29PEDRO GUERRA
PEDRO GUERRA
Pasé la mitad de la vida corriendo detrás de comodidad y lujo. Dinero, hoteles, helicópteros, jets privados, rodeado de personas que tenían más dinero del que serían capaces de gastar en una vida.
Pasé años creyendo que el éxito era eso: no necesitar mirar más el precio de nada, entrar en cualquier ambiente y ser tratado como alguien importante.
Al final, la ironía no era graciosa.
Porque bastaron algunas semanas con Helena da Paz para que yo percibiera que ninguno de aquellos lujos me alcanzaba de la misma forma que encontrarla en mi oficina al final del día.
Y ahora ya no existía tiempo suficiente para reaprender a vivir diferente.
La idea me acompañó durante toda la reunión. Mientras un grupo de inversionistas discutía números y proyecciones de crecimiento en la pantalla, yo solo conseguía pensar en su boca sobre mí más temprano en la oficina.
Mi mente seguía volviendo al cabello castaño entre mis dedos. A la manera dedicada en que me miraba, como si lo que había entre nosotros hubiera sobrepasado cualquier obligación contractual.
Tal vez lo hubiera hecho.
¡Y me volvía loco! Porque no podía permitirme necesitar a nadie justo ahora.
Llegué de la reunión tarde, con la cabeza pesada. Rui estacionó en el garaje común, porque el exclusivo estaba pasando por algún procedimiento de seguridad que no conseguí que me importara. Era trabajo del gerente.
Y fue justamente eso lo que me hizo ver a Helena, acompañada de aquel guardia que obviamente quería llevársela a la cama.
Después de verlos conversando aquel día, mandé a alguien de Recursos Humanos a traerme toda la información sobre él: Leandro Alves, veintiséis años, trabajaba para mí hacía dos años.
Le abrió la puerta del auto a ella, que sonrió en agradecimiento, pareciendo demasiado íntima para mi gusto. Dijo algo, apoyándose en su hombro, y la furia me consumió, mientras el pecho me ardía intensamente.
Los celos eran una emoción que solo Helena me despertaba.
Me quedé parado observándolos hasta que ella entró en el auto y el chofer se sentó en el asiento delantero, riéndose con Leandro, como si fueran amigos de toda la vida.
—Sigue ese auto —le gruñí a Rui, que me dio una mirada breve por el retrovisor y asintió, con los ojos muy abiertos.
No preguntó nada. Nunca preguntaba, pero yo sabía exactamente lo que estaba pensando: que ese hombre desorientado, fuera de sí, no era yo.
Yo era control y razón, pero Helena hacía de mí un posesivo jodido.
El tránsito de Barra avanzaba lento, salpicado por las luces anaranjadas de otras linternas de autos. Pero mi foco estaba en el auto negro, algunos metros más adelante.
Cada vez que recordaba a Helena riéndose con aquel mocoso, sentía una irritación absurda subirme por el cuerpo. Lo peor: empecé a visualizar si ella lo deseaba, si la reciprocidad que yo pensaba que existía era cosa de mi cabeza.
Ridículo.
Tenía cuarenta y cinco años. Un imperio. Un tumor creciendo dentro de la cabeza... Y estaba persiguiendo a la mujer con la que mantenía un contrato sexual porque un guardia la estaba cercando. ¡Y ella le estaba sonriendo!
Tenía que parar, mierda. Pero no conseguí mandarle a Rui que diera la vuelta.
Seguimos detrás de ella por más de media hora. Y a esa altura, la ira y las imágenes que mi mente fabricaba estaban bordeando la insanidad.
Cuando el auto finalmente entró en una calle más antigua de Maracanã, percibí inmediatamente el contraste. Edificios bajos, fachadas envejecidas, bares de esquina, simples, todavía abiertos a pesar de ser un día de semana. Nada de aquello combinaba con Helena en mi cabeza.
El chofer estacionó frente a un edificio antiguo. Helena bajó agradeciéndole algo al conductor antes de entrar. Y se rio, simpática.
La dejé entrar y abrí el dosier que reuní sobre ella antes de hacer el contrato, cuando descubrí que era hija de Augusto. Tomé el número del departamento e intenté calmarme antes de subir, pero no pude.
—Puedes esperarme en el auto y, si aparece alguien para ponerte una multa, recibe la multa, pero no salgas de aquí.
Bajé del auto cerrándome el saco y observé el vecindario, la fachada del edificio. Y entré, indignándome de que no tuviera ni un portero en esta mierda, ¡cualquiera podía entrar!
