CAPÍTULO 27
MICAH BENNETT
Dana eligió un restaurante dentro de la estación central porque cuatro agentes de protección federal podían ocupar tres mesas sin parecer del todo absurdos.
Dos agentes se sentaron cerca del quiosco de prensa.
Otro fingía leer una revista inmobiliaria detrás de nosotros.
Un cuarto permanecía fuera, bajo el panel de salidas.
—Te has vuelto caro de alimentar —dijo Dana.
—No pedí público.
—Sobreviviste a un tiroteo. La dirección no tiene ganas de repetir el papeleo.
Pedimos un almuerzo que no teníamos tiempo de comer.
La orden de detención del gobernador seguía ante un juez.
La orden para la catedral se había añadido después de la revelación de Grant.
Cada persona de la operación recibió únicamente la parte necesaria para su función.
Ninguna copia electrónica salió de la sala de planificación aislada.
Aun así, me sentía observado.
Dana removió el café.
—Tú y Adrian.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—Estáis juntos.
—Eso es una acusación.
—Es una conclusión.
—¿Basada en?
—Has llegado con su abrigo.
—Hacía frío.
—Odias ese abrigo.
—Pesa demasiado.
—Lo llamaste tu pareja delante de Carlos.
—Pareja operativa.
—Tu pareja operativa te dejó una marca en el cuello.
Me toqué la piel automáticamente.
Dana sonrió.
—Traidora.
—Estoy encantada.
—Me advertiste que no me implicara.
—Te advertí que no te volvieras delirante. Desde entonces, él ha demostrado comportamientos útiles.
—Se acostó con Evelyn.
Su sonrisa desapareció.
—¿Lo sabes?
—Me lo contó.
—¿Y?
—Y lo odié.
—Razonable.
—Lo hizo antes de que definiéramos nada.
—Sigue doliendo.
—Sí.
Dana se inclinó hacia delante.
—¿Sabe qué necesitas?
—Se lo dije.
—¿Huyó?
—No.
—Entonces haz que demuestre que puede quedarse cuando el trabajo deje de darle una excusa.
—Eso puede tardar años.
—Las investigaciones gubernamentales son románticas de esa manera.
Miré a los agentes que nos rodeaban.
—Si detienen a Kade y Webb, nada será más fácil.
—No.
—Si entro en Respuesta Estratégica, tendremos que declarar la relación.
—Sí.
—Si Calder me rechaza…
—Lo vuelves a intentar.
—Adrian dijo lo mismo.
Dana sonrió.
—Qué irritante cuando los hombres evolucionan.
Partí un trozo de pan sin comerlo.
—Lo amo.
Ahí estaba.
Dicha en voz alta, la verdad parecía más pequeña que dentro de mí.
Dana me tomó la mano.
—Lo sé.
—No se lo he dicho.
—Él también lo sabe.
—Lo sospecha.
—Eso es lo que los hombres llaman saber cuando tienen miedo.
—No quiero decírselo antes de una operación.
—Entonces no lo hagas.
—Tampoco quiero morir antes de hacerlo.
Dana apretó mis dedos.
—Entonces dilo porque es verdad, no porque el peligro sea dramático.
Mi teléfono vibró.
Director Briggs.
La orden había sido firmada.
Inicio de la operación: 04:30.
Salimos del restaurante sin comer.
Aquella tarde fui a casa para hablar con Leo.
Estaba sentado a la mesa del comedor rodeado de material de acceso universitario.
—Voy a solicitar plaza —dijo antes de que pudiera preguntar.
—¿Para qué?
—Trabajo social.
La respuesta me sorprendió.
Sonrió con nerviosismo.
—Flavia cree que se me daría bien.
—Se te daría bien.
—Todavía no he aprobado nada.
—Aprobarás.
—No puedes saberlo.
—Te conozco.
Bajó la mirada.
Me senté a su lado.
—Mañana hay una operación.
—¿Peligrosa?
—Sí.
Miró la pistola nueva en mi cinturón.
