CAPÍTULO 29
La primera semana de abril olía diferente.
No de manera dramática — no había flores repentinas ni cambios de temperatura que marcaran el momento con precisión de calendario.
Pero había algo en el aire de Texas en la primera semana de abril que era distinto al de marzo: más húmedo, más verde, con los olivos y los enebros empezando a liberar su polen con una generosidad que para mí era alergia y para el paisaje era el anuncio de que el año había llegado a su punto de mayor energía antes de entregarse al calor del verano.
La destilería en abril tenía su propio tipo de urgencia: el turno de embotellado para Margaret trabajaba dos horas más al día desde la semana anterior, produciendo las ciento cuarenta y ocho botellas del lote general —las ciento sesenta menos las doce familiares— con la precisión y el cuidado de algo que no tenía prisa pero sí tenía una fecha.
Yo supervisaba cada botella de manera personal, algo que Selah señaló el primer día con la discreción de quien lleva años sabiendo que algunas batallas no merecen la energía de librarlas.
—Son ciento cuarenta y ocho botellas —dijo—. No tienes que supervisarlas todas tú misma.
—Estas sí.
—¿Por qué estas?
—Porque llevan el nombre de mi madre.
Silencio.
—De acuerdo —dijo Selah.
Y supervisé cada una. Con Corrine, que entendía la diferencia entre hacer un trabajo rápido y hacerlo bien, y que aplicaba al embotellado de Margaret la misma atención que yo habría aplicado si lo hubiera hecho sola.
Con el sello de lacre con las iniciales E.C.
que Roan había encargado en Fredericksburg para Earl's Daughter y que ahora dejaba su marca también en cada botella de Margaret, porque era el sello de la familia y Margaret era de la familia.
Roan pasó esa primera semana de abril trabajando en paralelo en dos frentes: el lanzamiento de Margaret y las últimas revisiones del proyecto de Whitfield Hotels, que necesitaba una presentación final para el cliente a mediados de abril y que Knox llevaba varios días recordándole con la precisión de alguien que tiene fechas en el calendario y no le gustan las sorpresas.
Los martes y los jueves los pasábamos en la destilería.
Los otros días, Roan trabajaba desde el apartamento de Travis Heights con la Moka Express y la terraza al sur y las colinas que ahora, en abril, empezaban a ponerse de un verde que duraría exactamente lo que durara hasta que el calor del mayo se instalara del todo.
El miércoles de la segunda semana, Roan llegó a la destilería con una caja que no esperaba.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Libros para la sala de degustación. —La dejó sobre la mesa—.
He estado pensando que la sala tiene mucho alcohol y muy poco contexto.
Libros sobre la historia de la destilación en Texas, sobre la cultura del bourbon en el sur, sobre la botánica del roble y el maíz y el centeno.
Para que la gente que espera entre catas tenga algo que mirar que no sea el techo.
Lo miré.
—¿Cuándo has tenido tiempo de pensar en los libros de la sala de degustación?
—A las once de la noche cuando no consigo dormir y me pongo a hacer listas.
—¿Tienes listas nocturnas?
—Página veinticuatro en adelante. Knox dice que es la señal más clara de que me he adaptado a trabajar con una destilería familiar: antes mis listas nocturnas eran de cuentas y clientes, ahora son de libros y de si el cerco de la barrica dieciocho necesita revisión anual o semestral.
—El cerco de la barrica dieciocho es semestral.
—Ya lo anoté. —Abrió la caja—. ¿Los quieres ver antes de que los coloque?
Los vi. Eran buenos: una historia del bourbon americano que yo ya conocía pero que no tenía en papel, dos libros sobre botánica del roble americano que genuinamente no había leído, y un volumen sobre la cultura de los destiladores artesanales del sur de Estados Unidos que tenía en la portada una fotografía de un alambique de cobre que se parecía sospechosamente a Dorothy.
—¿Cuál es el presupuesto que te has gastado? —pregunté.
—Trescientos y pico. —Pausa—. ¿Lo pongo como gasto de marketing o de operaciones?
—De operaciones. Los libros son parte de la experiencia del cliente, no de la campaña.
—Anotado.
Los colocó ese mismo miércoles en la estantería que había junto a la ventana de la sala de degustación, ordenados con el mismo sistema ininteligible pero lógico que usaba para los suyos en casa, y cuando terminó, la sala tenía algo que no había tenido antes: la sensación de un lugar que también invitaba a quedarse, no solo a beber.
Denny lo vio el jueves y dijo que le recordaba a la sala de espera del médico pero en bueno, lo cual era, vine a descubrir más tarde, el mayor cumplido que Denny le daba a cualquier espacio diseñado para esperar.
Denny también había pedido permiso para pintar un cartel más.
—¿Otro? —dije.
—Solo uno. Para Margaret. No para el stand, que ese ya lo tiene Roan diseñado con el diseño que hicisteis. Uno para la destilería. Para quedarse aquí cuando el Festival termine.
Lo miré.
