Al diablo con el amor CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El domingo de los tamales, mi abuelo los recibió con la evaluación silenciosa de alguien que lleva noventa y un años juzgando la calidad de las cosas que entran en su casa, los olió, los probó, y dijo:

—Los hace la señora Reyes. Reconozco la masa.

—Así es —dijo Roan.

—¿Cómo sabías dónde encontrarlos?

—Denny me lo dijo.

Mi abuelo miró hacia el campo de pacanas como si Denny estuviera ahí y pudiera escucharlo.

—Ese chico —dijo— sabe más de lo que aparenta.

—Mucho más —confirmé.

—¿Y los burritos que trae los domingos él también los compra hechos o los hace él?

—Los compra. Los hace fingir que los hace.

—Ya me lo imaginaba. Son demasiado buenos para ser suyos. —Cogió otro tamal—. Pero los tamales de la señora Reyes son una elección excelente para enero. Bien.

Roan me miró de reojo.

—¿Eso es la prueba superada? —susurró.

—No cuando lo digo yo. Cuando lo dice él —dije, igual de bajo.

Mi abuelo los oyó de todas formas, porque llevaba noventa y un años perfeccionando el oído selectivo.

—Prueba superada —dijo, sin girar la cabeza—. Con nota.

Después de comer, mientras Trigo rondaba las sobras con la esperanza articulada de su vejez, mi abuelo sacó la primera botella de Margaret de la estantería donde yo la había puesto junto a las fotos de mi madre.

La sostuvo en las manos un momento, mirándola con la expresión de alguien que ve en una sola cosa la suma de muchas cosas que no caben en ella pero que están ahí de todas formas.

Luego se la tendió a Roan.

—Esto —dijo— es para ti. Con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Roan, aceptando la botella con el cuidado que se le da a algo frágil aunque no lo sea.

—Que cuando la abras, me avises. Aunque sea por teléfono. Quiero saber cuándo ocurre.

—¿Y si usted ya no está? —preguntó Roan, con la honestidad directa que a mi abuelo le gustaba en él.

—Si yo ya no estoy, la abres y me dices algo de todas formas. Los muertos también escuchamos, aunque los vivos tarden en creérselo.

Roan sostuvo la botella durante un segundo más.

—De acuerdo, Earl —dijo.

—Bien.

Y eso fue todo, con la misma economía verbal de los Calloway que Roan había aprendido a hablar en los últimos meses, y que significaba exactamente lo que parecía y también mucho más.

•  •  •

Febrero llegó con las primeras noticias concretas de la publicación de Nueva York: el artículo sobre Margaret estaba en proceso, el fotógrafo vendría a Austin en marzo para las imágenes, y la editora, una mujer llamada Saoirse que llevaba doce años cubriendo el sector de bebidas espirituosas con una agudeza que Roan describió como "el tipo de persona que hace que tu producto parezca más importante de lo que creías y al mismo tiempo exactamente tan importante como es", había solicitado hablar conmigo directamente antes de que el artículo terminara de escribirse.

La llamada fue un martes por la tarde, con el alambique Dorothy ronroneando en el fondo y yo de pie en el patio de la destilería porque dentro no tenía cobertura suficiente.

—Señorita Calloway —dijo Saoirse, con el acento levemente indefinido de alguien que ha vivido en demasiados sitios para que uno solo se haya quedado del todo—, me interesa entender algo que el texto que tenemos no termina de explicar.

—Adelante.

—¿Por qué treinta años? ¿Por qué no abrir la barrica antes? ¿Por qué esperar exactamente hasta ahora?

Era la pregunta que yo llevaba semanas esperando que alguien me hiciera de manera suficientemente directa como para merecer una respuesta de verdad, y no la versión amable que daba en las reuniones de prensa.

—Porque mi abuelo sabía —dije— que algunas cosas se abren cuando alguien que las merece llega para verlo.

Y llevábamos mucho tiempo esperando que llegara la persona correcta en el momento correcto.

—Pausa—. Eso suena más místico de lo que es.

En realidad es mucho más sencillo: la destilería estaba pasando por el momento más difícil de su historia, y apareció alguien que ayudó a que saliera adelante, y en ese proceso abrimos la barrica que mi abuelo había guardado para mí desde que nací.

—Otra pausa—. Me parece que el timing no fue accidental.

Pero tampoco fue planeado. Fue simplemente lo que pasó cuando las cosas fueron como tenían que ser.

Saoirse estuvo callada durante un momento.

—¿Y la persona que llegó? —preguntó.

—Eso es información personal.

—Lo entiendo. Pero el artículo va a preguntar, implícitamente, por qué ahora, y la respuesta que acaba de darme es parte de la respuesta completa.

—Puede escribir que el momento fue el correcto sin especificar por qué —dije—. La historia de Margaret no es una historia de amor, señorita Saoirse. Es la historia de lo que pasa cuando alguien guarda algo con suficiente paciencia para que encuentre su momento. El resto es contexto.

—¿Y el contexto no merece ser parte del artículo?

—El contexto es la barrica veintidós y treinta años de añejamiento en el calor de Texas. Eso ya es suficientemente bueno.

Otra pausa. Y luego, con algo que no era exactamente una sonrisa pero que sonaba parecido:

—Sí que lo es —dijo—. De acuerdo. El artículo lo contará a su manera.

