Acuerdo de Guerra Y Paz 16HELENA DA PAZ
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16HELENA DA PAZ

HELENA DA PAZ

Llegué a las siete y media de la mañana a la oficina. Más temprano que mi horario. Como no había conseguido dormir bien, decidí venir antes y empezar a ser productiva.

Obviamente, me sorprendió encontrar a Pedro ya en la oficina.

Para ser un CEO, trabajaba como cualquier empleado.

—Buenos días —lo saludé, cuando salió de la cocina con una taza de café en las manos y escuché el ruido de la máquina haciendo otro.

Parpadeé, un tanto aturdida. ¿Estaba haciendo un café para mí?

No había nada más en mi mente que la imagen de Pedro, vestido con un traje azul de raya diplomática, perfectamente moldeado a sus músculos alargados. Era alto, mucho más alto que yo, tal vez cerca de uno noventa.

Y aquellos ojos intensos estaban clavados en mí, mientras una sonrisa perezosa se moldeaba en sus labios contorneados por la barba corta, que había vuelto a dejarse crecer. Solo su presencia me dejaba hiperconsciente de mi cuerpo.

Su perfume llegó antes que el olor del café en su mano. Bebió un sorbo, mirándome por encima del borde del vaso, y me recorrió de arriba abajo con la mirada, sin siquiera disimular.

—¿No dormiste otra vez? —murmuró, con la voz grave.

En un gesto que era básicamente platónico, extendió la otra mano y tocó mi pómulo con los nudillos largos. Tragué en seco, sin apartarme, embobada y electrizada por su gesto.

—Helena... —llamó mi atención, pero sus caricias no pararon, apartándome el cabello de la sien.

—Dormí un poco —susurré, sin saber por qué.

—Hm... —zumbó, grave, sin apartar los ojos de los míos.

El instante se alargó y me quedé allí plantada, como si estuviera esperando su autorización para ir a hacer otras cosas. Recordé la sensación prohibida e innombrable que sentí cuando me dio órdenes por mensaje, no solo sobre el trabajo.

Pedro era grosero e impaciente, pero a veces me dejaba ver ese lado. Como cuando me mandó una ensalada porque yo no había cenado, o cuando me mandó irme temprano ayer y tomar un auto, por saber que no había dormido...

Cada vez que me mostraba lo atento que era conmigo, me dejaba removida, sin saber qué significaba eso para él.

—Cambié nuestro almuerzo a otro lugar. No necesitas pedir nada. Y sea lo que sea que estés haciendo cuando vuelva de la reunión con el consejo, vas a parar. Quiero toda tu atención. ¿Entendido?

Yo ni siquiera conseguía hablar, excitada con él tan cerca, cerniéndose frente a mí, al punto de que mis rodillas se debilitaran. El dorso de sus dedos se deslizó por mi mandíbula y sentí la punta del pulgar debajo de mi labio, como si no quisiera arruinarme el labial.

—He-le-na? —estiró mi nombre, alzando una ceja.

La diversión en su rostro me dejó brevemente avergonzada, pero la intensidad de su mirada, el hambre, hacía que mi garganta se cerrara y mi bajo vientre se tensara violentamente.

Yo debería haberme acostumbrado a su presencia. Pero parecía que solo empeoraba.

—Sí, señor Guerra —murmuré y vi su mandíbula tensarse, mientras sus ojos se estrechaban, enfocados en mi boca.

Sujetó mi mentón con el índice y el pulgar y todos mis sentidos entraron en alerta. Creí que iba a besarme. Y, madre santísima, yo quería.

—Buena chica.

Todo mi cuerpo vibró mientras él se alejaba, llevándose consigo el aroma de su perfume y del café. Dejándome temblorosa y completamente erizada, mojándome entre las piernas.

¿Qué estaba haciendo conmigo?

A la hora del almuerzo, era un manojo de ansiedad y anticipación.

¿Era de verdad solo un almuerzo? ¿O estaba aceptando otra cosa?