Ella vivía aquí. La madre de mi hijo vivía en este maldito edificio sofocante, sin seguridad, sin ascensor ni apariencia de estructura, sin comodidad.
Mi irritación ganó un nuevo matiz. Celos y culpa.
Subí los tramos estrechos de escalera con la cabeza hirviendo. El pasillo de su piso olía a comida preparándose y a producto de limpieza barato. Lo que, de alguna manera, solo me dejó todavía más fuera de mí.
Golpeé la puerta con el puño, sin conseguir contenerme, y oí pasos rápidos dentro.
Helena abrió usando un short de algodón y una camiseta demasiado grande para ella, un poco estirada en el cuello. El cabello sujeto en lo alto de la cabeza y los ojos muy abiertos de sorpresa, mientras su rostro se ponía pálido.
—¿Pe-Pedro? —tartamudeó, nerviosa, y miró hacia dentro del departamento.
Pasé junto a ella antes siquiera de saludarla, no hablaría desde la puerta ni tenía paciencia suficiente para esperar una invitación para entrar.
El departamento era pequeño. Pequeño como el carajo. Un monoambiente apretado que aquel único ventilador, sobre una silla, no conseguía refrescar. Los muebles eran simples y dispares, y dudaba que ella los hubiera elegido.
Sobre la mesa, un montón de libros apilados, el notebook cerrado y algunos papeles.
El estómago se me revolvió, pareciendo contener ácido. Helena cerró la puerta lentamente detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Ignoré la pregunta.
—¿El guardia te está tirando onda?
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿Qué?
—¡Leandro! ¿Está tirándote onda?
Helena parpadeó algunas veces, claramente intentando entender de dónde venía mi descontrol.
—Solo llamó un auto del hotel para mí. Si eso es un problema, pago por los viajes que Ronaldo me dio...
—¡Y tú aceptaste!
Ella cruzó los brazos, en posición defensiva.
—Porque vivo lejos y a veces salgo tarde de allá, entonces Leandro me ayuda, solo eso.
Me acerqué a ella, bombardeado por el olor de su perfume, que ya parecía impregnado en mi cabeza veinticuatro horas por día.
—¿Te gusta su atención? ¿Te gusta que haga cosas por ti?
—No puede ser que estés hablando en serio.
¡Lo estaba! Lo peor era que lo estaba.
Me pasé la mano por la mandíbula, frotándome la barba, intentando controlar la irritación que ardía bajo mi piel desde el momento en que vi a aquel hijo de puta riéndose con ella.
Helena era mía ahora y yo no la había asumido ni siquiera para mí mismo. Y no me pertenecía por el contrato, ni por el bebé. Era mía porque mi cuerpo reaccionaba al suyo, porque solo la idea de otro hombre tocándola hacía que me convirtiera en un animal defendiendo territorio.
Helena respiró hondo, quedándose tan frustrada como yo me sentía:
—Pedro... viniste hasta mi casa a pedirme explicaciones por un viaje en auto.
No estoy cogiendo con él, ni quiero. Y fuiste tú quien dijo que sería solo sexo, que no tenías relaciones y no te enamorabas.
Estamos cogiendo por un contrato, para que yo cargue a tu hijo.
Me tienes ganas, pero eso no justifica que estés aquí. ..
—¡La mierda que no lo justifica! —interrumpí—. ¡Eres mía, carajo!
El departamento pequeño quedó en silencio por un instante.
Entonces miré alrededor, con las entrañas explotando. Y observé el resto del espacio. Aquella cocina minúscula, el sofá gastado. Por más organizado y limpio que estuviera, no era digno de ella.
Si era mía, yo no podía permitir que viviera así.
Helena sería la madre de mi hijo. Y aun en ese lugar simple, jodidamente distante del mundo lujoso que construí, ella seguía pareciendo demasiado perfecta dentro de él.
Por primera vez en la vida, no quería solo llevar a una mujer a mi cama. La quería en mi vida, por lo que durara. Y ella necesitaba saberlo.
Helena continuó mirándome en medio de la sala pequeña, los brazos cruzados, todavía intentando entender si yo me había vuelto loco de una vez.
Tal vez sí.
El ventilador giraba haciendo un ruido bajo, pero incómodo. Y me traía recuerdos de un pasado que yo sofocaba hasta el olvido. Vine de mucho menos y no quería que ella se quedara allí.
Me pasé la mano por la nuca, intentando organizar el torbellino de irritación, deseo y una necesidad casi enfermiza de tenerla conmigo.
