CAPÍTULO 45
ADRIAN LOCKE
Calder aplazó la decisión ética hasta que la Oficina de Conducta Judicial completara su revisión.
No me retiró del mando.
Todavía.
Sí me ordenó que dejara de modificar los turnos de Micah, que dejara de aparecer en su escritorio con comida durante investigaciones activas sobre conflictos y que me abstuviera de «utilizar la preocupación operativa para disfrazar la posesividad personal».
La frase sonaba a Flavia.
Sospeché que había habido colaboración.
Carlos recibió cinco días de suspensión.
Micah, tres, además de un curso obligatorio de gestión de conflictos que sin duda trataría como una negociación con rehenes.
Le envié el mensaje a Leo antes de que Micah saliera del edificio.
QUE SE QUEDE EN CASA DE FLAVIA HASTA QUE LLAME.
Leo respondió:
SABES QUE SE DARÁ CUENTA.
Contesté:
SÍ.
Envió:
EL ROMANCE ES RARO.
Lo ignoré.
Grant seguía bajo supervisión protectora en un hotel gubernamental después de admitir que alguien había preparado su aparición frente al edificio de Micah.
La protección terminó al mediodía, cuando su abogado consiguió otra orden que limitaba el control gubernamental.
Grant salió.
La vigilancia lo perdió cuarenta minutos después dentro de una estación de transporte.
A las tres había aparecido dos veces en cámaras cerca de mi apartamento.
Una cerca del de Micah.
Una frente al hotel de Calder.
Quería que supiéramos que podía moverse.
O alguien quería que lo miráramos a él mientras se movía por otro lugar.
Calder entró en la sala de operaciones con un chaleco antibalas bajo el abrigo.
—Deberías irte a casa.
—Tú también.
—Yo no soy quien tiene a un agente suspendido por pelear en defensa de mi honor.
—Micah no peleó por mi honor.
—Peleó porque otro agente lo acusó de acostarse para ascender.
Lo miré.
Calder casi sonrió.
—Vuestra relación ha mejorado la moral.
—Interpretación interesante.
—Llevan meses haciendo apuestas.
—Quiero nombres.
—No, no los quieres.
Isaac amplió el mapa de la ciudad.
El último avistamiento confirmado de Grant estaba cerca del distrito gubernamental oriental.
Carlos, pese a estar suspendido, vigilaba desde casa mediante un acceso restringido.
—Tenemos dos posibilidades —dijo Isaac—. Intenta llegar a lo que queda de la red jurídica de Webb o está desviando nuestra atención.
—Tercera —dijo Calder—. Quiere a Adrian.
Lo miré.
—Grant ya no cree que yo pueda protegerlo.
—Exacto.
Llegó un mensaje del fiscal.
GRANT SOLICITA REUNIÓN PRESENCIAL. SOLO COMANDANTE LOCKE Y MAYOR CALDER. UBICACIÓN A CONTINUACIÓN.
Calder leyó por encima de mi hombro.
—Trampa evidente.
—Sí.
—Vamos.
—No.
Me dirigió una mirada perfeccionada durante cuarenta años de servicio.
—No me estás dando órdenes.
—Soy el comandante de estas instalaciones.
—Yo soy tu superior.
—Entonces ordéname que no vaya.
Calder lo consideró.
—Te ordeno que sigas un plan adecuado.
Eso era lo más cerca que llegaríamos de estar de acuerdo.
Preparamos dos equipos tácticos, vigilancia aérea y un perímetro encubierto.
Grant envió las coordenadas de un antiguo centro municipal de archivos abandonado cerca de las alturas viejas.
Un lugar con aparcamiento subterráneo, accesos amplios y suficientes edificios en ruinas para esconder un ejército.
Llamé a Micah.
Respondió desde el despacho de Flavia.
—Has enviado a Leo.
—Sí.
—Me ha ofrecido té tres veces. Nunca prepara té.
—Quédate ahí.
—¿Qué ha pasado?
—Grant ha pedido una reunión.
Silencio.
—¿Dónde?
—No voy a decírtelo.
—Tengo autorización operativa.
—Estás suspendido.
—Del trabajo, no de la inteligencia.
—Micah.
—Adrian.
Me aparté de la mesa de operaciones.
—Puede estar diseñado para hacerte salir.
—O a ti.
—Tendré dos equipos.
—Eso me dijiste antes del convoy.
El recordatorio golpeó.
—No me voy sin hablar contigo —dije.
Su voz se suavizó.
—¿Qué quieres decir?
—Si llamo, contesta.
—Eso no basta.
—Es lo que puedo decir en esta sala.
—Entonces sal de la sala.
Los agentes se armaban a mi alrededor.
Calder observaba desde la mesa de planificación.
Salí al pasillo.
—Te quiero.
Micah exhaló.
—Yo también te quiero.
—No salgas de casa de Flavia.
—No lo haré.
—Promételo.
—Lo prometo.
—Leo se queda contigo.
—No es guardaespaldas.
—Sabe esconderse debajo de los escritorios.
—Muy tranquilizador.
Cerré los ojos.
—Micah.
—Intento no hacer esto más difícil.
—Lo sé.
—Vuelve.
Las palabras no contenían una exigencia.
Solo verdad.
—Volveré.
Terminé la llamada antes de que las promesas pudieran convertirse en mentiras.
Calder esperaba junto al ascensor.
—¿Preparado?
—No.
—Bien.
Salimos de la jefatura bajo un cielo gris y bajo.