—Más de lo normal.
—Probablemente.
Leo cerró el libro de solicitudes.
—¿Tengo que irme?
—Te quedas con Flavia hasta que llame.
—Otra vez.
—Otra vez.
Asintió.
Sin discutir.
Eso me asustó más que la resistencia.
—Odio esto —dijo.
—Lo sé.
—Por fin te recupero y cada vez que sales pienso en el bar.
—Yo también pienso en ello.
—Entonces déjalo.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No lo haré.
Parecía enfadado.
Lo acepté.
—Los hombres que vamos a detener mataron a Rook, a Vera, a Harbor y a otros cuyos nombres ni siquiera conocemos. Intentaron matarme porque creían que el miedo me apartaría.
—Tal vez debería apartarte.
—Entonces el miedo decide la ley.
Leo se levantó.
—Siempre consigues que suene noble.
—No lo es.
—¿Entonces qué es?
—El trabajo que elegí antes de entender su precio.
Apartó la mirada.
Le tomé la mano.
—No eres la única persona que me importa.
Su boca se tensó.
—Adrian.
—Sí.
—¿Le importas?
—Sí.
—¿Lo suficiente?
La pregunta dolió.
—Creo que sí.
—Creer es lo que hizo que acabaras con Carlos.
—Eso ha sido cruel.
—Ha sido preciso.
Solté el aire.
—Se quedó nueve días.
—Eso fue por la crisis.
—Te protegió.
—Eso era trabajo.
—Encontró a Flavia.
—Eso fue bondad.
Leo me miró.
—¿Qué pasa cuando no hay nada que salvar?
No tenía respuesta.
Recogió las hojas de la solicitud.
—Pregúntaselo.
—Lo haré.
—Antes de que vuelvan a dispararte.
—Mi plan es que no ocurra.
—Excelente estrategia.
Pedimos la cena.
Ninguno comió mucho.
A las tres de la madrugada me vestí a oscuras.
Chaleco antibalas.
Chaqueta federal de campo.
Guantes.
Radio.
La pistola táctica que Adrian me había asignado.
Leo estaba en el pasillo con ropa de dormir.
Me abrazó sin decir nada.
Lo estreché con fuerza.
—Te quiero.
—Vuelve.
—Volveré.
—No es lo mismo.
—No.
Lo miré.
—Tengo intención de hacerlo.
En la Dirección, los equipos de la operación se reunieron en un garaje subterráneo.
Dana estaba junto al vehículo blindado de mando.
El director Briggs llevaba la orden de detención firmada dentro de una carpeta roja sellada.
Adrian no tenía función oficial de mando.
Llevaba armadura táctica de todos modos.
El mayor Calder se dio cuenta.
—Usted es enlace —dijo.
—Sí, mayor.
—No dirige la entrada.
—No, mayor.
—Y no reinterpretará esto después.
Adrian me miró.
—No, mayor.
Calder no pareció convencido.
El plan operativo nos dividía.
Dana dirigiría el registro del archivo de la catedral con un equipo táctico federal.
Briggs coordinaría la Casa de Gobierno.
Yo dirigiría la detención en la residencia del gobernador a través del patio de servicio occidental.
Adrian acompañaría a mi grupo como enlace táctico.
Carlos mandaría los vehículos blindados y la seguridad del perímetro.
Antes de subir, Adrian me interceptó detrás del vehículo.
—Te mantienes detrás del escudo hasta que la residencia esté asegurada.
—Sí.
—Nada de ventanas orientales.
—Sí.
—Si aparece Crow…
—Adrian.
Su mandíbula se tensó.
—Necesito decirte algo.
—Yo también.
El garaje seguía moviéndose a nuestro alrededor.
Los agentes comprobaban las armas.
Los motores arrancaban.
Quizá teníamos treinta segundos de intimidad.
—Te amo —dije.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Había imaginado muchas respuestas.
Ninguna incluía un silencio tan largo.
El dolor empezó a crecer.
Entonces tiró de mí contra él.
