Acuerdo de Guerra Y Paz 18HELENA DA PAZ
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18HELENA DA PAZ

HELENA DA PAZ

Después de aquella conversación, no conseguí comer absolutamente nada.

Pedro todavía lo intentó, insistió para que comiera algo, pero cuando me negué, me dio la tarde libre. Esta vez no me resistí, porque solo de imaginar regresar con él a la oficina, tuve miedo de ceder y aceptar un plan como aquel sin pensarlo bien, solo porque estaba absurdamente atraída por él.

Debería haberme sentido extremadamente ofendida con la propuesta. Y hasta lo estuve al principio, pero cuando explicó sus motivos y habló de mí con aquella admiración, me derretí entera.

Pedro quería un hijo, estaba dispuesto a intentarlo con una mujer que era básicamente desconocida, porque las personas a su alrededor eran más interesadas que interesantes.

Las cosas que dijo sobre mí me inflaron el ego, claro. Solo que lo peor era pensar que, si aceptaba hacer eso por él, gestar un hijo para él, acabaría sintiéndome como las mujeres a las que se había referido.

El vientre de alquiler era ilegal en Brasil, ¿no?

Por lo menos el vientre de alquiler pago.

¿Y yo conseguiría entregar un bebé que gesté durante meses, que sentí dentro de mí, para que otra persona lo criara? Aunque las intenciones fueran buenas, ¿estaría tratando a un niño como un producto?

El camino hasta mi casa fue largo, lleno de transbordos, pero no fue suficiente para llegar a una decisión antes de llegar allí.

En cuanto abrí la puerta, mis ojos fueron a parar a la mesa con los papeles esparcidos. El contrato del financiamiento, las copias de los documentos de la casa de mi padre anexadas, la carta amenazante...

Veinte mil reales hasta fin de mes.

Trescientos mil reales en total, según lo que Guerra investigó.

¡Trescientos mil!

Era más de cuatro años de trabajo para mí, con mi salario actual. Podría tener eso en nueve meses, si hacía lo que Pedro pidió.

Dejé mi bolso en el sofá y fui hasta la mesa, jalando la silla vieja, que ni siquiera me pertenecía.

No tenía nada a mi nombre, ni los muebles.

Alquilé ese monoambiente amueblado cuando vine a la universidad con un sueño.

Y si hubiera tenido cosas más bonitas o modernas, no habría conseguido mantenerme.

Ese departamentito era lo mejor que mi padre podía pagar, trabajando de forma exhaustiva, como hizo toda la vida, para criarme prácticamente solo.

Mis abuelos cuidaban de mí, pero quien me crió fue él.

Y yo traicioné todo lo que me enseñó cuando tomé la decisión estúpida de engañarlo y lo hice firmar su mayor conquista a cambio de la mía.

Debí haber hecho un año más de cursillo, hasta conseguir entrar a alguna universidad federal. Pero después de dos años de notas insuficientes, me desesperé. Metí la pata hasta el fondo e hice el financiamiento, mintiéndole a mi padre que había conseguido una beca.

¡Mentí!

Apoyé los codos sobre la mesa, entrelacé los dedos en oración y recosté la frente sobre los puños. Yo me había metido en esta mierda y tendría que encontrar la forma de salir sola.

Nunca pedí ayuda a nadie. Aceptaba la de su Augusto porque sabía que me amaba. Y ahora estaba Pedro, que también necesitaba ayuda para realizar sus sueños, tendiéndome la mano para que nos ayudáramos al mismo tiempo.

No era un producto para él. Noté la emoción en su voz cuando se expuso ante mí, diciendo cuánto quería eso. Cuánto quería que la mujer que gestara a su hijo fuera una buena persona...

Ese bebé era un sueño que él no podía realizar solo.

Mi deuda era mi pesadilla, de la que no podía librarme sola...

Nos necesitábamos.

Tomé la decisión y, sin pensarlo demasiado para no desistir, llamé a Pedro. Era la primera vez, también la más importante. Me atendió apenas empezó a sonar, como quien esperaba con el celular en la mano.

«Helena» —la voz grave me erizó entera.

—Acepto tu propuesta. Voy a ayudarte a tener un hijo —susurré.

«¡Puta que parió!» —maldijo, prácticamente gruñendo.

«Quiero hacer un hijo en ti», sus palabras regresaron voraces, haciendo que mi coño se contrajera.

La respiración ruidosa del otro lado de la línea fue otro estímulo. Solo de recordar que me tocaba, el casi beso, mis pezones se endurecieron. Jadeé, excitada, sin pensar en lo que estaba haciendo.

Mientras mi cerebro se disparaba, intentando doblar la moral y la ética bajo las que fui criada, mi cuerpo tomaba decisiones por mí. Ansiando más de él, ser tocada con la misma intensidad con la que me miraba.

Tuve miedo, claro que lo tuve. Nunca había cogido sin condón, mucho menos con un hombre como él, en una relación que, según él, sería estrictamente sexual, para «hacer un hijo en mí».

¡Madre santísima!

—Sé que estás de descanso, pero necesito que canceles todo en mi agenda de mañana. Tenemos que hablar más, necesito explicarte cómo vamos a hacer esto...

Hacer esto: él literalmente metiéndome su hijo.

Casi gemí, como una perra. Y me sorprendí por estar más excitada sexualmente que aterrorizada con la idea. Era lo que él hacía conmigo, desmontaba mi armadura de autocontrol como si no fuera nada.