Mi piel todavía ardía allí donde me había tocado por la mañana. Pedro salió a media mañana para la reunión que solía dejarlo siempre de mal humor. Pero después de que él y el CFO, Sombra, empezaron a reunirse para rehacer algún proyecto en conjunto, ya no lo insultaba siempre.

Cuando volvió de la reunión, pasó junto a mí, dándome la orden de prepararme para ir a almorzar en cinco minutos. Entró en la oficina y yo corrí al baño femenino del piso para retocarme el maquillaje.

¿Qué estaba haciendo? ¡Era como si me estuviera arreglando para una cita!

Pedro me encontró en el pasillo y caminó a mi lado, de forma profesional, cuando pasamos por el corredor y el área con los cubículos de los otros empleados.

Mantuvo la postura fría y una distancia segura.

Lo acompañé, un paso atrás, con la tablet en la mano y el bolso colgado del codo, como si lo estuviera acompañando a algo estrictamente laboral.

Y lo era, debía serlo. No tenía idea de por qué seguía con la sensación de que ese almuerzo no tenía que ver con el trabajo. Y lo peor, deseaba que no lo tuviera.

Entramos en el ascensor, solos, y en cuanto la puerta se cerró, él se cernió detrás de mí, mirándome por el espejo. Mi maquillaje ahumado y sobrio me daba una apariencia más madura que mis veintitrés años, pero aun así él parecía mucho mayor que yo.

Pedro Guerra no era un chico, como Leandro, ¡era un hombre!

Toda mi piel estaba erizada bajo la camisa social crema que llevaba puesta. Era la más bonita que tenía, cruzada en la cintura, por dentro de la pretina alta de la falda lápiz color vino.

—¿Eres católica? —preguntó, mirando la medallita de San Pedro en la cadena que colgaba entre mis clavículas.

Pero lo peor fue que metió la mano, como si tuviera derecho, y yo no hice absolutamente nada para impedírselo.

Sostuvo la medallita entre los dedos, estirando el rostro por encima de mi hombro, muy cerca del mío, para mirarla.

Desde ese ángulo, tenía la visión perfecta de mi escote y de los escalofríos en la carne de mis pechos.

—Se podría decir que sí, pero hace tiempo que no voy a misa —respondí tan bajito que, si no hubiera estado tan cerca, no me habría escuchado.

Los vellos de su barba casi rozaban mi rostro y solo la estática entre nosotros hizo que los escalofríos recorrieran mi piel.

—Tus abuelos intentaron mucho llevarme a la iglesia. —Me miró por el reflejo y me sorprendió que hiciera referencia a mi familia.

Entonces, ¿se acordaba de mi padre?

—No sabía que eras hija de Augusto —declaró, poniendo la medallita de vuelta contra mi piel, dejando que sus dedos rozaran muy cerca de mis pechos.

El ruido de la puerta abriéndose me sacó del trance y me impidió responder. Apoyó la palma en la base de mi columna, quemándome con su toque, mientras me conducía hacia una parte privada del restaurante del hotel.

Fuimos recibidos por un maître particular, que nos encaminó hacia la mesa. Los platos estaban dispuestos lado a lado y no de frente, como sería en un almuerzo de negocios.

—Avísale al chef que prepare el especial —le dijo al maître, mientras sostenía una silla para mí.

Me puse tensa cuando los ojos del otro hombre se posaron brevemente en mí, como si me evaluara: la secretaria que venía a un almuerzo íntimo con el jefe.

¡Esto no era una cita!

Él era mi jefe y amigo de infancia de mi padre.

—Siéntate... —El comando llegó tibio, haciéndome olvidar todos los motivos para no sentir lo que estaba sintiendo.

La falda se me subió por los muslos cuando crucé las piernas. Su mirada bajó por un instante y volvió a mi rostro, con tranquilidad calculada.

Un camarero apareció y sirvió agua, retirándose enseguida. Aproveché el momento para bajarme la falda y Pedro se posicionó detrás de mí, de una forma en que el camarero ya no podría verme.