—¿Qué quieres que diga?
—No lo sé todavía. —Se rascó la cabeza—. Algo que tenga que ver con ella. Con la señora Margaret. Algo que cuando la gente lo lea entienda qué es lo que estamos haciendo.
—¿Y qué estamos haciendo?
Denny se lo pensó con más seriedad de la que la pregunta parecía requerir.
—Guardar las cosas importantes —dijo, al final—. Y luego abrirlas cuando es el momento.
No dije nada durante un segundo.
—Eso es exactamente lo que pone en el texto del Festival —dije—. Que Roan escribió basándose en lo que le dije a la periodista de Nueva York.
—¿Sí? —Denny pareció satisfecho—. Pues entonces no es una coincidencia. Es que es verdad y por eso se nos ocurre a los dos.
Le di permiso para el cartel. Lo colgó el miércoles en la pared del pasillo entre la sala de juntas y la sala de degustación, con la caligrafía honesta de siempre, y decía: *Margaret. 1992 — Lo que se guarda con amor, el tiempo lo convierte en algo que no tiene precio.*
Roan lo leyó el jueves por la mañana, de pie en el pasillo con el café en la mano, y no dijo nada durante un momento.
—Denny —dijo.
—Sí.
—¿Lo escribiste tú?
—Lo pensé yo. —Pausa—. Me ayudó la señorita Corrine con la ortografía.
—Deja el cartel donde está.
—¿Es bueno?
—Es perfecto.
Denny asintió con la satisfacción particular de quien ha hecho algo bien y sabe que lo ha hecho bien sin necesitar que nadie se lo confirme demasiadas veces, y siguió su camino hacia el turno de tarde.
• • •
El jueves de la segunda semana de abril, diez días antes del Festival, me llamó Pilar.
Pilar era la enfermera de mi abuelo y nunca llamaba por teléfono a no ser que fuera necesario, porque mi abuelo insistía en que Pilar no era su secretaria y que si necesitaba hablar conmigo ya sabía marcar él solo los números.
El corazón me hizo algo que no le he autorizado a hacer desde hace mucho tiempo.
—¿Qué ha pasado? —dije, antes de que Pilar pudiera decir nada más que mi nombre.
—Nada grave —dijo Pilar, con la voz tranquilizadora de alguien que ha tenido esa conversación antes y sabe que la primera frase es la que importa—.
Ha tenido una caída esta mañana. Se resbaló en el baño.
No se ha roto nada, ya lo hemos confirmado con el médico, pero se ha dado un golpe bastante fuerte en el hombro derecho y está muy molesto, y su humor con todo el mundo incluyéndome a mí está siendo difícil de gestionar.
—Voy para allá.
—Tatum, de verdad que está bien. Solo está de mal humor.
—Pilar, mi abuelo de mal humor es perfectamente manejable. Llego en veinte minutos.
Colgué, cogí las llaves de la furgoneta, y en el pasillo me encontré con Roan que llevaba los últimos materiales del stand para revisar y me miró con la expresión de quien detecta algo sin necesitar explicación.
—¿Qué pasa?
—Mi abuelo se ha caído. Está bien, sin fracturas. Pero me voy.
—Te acompaño.
—No hace falta, Roan. Tienes el stand pendiente y la reunión con la imprenta a las cuatro.
—Selah puede atender la imprenta y el stand puede esperar dos horas. —Dejó los materiales sobre la mesa más cercana—. Te acompaño.
No discutí. A veces discutir es una forma de alejarse de lo que necesitas, y lo que necesitaba en ese momento era exactamente lo que me estaba ofreciendo.
Mi abuelo estaba sentado en el sillón de la sala cuando llegamos, con el hombro vendado y una expresión que confirmaba todo lo que Pilar había dicho sobre el humor.
—No necesitáis haber venido —dijo.
—Lo sé —dije—. Hemos venido de todas formas.
—Estoy perfectamente.
—Ya lo veo.
—Solo me he resbalado.
—Noventa y un años son noventa y un años, abuelo.
—Si me das ese discurso, me voy al cuarto.
—No te estoy dando ningún discurso. —Me senté en el sofá frente a él—. ¿Duele?
—El hombro duele. El orgullo duele más. —Me miró—. Trigo tampoco se cayó en el baño a los once años. Y tiene cuatro patas menos de apoyo que yo.
Trigo, desde su posición junto al sillón, levantó la cabeza como si hubiera oído su nombre, que probablemente sí había oído.
—Los perros tienen distinto centro de gravedad —dijo Roan, desde el marco de la puerta.
Mi abuelo lo miró.
—¿Eso es un argumento o un consuelo?
—Las dos cosas, espero.
—No funciona como ninguna de las dos. Pero el gesto se aprecia. —Señaló la silla vacía—. Siéntate. Y tú también —me dijo a mí—. Que me ponéis nervioso de pie.
Nos sentamos. Trigo se instaló entre los tres con la geometría tranquila de un perro que lleva once años ocupando el espacio exacto que necesita.
