Acuerdo de Guerra Y Paz 21PEDRO GUERRA #2
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21PEDRO GUERRA #2

Gimió mi nombre sin aliento y se frotó contra mí, usando la mano para dirigir mi polla hacia donde la quería.

Curvé los dedos hacia adelante, encontrando su punto G, mientras mi palma frotaba el clítoris ya hinchado.

Tomé mi polla de su mano, frotando la cabeza embadurnada contra su culo, solo para probar su reacción.

El sexo con ella tenía la intención de meterle un hijo en el útero, pero solo de imaginarme comiéndole el culo me volvía loco.

Con cada roce de mis dedos en la carne esponjosa de su canal, Helena iba inclinándose más hacia adelante, hasta apoyar las manos en el vidrio empañado por nuestro calor corporal.

El cabello mojado cayó hacia un lado, revelando la línea deliciosa de su columna y la nuca tensionada, mientras ella se movía contra mi mano, en busca del placer.

Como el hijo de puta que era, no la dejé correrse, no así. Se correría en mi polla, hasta ordeñarme la leche.

—Vas a correrte conmigo, Helena. Solo vas a correrte cuando te llene de leche. Así es como vamos a hacerlo, hasta que te embarace. —Rosné, inclinándome hacia adelante, apuntando mi polla a su canal, antes incluso de sacar mis dedos por completo.

Se debatió, gimiendo por el ensanchamiento. Saqué los dedos, sustituyéndolos por la cabeza hinchada de mi polla, y un carajo gutural salió de mi garganta. Mis bolas se tensaron mientras bombeaba e iba enterrándome.

Erguí el torso, sujetando su hombro con una mano y la cadera con la otra, empujándola hacia abajo. Ella presionó el rostro contra el vidrio, que se empañó con su aliento caliente, con cada gemido mudo que iba ganando más y más volumen a medida que yo aumentaba la presión de las embestidas.

Miré hacia abajo, viendo el dibujo perfecto de su cuerpo. El trasero en forma de corazón, alzado hacia mí, mientras mi polla se enterraba en su coño, saliendo hasta la cabeza.

Pero lo que me sacó completamente de quicio fue que Helena se pusiera de puntillas, usando la pared de vidrio como apoyo para moverse sobre mi polla, encontrándose con mis embestidas. Deliciosa como el carajo, ¡puta madre!

Mi cabeza cayó hacia atrás mientras me mordía la boca, gruñendo un gemido ronco de placer. A partir de ahí me volví feral.

Quité la mano de su hombro, metiéndole dos dedos en la boca, frotando las puntas en su lengua para dejarlos bien mojados. Y la empujé con mi cuerpo, hasta que pegó los pechos al vidrio, cubriéndola por detrás. Bajé la mano de vuelta a su coño, usando su saliva para masajearle el clítoris.

Flexioné las rodillas, separándole las suyas, y embestí de abajo hacia arriba, masturbándola al mismo tiempo.

Con cada estocada profunda, sentía su lubricación escurrir por mi polla, por mis bolas, y fui cambiando el ángulo hasta que ella me dejó saber cuándo había acertado el punto exacto que la haría correrse.

—¡Dios mío, ahí! —gimoteó ronca, y sus piernas temblaron mientras el abdomen se le hundía y los dedos se cerraban en garras, dejando rayas perfectas en la humedad.

Me mantuve justo allí, entrando y saliendo con fuerza, para acertar exactamente aquel punto. Helena se corrió en menos de un minuto, debatiéndose, aprisionada entre mi cuerpo y la mampara.

Bramó mi nombre: Pedro, Pedro, Pedro, una vez tras otra, hasta quedarse sin aire. Y carajo, yo ya no conseguía controlarme.

Le sujeté la parte frontal del cuello y la mandíbula, girándole el rostro hacia el mío. Las mejillas sonrojadas, los párpados pesados.

—¡Abre los ojos y mírame! ¿Está rico? —Rosné la orden y mordí su labio inferior, tirándolo hacia mí.

Su respuesta fue un gemido y su canal exprimiéndome la polla como un puño. Asalté su boca con la mía, tragándome los gemidos restantes, sujetándole la parte interna del muslo, jalando su pierna hacia atrás, a la altura de mi cadera.

Entré todavía más profundo y más rápido. Apoyé la palma sobre su mano y me incliné hacia atrás, manteniéndola pegada a la pared, mientras follaba como un animal.

El sonido mojado de piel contra piel, la sensación de follar sin protección, sabiendo que estaba metiéndole un hijo dentro, no tenía nombre. La calentura de follar a alguien para embarazarla era una novedad y la mierda era erótica como el carajo.

Quería a Helena cargando un hijo mío, que todos supieran que se había entregado a mí, que su cuerpo delicioso había sentido placer conmigo. Y por segunda vez desde que descubrí el tumor, deseé tener más tiempo para tener eso. El hijo, sí, pero Helena también.

Mi lengua giró en la suya, como si le follara la boca con la misma calentura abrasadora con la que me comía su coño.

Helena rodeó mi cuello, las uñas clavadas en mi nuca, correspondiendo a mi beso hambriento. Sus músculos internos me apretaron tan firmemente, en un nuevo orgasmo, que apenas tenía espacio para seguir penetrando; me enterré por completo, dejando que ella me sacara la leche, maravillosamente.

Con cada chorro, más feroz se volvía el beso, intercambiando saliva y gemidos. Y aunque acabara de correrme, aunque todavía estuviera justo en medio del clímax, quise más, mucho más.