Ese territorialismo hacía cosas conmigo que yo ni siquiera sabía que deseaba. El clic suave de la puerta al cerrarse indicaba que estábamos solos, lo que me hizo tragar en seco.

Pedro empujó mi silla para dejarme cómoda, sus dedos largos rozaron mis brazos y su perfume infestaba mi mente, como un afrodisíaco.

Puse la tablet sobre la mesa y el bolso en la silla de al lado, para mantener las apariencias de que aquello era un almuerzo profesional, hasta que él me demostrara lo contrario.

La sala reservada del restaurante era un ambiente discreto, separado del resto del salón por puertas de madera y vidrio esmerilado. El murmullo distante de cubiertos y conversaciones llegaba amortiguado, como si viniera de otro mundo.

Allí dentro, solo nosotros dos. Pedro había elegido eso. Privacidad y discreción.

Tomé el vaso de agua helada y bebí un sorbo pequeño. Necesitaba algo para enfriarme. Cualquier cosa.

Él se quitó el saco y se arremangó la camisa hasta los antebrazos antes de sentarse, demasiado cerca. El reloj caro reflejó la luz cuando movió la muñeca. Hasta sus manos eran bonitas. Y solo con mirarlas conseguía sentir de nuevo sus manos sobre mí: en mi rostro, en mi espalda.

Extendió el brazo por detrás de mí, apoyándolo en mi silla. Los dedos, suspendidos cerca de mi espalda, hicieron que los vellos de mi nuca se erizaran en expectativa.

Quería que siguiera tocándome y no debía.

No estaba siendo absolutamente nada profesional.

—¿Por qué no me dijiste que eras hija de Augusto? —Fue lo primero que dijo. La sonrisa apareció en el tono de voz, no en los labios. Lo que me sorprendió.

—Pensé que lo sabía. Mi padre envió un correo, pidiendo una vacante para mí —respondí, un tanto avergonzada por haber sido recomendada para el puesto, por no haberlo conseguido por mi propio mérito.

—La mayoría de los correos que me envían nunca llega hasta mí, alguien lo resuelve antes... —Alzó la ceja como quien decía lo obvio. Yo lo sabía. Era uno de sus múltiples filtros de información—. Pero tú sabías quién era yo. Y aun así...

—¿Aun así qué? —cuestioné, jadeante.

Por más que hubiera un buen espacio entre nosotros, sentía su calor corporal y estaba atrapada bajo su mirada intensa. Pero, sobre todo, sus dedos estaban paseándose entre los mechones de mi cabello, casi haciéndome ronronear como una gatita.

—Aun así me miras de esa forma. Incluso cuando intentas impedirlo, puedo verlo.

Antes de que yo cuestionara de qué estaba hablando o pidiera disculpas, el camarero regresó con las entradas y un trago para él.

—¿Quieres beber algo? —Al preguntar, se acercó más, estirando la otra mano para tomar el trago sobre la mesa y apoyó la palma entre mis omóplatos.

Negué con la cabeza, sin valor para mirar al camarero.

Esto parecía una tortura.

Cuando el camarero salió de nuevo, el silencio regresó más denso que antes.

—¿Usted suele usar esta sala? —pregunté, desviando la mirada, incapaz de seguir bajo su escrutinio.

—Es solo Pedro, Helena. Uso esta sala cuando necesito privacidad.

—¿Y hoy la necesita? —Volví a mirarlo a los ojos, encontrándolos entornados, con las líneas suaves en las comisuras.

Se acercó todavía más, deslizando la mano de mi espalda a mi hombro, aproximándose unos centímetros.

—Hoy quiero paz. —Sin desviar la mirada de mí, hizo un gesto, impidiendo que el camarero regresara de nuevo. Entonces disparó—: Tú sabías quién era yo... —Dejó el resto implícito, pero lo comprendí:

«Yo sabía quién era él y aun así me sentía atraída».

¿Como si fuera mi culpa?

