CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Liberty
Mientras nos preparábamos para irnos de luna de miel, me costaba no burlarme de lo ridículo que era, vi a Maxim y Alexander discutiendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Layla en voz baja.
—Ni idea —murmuré—. Por cierto, ¿por qué echarle leña al fuego de esa manera? Nunca dije que prefiriera a Maxim. —«Al menos no en voz alta», pensé.
Se rio, apartando su precioso cabello rubio de su rostro mientras se encogía de hombros.
—Solo quería ver la reacción de Alexander. Ese hombre es celoso. De verdad, muy celoso.
—Estás loca, Layla.
—¿Solo ahora te das cuenta de eso? —Se rio.
—Te voy a extrañar, Livy —dijo Brandon, apretando fuerte la mano de Layla.
Me agaché, el movimiento fue mucho más fácil que antes, ya que ahora tenía puestos jeans azules y un suéter blanco sencillo.
—¿Quieres que me quede? —pregunté. No me gustaba nada la idea de dejarlo.
—No —comentó, intentando sonar mayor—. Layla y Maxim me dijeron que se quedarán conmigo hasta que vuelvas. Y volverás rápido.
—¿Estás seguro? —indagué. Casi deseaba que montara un berrinche, gritara y llorara para que me quedara.
Asintió y sus ojos se movieron por encima de mí. Seguí su mirada y vi a Alexander erguido a mi lado. Todavía estaba un poco alterada por nuestro encuentro anterior.
Le di a Brandon un abrazo más y me levanté. Para mi sorpresa, Brandon también le dio un abrazo a Alexander.
—¡Ahora todos somos una familia! —exclamó Brandon feliz, y me estremecí por dentro. Este plan que teníamos estaba yendo mal rápido.
Observé a Alexander y nuestras miradas se cruzaron. Me preguntaba si él pensaba lo mismo, o si siquiera le importaba que Brandon pudiera salir lastimado por nuestras acciones.
—Sí, lo somos —afirmó Alexander, con la mirada desafiante.
—Bien, ustedes dos —declaró Maxim con una sonrisa algo forzada—.Ya váyanse. Brandon y yo vamos a jugar al fútbol americano. —Sus ojos se dirigieron fijamente hacia mí y acentuaron las siguientes palabras—. Como se debe.
—Adelante —solté guiñándole un ojo—. Pero si se lastima, haré que te arrepientas.
Maxim se rio.
—Livy, a veces das miedo.
—Sí, sí —murmuré.
—¿En qué clase de tío me convertiría eso? —bromeó Maxim mientras despeinaba el cabello de Brandon. Brandon parecía tan feliz.
—Bien. —Alexander nos detuvo a los dos—. Liberty, tenemos que irnos.
A regañadientes, le permití empujarme hacia el coche. Estar a solas con él no sería buena idea, lo sabía. Me senté en el asiento del pasajero y luego eché un último vistazo por el retrovisor para ver a Brandon, Layla y Maxim despidiéndose.
Una hora después, miré el teléfono por décima vez mientras abordábamos el avión privado de Alexander.
Me molestó que hiciera planes para nuestra luna de miel en otro país en lugar de quedarse en su propiedad en Escocia.
Pero decidí que era más prudente quedarme callada.
No había dicho casi nada desde que nos fuimos.
Cada segundo que pasaba desde que pronunciamos nuestros votos matrimoniales, me convencía cada vez más de que habíamos cometido un error. Especialmente porque mi cuerpo vibraba de deseo por él, lo que solo me enfadaba.
Al aterrizar en una pista privada en Marsella, en el sur de Francia, un chofer nos esperaba. Ni siquiera había hecho la maleta, pero me aseguró que todo estaba bajo control, otra vez.
Mientras conducíamos en silencio, miraba por la ventana.
Viñedos verdes y ondulados se extendían por millas, con el interior montañoso detrás de ellos, con los contornos de pequeños pueblos y ciudades a lo lejos, cada vez más pequeños.
Casi parecía que estaban encaramados en laderas con ríos que las atravesaban. El paisaje era magnífico.
Pero nada de eso quitaba lo agotada que estaba. Sabía que habíamos apresurado todo y debería haber puesto mejores límites.
Ahora que todo estaba dicho y hecho, decidí centrarme en la belleza que teníamos enfrente en lugar de en toda la mierda que probablemente estábamos haciendo mal.
Realmente no entendía por qué se molestaba en llegar a esos extremos por nuestro acuerdo. Miré y lo vi tecleando furiosamente en su teléfono. «Claro», pensé con un suspiro.
—¿Por qué ese suspiro tan pesado, Livy? —Era la primera vez que me hablaba desde que nos fuimos de la boda, y usó mi apodo. Sorprendida y ligeramente sonrojada, lo miré—. Vamos. —Sonrió y me quedé boquiabierta—. Nunca te has contenido antes.
No estaba segura de si era por el agotamiento, pero mi corazón casi dejó de latir al verlo sonreír de nuevo. Fruncí el ceño. Debía tener cuidado ante la presencia de este hombre; de lo contrario, perdería la cabeza y todo este asunto habría sido en vano.
Abrí la boca para hacer una pregunta cuando se me ocurrió que el chofer escucharía cualquier cosa que dijera.
Me conformé con un murmullo de “Nada” y volví a mirar afuera. Le preguntaría cuando llegáramos a donde sea que fuéramos, maldición.
Justo cuando ese pensamiento cruzó por mi mente, apareció un hermoso castillo francés.