Pedro era un hombre, un macho alfa, que tomaba la delantera en los problemas y resolvía las cosas. Sería muy fácil permitir que me comandara más allá de la cama, que tomara todas las providencias.

Ser comandada nunca había sido un deseo mío, no racionalmente. Pero tal vez no me conociera tan bien como creía.

Mi madre murió cuando yo era muy pequeñita.

Y mi padre se desdobló del revés para suplirlo todo solo, trabajando turnos dobles en la escuela, dando clases en cursillos los fines de semana.

Mis abuelos siempre fueron muy cariñosos, pero me sentí obligada a crecer demasiado rápido.

Lo contrario de lo que se imaginaba cuando pensaban en alguien «criado por la abuela».

¡Estaba exhausta!

Fueron cuatro años sobreviviendo a aquella universidad de gente esnob, mientras tomaba trabajos temporales en los cursillos para ayudar con los gastos, solo para conseguir mantenerme en la facultad. Cargando sobre la espalda una deuda que solo aumentaba.

Solo para frustrarme con la falta de oportunidades para alguien como yo: mujer, pobre, del interior, que no estaba dispuesta a irse a la cama con ricachones idiotas...

«¿Helena?» —Pedro me llamó, con un tono más preocupado.

—Estoy aquí —susurré.

«Llevas días sin dormir. Descansa... Todo va a estar bien, yo voy a resolverlo todo». —Su certeza me hizo latir y suspirar, con los ojos ardiendo de sueño y llanto contenido.

—Está bien.

«Ve a dormir. Mañana hablamos con calma». —Y colgó, sin esperar una despedida.

Abrí mi notebook y envié los correos avisando a todos los compromisos de él del día siguiente que no comparecería. Algunos eran extremadamente importantes, pero eso solo comprobaba cuánto Pedro estaba determinado a ser padre y cuáles eran sus prioridades.

Y solo con entender eso, me aferré con uñas y dientes a ese pensamiento. Estaba lucrando con eso, sí, pero era por un buen motivo: estaba ayudando a Pedro a realizar su sueño, mientras él alejaba mis pesadillas.

A la mañana siguiente, estaba demasiado nerviosa y ansiosa para hacer aquella jornada diaria. Decidí que me daría un día de comodidad y fui en Uber al trabajo.

Aunque había dormido la noche entera, mi cerebro no se había relajado. Por varios motivos: primero, no podía volver atrás con mi palabra, Pedro contaba conmigo; segundo, eso significaba que realmente iría a la cama con él.

Me sequé las palmas heladas de nervios en la falda, dentro del ascensor que me llevaba al piso de la empresa. Todo el tiempo, mi pulso y mi respiración estuvieron acelerados. No sabía qué me esperaba allí dentro y me sentí un tanto aliviada al no encontrar a Pedro allí.

La puerta de su oficina estaba abierta, como la dejaba el personal de limpieza de la madrugada por el olor de los productos. Eran poco más de las siete y media de la mañana, no siempre Pedro llegaba tan temprano.

Fui a la cocina a hacerme un café. Y fue justo allí, en medio del olor a café, que Guerra apareció. Me quedé quieta allí dentro, escuchando el ruido de la cafetera y los latidos descompasados de mi corazón. Seguí con la mirada a Pedro dejando la carpeta en mi mesa y viniendo en mi dirección.

Jadeé, con escalofríos recorriéndome la piel. Hasta el cabello pesado en mi espalda pareció ansiar el toque dominante de sus dedos entre mis mechones.

—Buenos días, ¿dormiste bien? —saludó, ronco, como si yo fuera la primera persona con la que hablaba hoy.

La sonrisa provocadora se abrió, mientras metía una mano en el bolsillo y se recostaba en el marco de la puerta, alisándose el mentón con la otra.

Sus ojos pasearon por mi cuerpo, observando mi vestido nuevo.

No era nada del otro mundo, un vestido de tirantes, color crema, que compré algunos meses atrás y estaba guardando para un día importante.

Hoy parecía ser el más importante de toda mi vida.

—Sí, gracias por la tarde libre de ayer. De verdad necesitaba dormir.

Guerra me respondió con un «ujum» profundo y entró en la cocina, reduciendo significativamente el espacio. Se detuvo prácticamente pegado a mí, depositando su mano pesada en mi zona lumbar y estirándose para tomar el café detrás de mí.

Busqué sus ojos. Su perfume me hacía querer hundir el rostro en su cuello y olerlo, como una adicta. No se había afeitado de nuevo y ese era el tamaño perfecto para su barba; seguramente me rasparía los labios si por fin me besaba, como yo ansiaba desesperadamente.

—No sé cómo consigues beber esto sin azúcar. —Bebió un sorbo y frunció el ceño, negando con la cabeza—. Y extrafuerte, encima.

Lo había notado. Y era una cosa ridícula por la que emocionarse, pero, por Dios... Me encantaba saber que me prestaba atención.

Me entregó la taza, pero no quitó la mano de mi espalda. Me encantaba cuando iba por ahí poniéndome las manos encima. No era apropiado, alguien podía entrar en cualquier instante. Sin embargo, si él no quería soltarme, a mí no me importaría.

Resolví permitírmelo también, una vez que fingir control ya no tenía sentido. Mirando directamente sus iris eléctricos, giré la taza entre mis manos y puse la boca exactamente donde la suya había estado.

—Buena chica. —Abrió la sonrisa más canalla que yo había visto en mi vida—. Vamos a conversar, Helena, y a resolver esto de una vez.

Tragué en seco, sintiendo las mejillas calientes al imaginar.

«Esto...» él, haciendo un hijo en mí.