—Arregla tus cosas —ordené, y ella jadeó.
—¿Para qué?
—Te vas conmigo.
—¿Adónde? No voy a acostarme contigo hoy, no después de esto.
—No te estoy llamando para coger, Helena. Te estoy mandando a agarrar tus cosas para llevarte a casa. ¡Mi casa!
La incredulidad surgió instantáneamente en su rostro.
—Pedro, esto es completamente absurdo.
—No es una discusión.
Helena soltó una risa corta, incrédula, y me encaró intentando contener su propia rabia.
—Apareciste en mi casa lleno de celos y ahora quieres llevarme a vivir contigo. Eso no estaba en el acuerdo... —se calló cuando me acerqué más, observando la forma en que intentaba sostener la firmeza, mientras el pecho le subía demasiado rápido bajo la camiseta desgastada.
—Vas a tener a mi hijo.
—Eso no te da derecho...
—Sí, me lo da.
La respuesta salió automática. Sus ojos se abrieron de inmediato.
Respiré hondo antes de continuar, intentando parecer racional, cuando mi cabeza era cualquier cosa menos eso.
—La madre de mi hijo no va a seguir viviendo sola en un lugar inseguro. No hay ni un portero en este maldito edificio, ¡hay un bar justo en la esquina! Cualquiera puede entrar, como yo entré aquí, ¡y tú abriste la puerta sin siquiera preguntar quién era!
Helena abrió la boca para responder, pero dudó. Porque sabía que yo tenía razón.
Además de quedar jodidamente lejos del trabajo. Y ella debía de tomar un montón de transportes públicos para trabajar para mí. Aun así, levantó el mentón en una resistencia orgullosa que la dejaba demasiado hermosa.
—Entendido, es por tu bebé —murmuró y bajó la mirada.
Casi me reí, indignado. Era por mi hijo, pero no solo por eso.
Era el conjunto: mi incapacidad de soportar la idea de otro hombre ofreciéndole comodidad, ayuda o atención.
Mi irritación creciente cada vez que Helena venía a dormir a casa y yo ni siquiera había visto dónde y cómo era su casa.
La obsesión absurda por esa mujer que empezó como un contrato y ahora ocupaba demasiado espacio en mi cabeza.
Le sujeté el mentón, levantándole el rostro para que me mirara, y pasé el pulgar por su labio inferior, hablando más tranquilo esta vez:
—Arregla tus cosas, Helena. Te quiero conmigo, en mi casa.
Ella sostuvo mi mirada por algunos segundos antes de soltar el aire en un suspiro derrotado.
—Eres imposible.
La comisura de mi boca subió, pero contuve la sonrisa.
—Y tú estás tardando demasiado en obedecer.
Asintió, haciendo un puchero de rabia, pero al menos estaba cediendo.
Era suficiente para calmarme.
Cuarenta minutos después, yo estaba poniendo la última maleta pequeña en el baúl del auto, junto con Rui, que no paraba de mirarme de esa forma silenciosa que decía mucho más que mil palabras.
Trabajaba para mí hacía tanto tiempo que, a diferencia de Helena, entendía la grandeza de mi acto. Y el hijo de puta no me estaba privando de mostrar aquella sonrisa torcida mientras abría la puerta trasera para que ella entrara.
Entonces cerró el baúl y me miró, asintiendo en aprobación, como quien me decía: “elegiste bien”.
Entré a su lado. Observándola sostener una mochila en el regazo, todavía sin mirarme, más resignada que feliz de estar yendo a vivir conmigo. El auto arrancó suave por la calle estrecha de Maracanã, mientras las luces de la ciudad atravesaban el vidrio polarizado.
Helena permaneció quieta durante algunos minutos antes de finalmente murmurar:
—Esto es una locura.
La miré, sin tener qué decir, porque realmente parecía una locura. Pero que se jodiera, yo quería esa locura con ella.
El cabello le caía sobre los hombros, el rostro sin maquillaje, los ojos castaños perdidos entre nerviosismo y confianza renuente.
Hermosa. Inteligente. Buena.
Perfecta para mí de una forma que nunca imaginé que existiera.
Reposé la mano en su muslo, queriendo que entendiera la proporción de eso para mí también, aunque no lo dije. Ella lo entendió, tal vez, porque se relajó y suspiró profundamente. Entonces recosté la cabeza en el asiento y cerré los ojos por un instante.
Rui tenía razón.
Había elegido jodidamente bien.