, y a su izquierda, un saco de seda con las provisiones que había robado en su huida.

Los exploradores acabarían dándole alcance. Le sorprendía que todavía no lo hubieran encontrado.

Tal vez el sueño fuera una señal de que Aranion llevaba demasiado tiempo allí. O… ¿sería señal de que alguna parte de él aguardaba su noche de bodas con algo que no fuera terror?

«No», pensó con firmeza. La mujer de su sueño era ardiente y crepitante.

Tocarla había sido como un festival otoñal de hojas en llamas.

No se parecía en nada a la sacudida de alabastro que le había recorrido el cuerpo cuando sus dedos se rozaron con los de la princesa Lairelithoniel en el compromiso formal, helándolo hasta los huesos.

Aranion respiró hondo unos instantes, tratando de poner orden en su cuerpo antes de levantarse. Lo más probable era que el sueño hubiera nacido del miedo y del agotamiento físico.

Y estaba agotado. Aunque había explorado los bosques exteriores durante su juventud y los conocía bien, mejor que la mayoría de quienes nunca se aventuraban más allá de los Árboles del Mundo esculpidos que albergaban la corte élfica, jamás había tenido que esconderse de los suyos en pleno bosque salvaje.

Sin alejarse del árbol, con la espalda protegida por su poderoso tronco, Aranion miró alrededor en busca de alguna señal de que lo estuvieran vigilando.

Nada parecía fuera de lo normal. La noche en los bosques exteriores no era tan oscura ni tan aterradora como creía la mayoría de su pueblo.

Sí, ver las estrellas o incluso la parte alta de la bóveda de hojas era imposible, pero, al pie de los árboles, el suelo estaba cubierto de un musgo suave y fosforescente que permitía distinguir sin demasiada dificultad los contornos difusos de las cosas.

Y, a diferencia de los pájaros cantores que revoloteaban como joyas por la bóveda superior, donde los elfos tenían su corte, en los bosques exteriores el aire se llenaba del parloteo de los insectos.

Mientras los insectos siguieran con su serenata y los diminutos animales del bosque corretearan entre la hojarasca, podía estar tranquilo: los depredadores grandes andaban ocupados en otra parte.

Al menos, así había sido hasta entonces, según la experiencia de Aranion.

Sin la luz de la luna ni de las estrellas, Aranion no tenía manera de saber cuánto había dormido ni si el amanecer estaba ya cerca.

Por el musgo de los árboles pudo calcular a grandes rasgos dónde quedaba el norte, que era hacia donde se dirigía: hacia los desiertos de roca estéril donde ningún elfo lo seguiría.

En realidad era un plan pésimo, pero Aranion no tenía otro mejor. No podía quedarse en el bosque para siempre. Los exploradores lo encontrarían.

Y, puesto a elegir entre quedar encadenado por aliento y vínculo a un monstruo Bane Sidhe o morir desecado y solo bajo un sol indiferente, el desierto era ligeramente preferible.

Con aquel pensamiento tan alentador, Aranion alzó la bota de agua para beber. Fue entonces cuando vio algo que brillaba por el rabillo del ojo.

¿Una puerta?

A Aranion se le aceleró el corazón. Se echó el arco y el saco a la espalda y se encaminó hacia el charco de luz.

La puerta pendía en el aire, más o menos a la altura del pecho de Aranion, como un gong colgado de una cuerda invisible.

Si hubiera extendido los brazos y tendido una cuerda de la punta de un dedo a la del otro, el portal habría medido una vez y media esa longitud, tanto de alto como de ancho.

No era un círculo perfecto. Las puertas naturales nunca lo eran.

Los bordes parecían deformados, como un pastel de luna al que alguien hubiera dado un mordisco en el lado derecho.

Aranion solo había visto otro portal en toda su vida, y aquel no era salvaje.

Cuando su cabello pasó de negro a plateado, señal de que entraba en la edad adulta, los sacerdotes lo llevaron a su templo y le ordenaron mirar a través de la antigua puerta que guardaban allí.

Le dieron a elegir entre varias armas y le indicaron que se mantuviera firme y contemplara el portal en busca de guía.

Y eso fue justo lo que hizo. Por un instante, vislumbró a una criatura mortal sentada en un claro, observándolo.

La visión fue breve y no la entendió en absoluto. Cuando se lo contó al sacerdote, el anciano elfo alzó hacia él unos ojos blancos y ciegos.

—Un mortal —dijo con el semblante tenso—. Eso es imposible.

Aranion no supo qué responder.

—Te equivocas —declaró el sacerdote—. No sabes lo que viste. Guárdate esto para ti.