Armadura contra armadura.
Su boca rozó mi sien.
—Yo también te amo.
Las palabras salieron ásperas.
Inmediatas una vez consiguieron salir.
Cerré los ojos.
—Podrías haber respondido más rápido.
—Se me olvidó cómo.
—Eso no es halagador.
Me abrazó con más fuerza.
—Vuelve.
—Tú también.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Carlos llamó para salir.
Nos separamos.
El convoy partió sin sirenas.
La residencia privada de Kade se encontraba dentro de una finca boscosa al oeste de la capital. La propiedad tenía su propio cuerpo de seguridad, un pabellón médico y helipuerto.
Nuestros equipos entraron por una ruta de mantenimiento utilizada por jardineros.
La casa del tirador dominaba la entrada oriental exactamente como había descrito Grant.
Un equipo táctico independiente la rodeó antes de nuestra llegada.
A las cuatro veintiocho detuvieron a Silas Crow mientras montaba un fusil junto a una ventana abierta.
Llevaba fotografías mías.
Una marcaba el centro de mi pecho.
Adrian recibió la confirmación por el auricular.
Solo entonces volvió a respirar con normalidad.
A las cuatro y media cruzamos el patio de servicio.
La puerta trasera de seguridad se abrió cuando un técnico federal anuló el sistema de la finca.
Dentro, miembros del personal se quedaron paralizados junto a la cocina.
—Dirección Nacional de Integridad —dije—. Permanezcan donde están.
Una empleada doméstica señaló hacia arriba.
—El gobernador está en la suite oeste.
Avanzamos por una galería decorada con paisajes y premios políticos.
Sin sirenas.
Sin gritos aparte de las órdenes.
La casa parecía obscenamente tranquila.
En la suite oeste, dos miembros de la escolta privada de Kade bloqueaban las puertas.
Mostré la orden.
El agente de mayor rango la leyó.
—Esta es la casa del gobernador.
—Esta es una orden judicial de detención.
—Tiene protecciones constitucionales.
—Tiene derechos constitucionales. No incluyen inmunidad frente a la detención.
El agente miró a Adrian.
—Usted sirve al gobernador.
La voz de Adrian llegó desde detrás del escudo blindado.
—Sirvo a la ley.
Los agentes de la escolta entregaron las armas.
Entramos.
Everett Kade estaba junto a las ventanas del dormitorio con una bata sobre ropa de dormir a medida.
Su mujer estaba sentada en la cama, erguida, con un teléfono en la mano.
Él no pareció sorprendido.
—Habéis elegido el teatro —dijo.
—Hemos elegido antes del amanecer —respondí—. Es más seguro.
—¿Para quién?
—Para todos.
Abrí la carpeta roja.
—Everett Kade, queda detenido bajo autoridad federal por obstrucción a la justicia, conspiración para traficar con sustancias controladas, influencia ilegal sobre instituciones públicas y presunta participación en múltiples homicidios.
Su mujer soltó una risa.
Fue un sonido quebradizo.
—No pueden arrestar al gobernador.
—Puedo arrestar al hombre que ocupa el cargo.
Kade miró detrás de mí, hacia Adrian.
—Comandante Locke.
—Gobernador.
—Esperaba más lealtad.
—Confundió proximidad con propiedad.
Kade se ató despacio el cinturón de la bata.
—¿Dónde está Darius Webb?
—Eso no me concierne.
—Lo hará.
Sus ojos fueron hacia mí.
—Rook está muerto.
—Sí.
—Grant ha traicionado a todos.
—Sí.
—¿Y aun así crees que esto termina con mi arresto?
—No.
La respuesta lo hizo detenerse.
—Creo que empieza donde termina su protección.
La voz de Dana sonó por mi auricular.
—Bennett, encontramos el búnker.
—¿Qué hay dentro?
—Documentos. Dinero. Archivos de vídeo. Webb está aquí.
Se me aceleró el pulso.
—¿Situación?
—Atrincherado en la cámara inferior. Sin rehenes.