20PEDRO GUERRA
PEDRO GUERRA
Todo mi cuerpo pulsó cuando la ataqué con la boca. Por más que el dolor de cabeza se hubiera convertido en una compañía constante, en ese momento nada más importaba.
El beso se volvió un encuentro explosivo: labios, dientes, lengua.
Mi corazón galopó fuerte, vibrando en la garganta y arrancándome un gruñido casi feral.
Sus labios sabían a café y seducción. Una combinación tan espectacular que hizo que mi polla pulsara, comprimida dentro del pantalón de vestir al punto de incomodarme.
Cerré la mano en el cabello de su nuca, doblándole el cuello hacia un lado, para profundizar el beso de la forma que se me diera la gana.
Helena había firmado el acuerdo, entregando su cuerpo a mí y solo a mí, hasta que yo le follara un hijo dentro.
Sus manos delicadas subieron por dentro de las solapas de mi saco, hasta mi cuello, donde se sujetó como si fuera a caerse. Yo había inclinado su cuerpo hacia abajo, prácticamente cubriéndola, pero no la dejaría caer.
Con cada gemido maullado que pasaba de sus labios a los míos, más feroz me volvía en mis movimientos. Dejé una mordida firme en su labio inferior carnoso, aparté el rostro del suyo y le besé el mentón, debajo de él, dejando marcas de aquel labial rojo profundo que me enloquecía cuando se lo ponía.
Solo conseguía imaginar mi polla pintada con él o una marca perfecta de beso en mi pecho, como un secreto.
Aparté el rostro, mirándola entera, las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes con los párpados pesados de deseo. El labial completamente corrido más allá de los labios carnosos e hinchados.
Mía.
La palabra burbujeó en mis cuerdas vocales, lista para salir, pero la tragué, deslizando un tirante de su vestido, desnudándole el hombro. Imaginé qué tipo de lencería tenía ahí debajo, si es que tenía alguna...
—Pedro —llamó ronca, pero no le respondí. Raspando los dientes en su hombro, mi boca sucia de su labial pintó la piel allí.
Su piel era clara, sin marcas de sol, y estaba completamente erizada. Bajé la mano por su espalda tensa, buscando el cierre, mientras lamía la línea de su clavícula y la giraba hacia mí, metiendo una rodilla entre sus piernas, hasta que el vestido subió.
—Pedro... —Había una sonrisa mansa en su rostro, pero sus manos sujetaron mi cara entre ellas, como quien me pedía que parara—. ¿Vamos a hacer esto aquí, así?
Me detuve por un instante. Porque tenía razón.
Yo estaba limpio, siempre usaba preservativo e hice un montón de exámenes cuando descubrí el meningioma, incluyendo pruebas de enfermedades de transmisión sexual.
Y si iba a morir, me importaba una mierda si ella no estaba limpia, pero para que tuviera a mi bebé, necesitábamos saberlo.
—Yo estoy limpio... Voy a darte los exámenes, pero necesitas saberlo. No voy a usar condón contigo, ninguna vez. —Pegué mi boca a la suya, mirándola a los ojos, y continué—: A ti, quiero sentirte en la piel.
Succioné sus labios juntos y Helena cerró los ojos, soltando un jadeo gimoteado, mientras sus uñas arañaban mi barba.
Helena tenía razón en querer ver mis exámenes, pero yo no estaba listo para quitarle las manos de encima todavía.
No tenía idea de que podía sentirme tan insaciable y posesivo con una persona. Sin embargo, con esa mujer, fue así desde que puse los ojos en ella.
Planté las manos en su trasero, levantándola de pie, mientras apartaba mi silla hacia atrás. Ella se subió el vestido por los muslos, dejándolo amontonado en la cadera, escondiendo de mí el triángulo de sus bragas, y se encajó en una de mis piernas, frotando las bragas mojadas contra mi muslo.
El calor de su coño hizo que mi polla pulsara y que las bolas se me endurecieran.
Pegué la boca en la parte alta de su pecho, besando la carne expuesta, conforme el tirante que había bajado dejaba más de su pecho al descubierto, hasta que supe que estaba sin sostén, pero no lo suficiente para ver su pezón.
Le subí el vestido hasta amontonárselo en la cintura y le sujeté el trasero, apretando los dedos, mientras la manipulaba hacia adelante y hacia atrás, montando mi muslo. Ella onduló la cadera, jalando mi rostro para besarme otra vez.
Necesitando más, metí la mano entre sus muslos y solté el beso, mirando la mancha de lubricación que había dejado en mi pantalón gris. Sujeté su coño en copa, sobre las bragas negras, sin costura, para que no marcaran bajo el vestido. Los laterales eran finos y me imaginé que era hilo dental.
Era una pieza simple, pero la puta madre, si no le quedaba perfecta.
Y yo le daría lencería para suplir todas las jodidas fantasías que tenía sobre ella.
Helena se quedó de pie, el abdomen tensándose, mientras su respiración jadeante coordinaba con la mía ruidosa.
Las manos delicadas apoyadas en mis hombros, sin impedirme apartar el fondo de las bragas, pegado a sus labios vaginales.
—No voy a comerte aquí, así... —Usé el mismo tono que ella había usado, ironizando y provocando—. Pero voy a probar tu orgasmo, de una forma u otra.
Ella soltó un chillido escandalizado. Que se acostumbrara rápido, porque yo sabía que tenía la boca sucia y me gustaba provocar diciendo obscenidades.
Miré el coño depilado, con apenas el triángulo de vello recortado bien al ras de su piel, en su monte de Venus. Y presioné su bajo vientre, hasta que empujó los documentos y se sentó en el borde de la mesa. Encajé mi hombro bajo uno de sus muslos y pegué la boca a su coño, tragando su olor.