Confuso, Aranion se limitó a asentir y pocas veces, o ninguna, volvió a pensar en ello.

Pero ahora, la misma noche en que había tenido aquel sueño arrollador, se topaba con una puerta salvaje. Parecía demasiada casualidad.

El mundo al otro lado de la puerta se veía a través de una película reluciente, como si uno mirara a través de una pompa de jabón.

Allí era por la tarde. El terreno estaba cultivado en ángulos incómodos, a la manera de los mortales, con retazos de hierba rapada y flores plantadas en hileras junto a lo que parecía una cancela de madera muerta.

A lo lejos, tapándole la mitad de la vista, se alzaba una vivienda cuadrada.

El espíritu que alguna vez hubieran tenido los materiales del edificio se había esfumado hacía mucho, y solo quedaba un vacío hueco, como el caparazón abandonado de un insecto.

A su lado se agazapaba un carro metálico, encogido sobre una lámina de tierra endurecida y negra que, igual que la casa y el carro, carecía de todo brillo saludable de vida.

Todo aquello le revolvió el estómago a Aranion. Pero la curiosidad era más fuerte que la repugnancia, así que siguió observando.

En el mundo mortal el tiempo corría de otra manera. Él no era sacerdote, así que, por supuesto, nunca había estudiado los detalles de cómo funcionaba. Pero, a medida que la tarde daba paso al anochecer, el tiempo parecía ir un paso y medio más deprisa.

Aranion se sintió más que tentado de atravesar la puerta. Lo que hubiera al otro lado tenía que ser mejor que morir en el desierto o, peor aún, que el matrimonio al que lo habían destinado.

Pero el castigo para un elfo que cruzara al reino mortal sin permiso era mucho más severo incluso que su destino actual.

No, decidió. Más le valía seguir adelante. Empezó a girarse, a regañadientes.

Fue en ese momento cuando Aranion vislumbró a la mortal de su sueño.

Salió de la casa cargando, ni más ni menos, un cubo —aunque para qué, Aranion no lo sabía.

De hecho, ni siquiera estaba seguro de cómo la había reconocido.

En el sueño todo había estado a oscuras, y la recordaba más como un conjunto de rasgos y sensaciones que como una mujer entera.

Pero era ella. Tenía aquella belleza mortal, fugaz e inimitable: ojos grandes y oscuros en un rostro con forma de corazón, curvas exuberantes, labios carnosos y una piel morena y cálida que pedía ser acariciada.

¿No se suponía que eran los elfos quienes hechizaban a los mortales? Evidentemente, las leyendas se equivocaban. Porque, mientras la mujer se acercaba a la puerta con aquellas ropas mortales que le quedaban mal, Aranion se sentía cada vez más preso del deseo que ella le despertaba.

Levantó la palma de la mano como si fuera a tocarla a través del portal. Entonces contuvo el aliento: parecía observar la puerta. ¿Podía verlo? Era poco frecuente, pero no inaudito, que un mortal tuviera visión feérica.

Los ojos de la mujer se abrieron de par en par. Dijo algo, aunque Aranion no alcanzó a oírlo y, sin un geis que hiciera comprensibles sus palabras, tampoco habría entendido nada.

Sin pensar apenas en lo que hacía, Aranion sonrió y mantuvo las manos abiertas para demostrarle que no pretendía hacerle daño. ¿Y si lograba convencerla de que cruzara hasta él?

Aun mientras lo pensaba, sabía que la idea era de una crueldad inconcebible. ¿Qué podía ofrecerle, aparte de una muerte horrible? Y eso sin considerar siquiera lo que su desaparición supondría para los que dejaría atrás. No tenía absolutamente nada que ofrecerle, salvo un sueño.

Tal vez un par de sueños, porque, al acercarse ella, reconoció algo en los ángulos de su rostro: la niña que había visto en el rito de su mayoría de edad.

Aranion se quedó mirándola, conmocionado.

Debería haber sido imposible; no tenía ninguna conexión con ella.

¡Por eso solo los sacerdotes tenían permiso para juguetear con las puertas que conectaban los mundos!

La magia era demasiado grande para él. Demasiado peligrosa.

Y, sin embargo…

En aquel preciso instante, la mujer se volvió.

Tal vez lo había rechazado, pensó Aranion, y se le cayó el alma a los pies. O quizá nunca lo había visto de verdad.

Pero entonces comprendió que se había girado porque otro de los carros mortales se había detenido junto a su casa.

Era un armatoste grande y feo, de negro y plata relucientes, con unas ruedas enormes y bulbosas. Una rejilla metálica en la parte delantera parecía la dentadura inferior de un jabalí. A ambos lados de los dientes había un par de ojos luminosos.