—Wow —murmuré, más para mí misma que para alguien más.
—¿Te gusta? —Alexander me preguntó.
Le lancé una mirada rápida.
—¿A ti no?
—Sí —respondió—. Sobre todo, porque es donde nos vamos a quedar.
Fruncí el ceño, intentando entender.
—Pensé que habías dicho que nos quedaríamos en tu casa.
Se rio.
—Esa es mi casa.
¿Acaba de... reírse?
—Hmmm. Supongo que sí estás podrido en dinero, ¿eh?
—Dices eso como si fuera algo malo —comentó.
Me encogí de hombros. No lo odiaba, pero me parecía injusto que otros tuvieran tanto mientras algunos de nosotros tuviéramos que recurrir a planes disparatados solo para sobrevivir con lo mínimo.
El vehículo se detuvo frente al castillo y el personal emergió en perfecta sincronía.
Salí del coche con la ayuda de Alexander, y él mantuvo mi mano entre las suyas mientras me presentaba a su personal.
Odiaba que estuviéramos haciendo esto; me parecía tan fraudulento y esas personas parecían tan amables.
Me atreví a esbozar una sonrisa educada, dolorosamente consciente de mi mano en la de Alexander. Intenté apartarme, pero no me soltó, así que paré, sin querer llamar más la atención.
Fuimos juntos a nuestra habitación y me maravillaba todo lo que nos rodeaba. Dondequiera que miraba, estaba el lujo de Luis IX, cuadros en el techo y las paredes, molduras doradas en los muebles, y entonces mis ojos se posaron en la cama.
—Umm, Alexander. —Lo miré de reojo.
No parecía impresionado con nada mientras metía la maleta en el armario. Tenía sentido, ya que probablemente había visitado este lugar un millón de veces. Sus ojos azules se encontraron con los míos, y señalé la cama.
Siguió mi dedo y levantó una ceja.
—¿Estás lista para dar por terminada la noche?
Sentí cómo el calor me subía a las mejillas.
—No. —Mi voz salió ronca—. Solo hay una cama.
—Sí, lo veo. —Actuaba como si eso fuera lo más normal del mundo.
—No podemos dormir en la misma cama —murmuré.
—¿Por qué no? —preguntó—. Después de todo, estamos casados.
Respiré profundamente y luego otra vez.
—¿Te gusta burlarte de mí o qué? —siseé—. ¿Es esto una venganza por algo que hice?
Me miraba como si estuviera loca.
—No, no me estoy burlando de ti, Liberty —manifestó finalmente.
—Bien —resoplé—. Si no te molesta a ti, a mí tampoco. —Saqué algunas cosas de mi bolsa—. Pero déjame advertirte: si acaparas las sábanas, te voy a correr.
—Lo tendré en cuenta —respondió secamente.
—Necesito una copa, maldita sea. —Con eso, me fui al baño a ducharme y cambiarme.
Durante todo el tiempo en la ducha, intenté contener mi imaginación perversa.
Compartir la cama con Alexander me dio todo tipo de ideas, y deseaba que no hubiera pasado tanto tiempo desde que tuve sexo.
Mi clítoris palpitaba solo de pensar en él, ¿qué pasaría cuando apoyara la cabeza en la almohada junto a la suya más tarde?
Cuando salí de la ducha, Alexander ya no estaba.
Busqué en mi equipaje y me pasé una mano frustrada por el cabello.
Todo era ropa completamente nueva, y la única ropa cómoda que tenía era la que tenía puesta cuando llegué.
Tendría que pedirle a alguien que la lavara todos los días para poder ponérmela en vez de los ridículos vestidos que me habían empacado.
Miré el reloj, vi que eran las nueve de la noche, y decidí que tenía tiempo para llamar a Maxim para poder hablar con Brandon. Los alcancé justo a tiempo cuando él y Layla se preparaban para arroparlo en la cama.
—Ya te echo de menos —comenté suavemente. Se alegró de que llamara, lo cual hizo maravillas para mi mal humor.
—Yo también te echo de menos. —Bostezó—. Maxim dijo que tres noches más de sueño después de esta noche y estarás en casa.
—Así es. —Luego iríamos a la corte y yo obtendría su custodia para siempre—. ¿Te leyeron un cuento antes de dormir? —pregunté.
—Sí. —Podía oír en su voz que sonreía—. Pero no son tan buenos como tú con las voces graciosas —añadió en un susurro, lo que me hizo reír.
—Cuando llegue a casa, te leeré dos cuentos por noche durante toda una semana para que podamos ponernos al día —prometí.
Nos despedimos y colgamos, y miré mi ridículo camisón. Elegí el que más me cubría: un camisón tipo babydoll blanco cremoso que descansaba en medio de mis muslos. Por suerte, tenía una bata a juego. Me miré en el espejo y decidí que estaba lo más decente posible como se podía esperar.
Sentí que estaba haciendo turismo mientras bajaba las escaleras.
Cada habitación era mayor que la anterior; era alucinante que una sola persona fuera el dueño.
Era como un museo. Cuando por fin encontré la cocina, me recibió una bandeja llena de comida.
Después, encontré la tetera, la llené de agua y la puse a hervir, y luego seguí buscando té.
Tenía que haber algo de té en esta enorme cocina.
—¡Voilà! —exclamé victoriosa mientras me ponía de puntitas para intentar alcanzar el bote—. Vamos, simplemente cáete.
Una mano se enroscó alrededor de mi torso y caí hacia atrás, chocando contra un cuerpo duro.