¡Carajo!
Me convertí en un animal, apartando sus labios mayores con los pulgares, mientras la lamía, hasta dejarla bien mojada.
Con un siseo tembloroso, Helena cerró un puño en mi cabello, ondulando la cadera contra mi boca, instintivamente, y apoyó la otra mano atrás, en el tablero de la mesa, arqueando la espalda.
Pasiva, queriendo ser servida, no sumisa esperando comandos, pero yo le mostraría quién estaba en control.
Rodeé el clítoris con lamidas lentas y provocadoras, chupándolo hasta dejarlo hinchado y necesitado. Sus gemidos jadeantes me arrancaron gruñidos.
Gemía mi nombre con un timbre ronco, cargado de necesidad, junto con palabras inconexas, animándome, rogando por más.
Aquello me incendió.
La forma en que reaccionaba, natural, sin fingimiento, hacía que todo pareciera nuevo y más intenso para mí. Su cuerpo entregándose al placer.
Deslicé la lengua con más presión, variando el ritmo, provocando, retrocediendo y regresando más voraz.
Frotó el coño contra mi cara, en una súplica muda, y metí el índice en su canal, enterrándolo por completo.
Siseé de placer cuando su canal apretado lo exprimió; imaginé cómo sería cuando fuera mi polla allí dentro.
—¡Ahí, justo ahí! —gimió cuando encontré su punto G.
Mi otra mano subió por el frente de su vestido, apretándole los pechos. Los pezones estaban tan intumescidos que se marcaban en la tela y quise follarla así, vestida, para dejar mi leche escurriendo entre sus piernas mientras volvía a trabajar en la sala de al lado. Marcada por mí y por mi gozo.
—Abre los ojos —gruñí contra su coño, aplanando la lengua y frotándola de abajo hacia arriba en su monte de nervios, entonces ordené—: ¡Mírame!
Abrió los ojos con dificultad, las pupilas dilatadas, el rostro sonrojado, completamente entregada a la sensación.
¡Mierda!
Aquello me dejó todavía más fuera de control.
Volví a chuparla con más ansia, fuera de mí. La devoré como un hambriento, después de semanas de espera. Su cuerpo se tensó de una vez, el abdomen se contrajo y la respiración perdió completamente el ritmo.
—Pedro, voy a...
—Lo sé.
Le sujeté la cadera cuando intentó escapar de la intensidad, manteniendo el movimiento exactamente donde ella lo necesitaba.
No escapó. Se hundió y se ahogó en la ola de placer que yo conseguía probar en la lengua.
Sus dedos se cerraron con más fuerza en mi cabello, al punto de doler, mientras los ojos se le ponían en blanco y la piel del cuello y del escote se le enrojecía por completo. Todo su cuerpo vibrando por el orgasmo. Y el sonido que salió de su boca era tan animalesco como yo me sentía.
Los espasmos prolongados todavía la atravesaban y no le di tiempo para recuperarse; como el avaro de mierda que era, quería cada gota. Saqué el dedo de dentro de ella, succionando su entrada, porque todo su gozo me pertenecía.
Me quedé allí algunos instantes más, metiendo la lengua en su canal y probando su placer, bebiéndolo todo. Mientras la veía deshacerse por completo sobre la mesa: blanda, jadeante, perdida.
Chupé sus labios mayores, lamí sus ingles, una por una.
Cada gota de lubricación fue cambiada por mi saliva.
Tenía la polla tan dura que, incluso bajo el bóxer, la sentía raspando contra el cierre, pero solo la imagen de Helena satisfecha era lo bastante erótica para que consiguiera controlarme y esperar hasta más tarde, para llevarla a mi cama.
Helena no quería dármelo aquí en la oficina, al menos no la primera vez entre nosotros dos. Ese contrato no convertía esto en una relación, pero quise darle todo lo que deseara.
Subí el cuerpo despacio, mirándola: cabello desordenado, labios hinchados, manchados con el labial. Un tirante del vestido caído y los pechos presionando en el escote modesto, volviéndolo extremadamente indecente y provocador.
¡Hermosa como el carajo!
—Eso fue... —intentó hablar, pero la voz le falló.
Pasé el pulgar por su labio, limpiando lo corrido, observándola.
—Eso fue solo una prueba, solo el comienzo. —Mi voz salió grave, cargada.
Pero la realidad volvió rápido. Detrás de ella, los papeles esparcidos me recordaban que esta vez no era solo placer. No importaba cuánto quisiera darle placer, eso era apenas un medio para un fin.
Respiré hondo, obligándome a retomar mi autocontrol.
Me sujeté la polla por fuera del pantalón, intentando encontrar una posición más cómoda. Entonces le devolví el tirante al hombro y las bragas a su lugar, cubriéndole el coño. Deslicé el dedo sobre la hendidura, notando cómo la tela quedaba pegada a mi saliva allí.
—Tenemos que ir al médico. Para que te hagas los exámenes. Después... vas a pasar la noche conmigo.
Frunció el ceño, aturdida.
—¿Ahora?
—¡Ahora! —Necesitaba entrar en ella, derramar mi leche en su canal. No quería esperar más—. Si vamos a hacer esto... —completé, mirándola directo a los ojos—, vamos a hacerlo bien.
Ella tragó en seco, todavía temblando. Sus grandes ojos castaños buscando los míos, aún con aquel brillo de deseo. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no volver atrás y terminar lo que había empezado allí mismo.
Pero no. Todavía no.
—Vamos —ordené.
Y no conseguí evitar sentirme presuntuoso cuando se sujetó de mis hombros para equilibrarse, como quien me decía que confiaba en mí para no dejarla caer.