—Gracias.

—No, gracias a usted. Es la primera vez en doce años que alguien me dice que su historia es suficientemente buena sin que tenga que convencerlo.

Colgué con el alambique Dorothy todavía trabajando de fondo y el sol de febrero calentando el patio con esa calidez nueva que anunciaba que el invierno ya empezaba a pensar en irse aunque todavía no se hubiera decidido.

Roan estaba en la puerta.

—¿Cuánto has escuchado? —pregunté.

—Lo suficiente para entender que acabas de definir Margaret de una manera que yo no habría podido escribir.

—¿Y?

—Y voy a pedirte que me lo repitas para tomarlo nota en la libreta, porque esa frase es la que va en el texto de presentación del Festival.

—¿Qué frase?

—"Lo que pasa cuando alguien guarda algo con suficiente paciencia para que encuentre su momento." —Me miró—. Eso es Margaret en una línea.

—Eso lo ha provocado la pregunta de Saoirse.

—Las mejores frases siempre las provoca alguien que sabe preguntar bien. —Sacó la libreta—. ¿Puedo?

—Página veintiuno —dije.

—Página veintiuno —confirmó, y anotó con la letra pequeña y apretada que yo ya sabía leer de lejos.

•  •  •

La segunda semana de febrero, Roan se quedó dormido otra vez en mi sofá.

Esta vez no fue un accidente. Fue la conclusión natural de una noche de martes en la que habíamos empezado revisando el presupuesto del stand del Festival de abril y habíamos terminado, en algún punto después de las once, con él leyendo en el sofá y yo en el sillón con el cuaderno verde haciendo anotaciones sobre el lote de centeno, y el calor del salón y el silencio de la noche de febrero habían hecho su trabajo con la misma eficiencia con la que lo habían hecho el primer martes, meses atrás.

La diferencia era que esta vez, cuando levanté la vista del cuaderno y lo vi dormido con el libro abierto sobre el pecho y la expresión relajada de siempre, no me quedé mirándolo desde la distancia de cuatro metros sino que me levanté, cogí la manta de lana, la extendí sobre él con más práctica que la primera vez, y en lugar de irme a la cocina me senté en el otro extremo del sofá con el cuaderno verde en el regazo y seguí anotando.

Porque eso era lo que habíamos construido: algo lo bastante ordinario como para que ninguno de los dos tuviera que decidir activamente que seguía ahí. Algo que simplemente era, un martes de febrero, con el cuaderno verde y el libro abierto sobre el pecho y la manta de lana y el calor del salón.

A las doce y cuarto, Roan abrió los ojos, me encontró en el otro extremo del sofá, y tardó un segundo en orientarse.

—¿Me he quedado dormido?

—Llevas una hora.

—¿Has estado aquí todo el rato?

—He estado en el sillón primero. Y luego aquí.

Se incorporó despacio, con el libro resbalándose del pecho que atrapó antes de que cayera.

—¿Cuántas páginas llevas del cuaderno?

—Cuatro. El lote de centeno está dando mucho de qué hablar este invierno.

—¿El cardamomo persiste?

—Persiste. Y hay algo nuevo que todavía no he identificado. Algo que recuerda al incienso pero más dulce.

—¿Ámbar?

Lo pensé.

—Quizá. Tengo que probarlo con más muestras.

Roan asintió, plegó la manta con el mismo cuidado con que siempre doblaba las cosas, la dejó en el respaldo del sofá, y me miró.

—¿Cuándo lo sabrás?

—Cuando esté listo para saberlo. —Lo miré—. El bourbon también funciona así. No le preguntas cuándo va a estar listo. Pruebas, documentas, esperas, y en algún momento el líquido te dice lo que es.

—¿Y si nunca te lo dice?

—Siempre te lo dice. Solo que a veces tarda más de lo que querías.

—¿Eso es filosofía de destilería o filosofía general?

—Ya no distingo —dije—. Llevo demasiado tiempo en esto.

Se rio, más despejado ya, y se levantó del sofá estirándose con el gesto particular de alguien que ha dormido en una postura que no era del todo correcta.

—Quédate —dije.

No lo había planeado. Simplemente lo dije, con la misma naturalidad con que habría dicho cualquier otra cosa, porque era la cosa más obvia y más honesta del momento.

Roan me miró.

—¿En el cuarto de invitados o en el sentido general?

—En el sentido general —dije—. El cuarto de invitados ya no tiene sentido como categoría.

Algo en su cara cambió, se suavizó, de una manera muy específica que reconocía desde el primer martes, meses atrás, cuando la misma cara había aparecido en el sofá con la manta de lana y la luz de la cocina.

—Sí —dijo.

—Bien.

—¿Ese es el bien grande o el bien pequeño?

—Ese —dije, cerrando el cuaderno verde — es el bien que ya no necesita explicación.

•  •  •

Marzo llegó con el fotógrafo de la publicación de Nueva York, un hombre llamado Parrish que medía dos metros y llevaba cuatro cámaras y decía muy poco pero miraba todo con la intensidad de alguien que está buscando constantemente el ángulo que nadie más ha visto todavía.

Pasó dos días en la destilería, un día con mi abuelo en su casa, y medio día en el Festival de primavera de Austin scouting las localizaciones donde íbamos a presentar Margaret.