—¿Sabes qué me molesta más de esto? —dijo mi abuelo.
—¿El hombro?
—Que en diez días es el Festival y voy a tener que ir con el hombro vendado, que es una imagen muy poco digna para el hombre cuyo bourbon van a presentar.
—El bourbon se llama Margaret —dije—. No se llama Earl.
—Ya lo sé. Pero soy su padre y voy a estar ahí, y preferiría estar ahí con los dos hombros funcionales.
—El hombro va a estar bien para el Festival —dijo Roan—. El médico ha dicho que es muscular, no estructural.
—¿Cómo sabes lo que ha dicho el médico?
—Pilar me lo ha contado mientras venías tú a sentarte —dijo Roan, con absoluta calma.
Mi abuelo miró a Pilar, que estaba en la cocina fingiendo que no escuchaba.
—Ese médico habla demasiado —dijo.
—Ese médico le ha asegurado a su familia que está bien —dije—. Lo cual es exactamente para lo que existe.
Mi abuelo resopló, pero el resoplido tenía menos fuerza de la habitual porque en el fondo sabía que teníamos razón, y que tener razón cuando uno preferiría que no la tuvieras es especialmente irritante a los noventa y un años.
—¿Hay té? —preguntó, al final.
—Yo lo hago —dijo Roan, ya levantándose hacia la cocina.
—Con miel —dijo mi abuelo.
—Con miel —confirmó Roan.
Y mi abuelo me miró con una expresión que mezclaba el malestar residual del hombro con algo completamente diferente: la satisfacción particular de alguien que ha visto llegar algo que esperaba y que resulta ser exactamente como lo esperaba.
—Bien —dijo, en el tono grande.
—Bien —dije yo.
Y Trigo soltó su suspiro de perro que lo ha visto todo y lo ha encontrado razonablemente satisfactorio, y Roan volvió de la cocina con el té con miel, y nos quedamos los cuatro en la sala de mi abuelo la hora que hizo falta, sin prisa por ningún sitio.
Mi abuelo bebió el té con la expresión de alguien que está procesando que las cosas ya están en orden, aunque las órdenes del cuerpo no siempre coincidan con las de la cabeza.
—¿Sabes cuántas veces me he caído en noventa y un años? —preguntó, al cabo de un rato.
—No —dije.
—Tres. Esta es la tercera. La primera fue de un alambique en 1971 y me rompí dos costillas.
La segunda fue en 1994, el año en que murió tu madre, resbalé en el hielo que no existe en Texas pero que ese invierno apareció por sorpresa, y me abrí la ceja.
—Señaló la ceja izquierda, donde yo llevaba toda la vida viendo una cicatriz pequeña que había dado por sentada sin preguntar nunca de dónde venía—.
Y esta. El baño. —Bebió otro sorbo—. Las tres veces la gente que me quería llegó corriendo.
Las tres veces estaba perfectamente. Y las tres veces me alegré de que llegaran corriendo de todas formas.
—¿Nos estás diciendo que el protocolo está correcto? —preguntó Roan, desde su silla.
—Os estoy diciendo que no cambien el protocolo aunque yo diga que no hace falta. —Nos miró a los dos—. Cuando yo diga que no hace falta, es exactamente cuando más falta hace.
—Anotado —dijo Roan, sacando la libreta.
—¿Lo estás anotando de verdad?
—Página veinticuatro.
Mi abuelo lo miró con una expresión que era admiración disfrazada de escepticismo, que era su modo más habitual de mostrar admiración.
—Bien —dijo.
—Bien —dijo Roan.
Y yo los miré a los dos, al hombre de noventa y un años con el hombro vendado y el té con miel, y al hombre de treinta y uno con la libreta de cuero y la misma cara que ponía cuando algo le parecía suficientemente importante para que no se le olvidara, y pensé que la vida tiene una manera muy particular de armar las cosas que importan sin que nadie le dé instrucciones explícitas de cómo hacerlo.
—el cartel de Denny —dije, cambiando de tema porque si no iba a ponerme sentimental delante de los dos y ninguno de los tres lo necesitaba en ese momento.
—¿Qué cartel? —preguntó mi abuelo.
—El que ha pintado para Margaret. Que va a colgar en el pasillo de la destilería.
—¿Qué dice?
—*Lo que se guarda con amor, el tiempo lo convierte en algo que no tiene precio.*
Mi abuelo se quedó callado durante un momento.
—Denny escribió eso.
—Denny lo pensó. Corrine lo ayudó con la ortografía.
—Ese hombre —dijo mi abuelo, con la misma voz con la que llevaba meses diciendo cosas sobre Denny— tiene más dentro de lo que muestra.
—Todos en esta destilería tienen más dentro de lo que muestran —dije.
—Eso —dijo mi abuelo— es porque los has elegido bien. —Me miró—. Tu madre también elegía bien a la gente. Era su mejor habilidad.
Era la única vez en todo el día que le tembló un poco la voz.