—No sé qué quiere que le responda, Pedro. —Disparé de vuelta, incómoda con la acusación incrustada en su frase—. Entre pensar y hacer hay un espacio gigante. Y yo pensé que usted sabía quién era yo, entonces no... —dejé de hablar de pronto.

¿Qué diría? «¿Usted también me mira como si quisiera llevarme a la cama?».

Sus dedos bajaron de mi hombro hacia el costado de mi cuerpo, aumentando todavía más la tensión sexual entre nosotros.

Deslizó la mano grande por mis costillas, deteniéndose en mi cintura, apretando muy suavemente.

Dejó el vaso en la mesa y prácticamente me atrajo hacia él. O fui yo quien se inclinó hacia él.

—Helena, tengo casi el doble de tu edad. —Había un tono de reprobación en su voz. Pero estaba tan cerca que su aliento me alcanzó, tibio, quemándome las vías respiratorias.

—Lo sé.

—Trabajas para mí.

—Lo sé.

—Eres hija de mi amigo de infancia. Puede que no vea a Augusto desde hace casi treinta años, pero ¿entiendes lo que eso significa?

A esa altura, mi espalda ya no estaba pegada a la silla. La mano pesada ya no estaba en mi cintura, había subido un poco más y yo juraba que su pulgar estaba rozando la carne inferior de mi pecho, dejándome completamente sin aire y sedienta.

—Yo... lo sé.

—Y aun así... —Pedro susurró y acercó el rostro al mío, arrastrando la boca sobre la mía, con los ojos abiertos.

«Y aun así me quieres...»

Yo apenas conseguía articular una palabra, mi coño se contrajo de forma absurda y tuve que sujetarme de su bíceps para equilibrarme, aunque estuviera sentada con su brazo a mi alrededor.

El toque fue muy suave, apenas rozándome. Entonces rozó los dientes, dejándome completamente erizada. Cerré los ojos y un gemido quedó atrapado en mi garganta, pero fue lo bastante sonoro para hacerlo sisear.

—¡Carajo! —Me sujetó por la nuca, enredando los dedos entre mis mechones. Entonces gruñó, con la frente presionada contra la mía—. Yo no soy uno de los muchachitos a los que debes estar acostumbrada. No mantengo relaciones, no me enamoro... ¿Es con eso con lo que estás de acuerdo?

Yo estaba completamente irracional, ablandada en sus manos: una en mi nuca, cerrándose en mi cabello, la otra sujetándome el mentón, como si me estuviera preparando para recibir un beso hambriento, sin que yo pudiera esquivarlo.

El gemido susurrado se me escapó y cerré los ojos. Ansiándolo...

—Abre los ojos. —Esperó a que obedeciera—.

Si dices que no quieres esto, paro y volvemos al comportamiento apenas profesional.

No voy a provocarte, ni a ponerte en ninguna situación incómoda.

No voy a quedar resentido, rumiando tu rechazo.

Literalmente no tengo tiempo. Pero si quieres.

.. —deslizó el dorso del dedo por la parte delantera de mi cuello, por el hueco de mi clavícula—.

Puedo garantizar que será muy bueno para ti.

¡Puta mierda!

¿De verdad estaba sugiriendo lo que yo creía que estaba sugiriendo?

Y dejó la decisión en mis manos. Yo era quien tenía que decidir, porque era yo quien tenía algo que perder...

Su mano siguió bajando, paseando entre mis pechos, que subían y bajaban con mi respiración pesada; por mi vientre, temblando con escalofríos tan salvajes que me dejaban los nervios hechos trizas.

Entonces dejó que la mano pesara sobre mi muslo, el pulgar muy cerca de mi ingle, pero sin tocarme, aguardando mi consentimiento para continuar.

—¿Quieres tener un caso? —pregunté en un soplo y me sentí avergonzada cuando él sonrió abiertamente.

Pero lo peor fue la intensidad del hambre casi perversa con la que me miró entera.

—Quiero mucho más...

¿Qué más?