32 LIA
El techo de mi dormitorio nunca me había parecido tan interesante. Han pasado cinco horas desde que salí de Purgatorio, desde que lo dejé, y el sueño no llega. Cada vez que cierro los ojos, veo su rostro, siento sus manos, escucho su voz.
Mi cuerpo todavía lleva las marcas de nuestro tiempo juntos: quemaduras de cuerda, moretones que florecen en mis caderas, los cortes superficiales en la cadera y el pecho que escuecen cuando cambio de posición. Cada punzada de dolor trae consigo una oleada de recuerdos placenteros, como manos fantasma que aún me acarician.
Me giro de lado y me arropo más con la manta. Las sábanas me resultan extrañas contra la piel. Demasiado frías. Demasiado vacías.
—Esto es ridículo —susurro a la oscuridad.
Pasé quince años construyendo una vida sin él, convenciéndome de que había tomado la decisión correcta al irme. Y ahora, después de solo setenta y dos horas de vuelta en su órbita, estoy aquí tumbada, suspirando por él como una adolescente enamorada.
Mi teléfono está en la mesita de noche, con la pantalla apagada. Podría enviarle un mensaje. Pedirle que venga. Solo pensarlo me provoca un revoloteo en el estómago, mitad deseo, mitad terror.
¿Qué le diría siquiera? ¿No puedo dormir sin ti? ¿Echo de menos la sensación de pertenecerte? La verdad suena patética incluso en mi cabeza.
Pero sí lo echo de menos. Echo de menos el peso de su cuerpo contra el mío. Echo de menos la seguridad que sentía en sus brazos, lo cual resulta irónico teniendo en cuenta lo peligroso que es.
Se suponía que esto no iba a pasar. Se suponía que la Cacería iba a ser una experiencia, no una revelación. Se suponía que iba a satisfacer mi curiosidad, quitarme la espinita que llevo clavada desde la noche del baile de graduación, y seguir adelante con mi vida cuidadosamente construida.
En cambio, estoy aquí tumbada en la oscuridad, mirando el techo, completamente perdida sin un hombre del que pasé quince años huyendo.
Lo peor no es quererlo aquí. Lo peor es saber que admitirlo significaría entregarle la última parte de mí que he estado reservando. El último muro se vendría abajo, y entonces ¿qué quedaría de la mujer independiente en la que tanto luché por convertirme?
Lanzo el teléfono sobre el colchón y lo miro fijamente. Esto es una locura. Pura y absoluta locura.
—A la mierda.
Antes de que pueda pensármelo dos veces, agarro el teléfono y pulso el contacto de Vane. El corazón me late con fuerza mientras la llamada conecta.
Contesta al segundo tono.
—Flor silvestre.
Su voz es profunda, alerta; definitivamente no es la voz de alguien a quien acabo de despertar.
—Sigues despierto —digo.
—¿Pensabas que estaría durmiendo? —Hay un toque de diversión en su voz—. Déjame adivinar... ¿No podías dormir sin mí? Quizás fue esa siestecita que te echaste encima de mi polla la que te malcrió.
El calor me sube a la cara.
—No seas tan creído —murmuro, mientras aprieto los muslos; el recuerdo de tenerlo dentro durante la cena hace que el cuerpo me duela de deseo.
—Dime por qué has llamado, Lia.
Cierro los ojos mientras la rendición me invade.
—Quizás ahora necesito tu polla para poder dormir.
Un gruñido retumba por el teléfono, primitivo y posesivo. El sonido me vibra directamente en el centro.
—Sabes que va contra las reglas. Período de enfriamiento de veinticuatro horas, ¿recuerdas?
—¿Desde cuándo sigues las reglas? —lo desafío, envalentonada por la oscuridad y la distancia entre nosotros—. Nunca te tuve por alguien a quien le importaran las reglas.
La línea se queda en silencio durante tres latidos.
—¿Vane?
La llamada se corta de golpe. Aparto el teléfono y miro la pantalla confundida. ¿He ido demasiado lejos? Me incorporo, aún más despierta, preguntándome si he hecho el ridículo.
Pasan diez minutos. Estoy a punto de lanzar el teléfono al otro lado de la habitación cuando suena un mensaje. Lo abro y encuentro una foto de su Kawasaki verde aparcada en lo que parece mi calle.
Debajo de la imagen, tres palabras.
Te veo pronto.
El corazón me da un vuelco mientras leo su mensaje. Tres simples palabras que me hacen saltar de la cama y lanzar el teléfono sobre ella mientras corro a la ventana. Aparto la cortina y escudriño la calle.
Ahí está: su Kawasaki verde, reluciente bajo la farola, pero ni rastro de Vane. Mi aliento empaña el cristal mientras me acerco más, escudriñando las sombras. ¿Dónde está?
El repentino zumbido del timbre me sobresalta. Está aquí. De verdad está aquí.
Me miro la camiseta enorme y los pantalones cortos de algodón; definitivamente no es la impresión que quiero causar después de prácticamente rogarle que viniera. Corro a la cómoda, abro el segundo cajón y agarro lo primero que tocan mis dedos: un camisón transparente que compré pero nunca me atreví a ponerme. El material sedoso se desliza sobre mi piel mientras me lo pongo.
El timbre suena de nuevo, más insistente esta vez.
—¡Ya voy! —grito. No me molesto en mirarme al espejo. ¿Para qué? Ya me ha visto de todas las formas posibles.
Abro la cerradura y tiro de la puerta. Vane llena el marco. Antes de que pueda siquiera decir hola, ya está dentro y cierra la puerta de una patada tras él. Su cuerpo presiona el mío contra la pared, una mano rodeándome la garganta, sin apretar, solo sujetando.
—¿Me has echado tanto de menos, nena? —Su voz es un susurro ronco contra mis labios, su aliento caliente sobre mi piel.
—Sí —susurro—. Te he echado de menos.
Su pulgar me recorre la mandíbula, sin apartar los ojos de los míos.
—¿Solo esta noche? ¿O me has echado de menos todos estos años, flor silvestre?
Me muerdo el labio y bajo la mirada. La pregunta excava en lugares que he mantenido cerrados, incluso para mí misma.
Su agarre en mi garganta se aprieta lo justo para alzarme el rostro hacia el suyo.
—Dime la verdad. Quiero oírtelo decir.
Asiento lentamente mientras mis defensas se desmoronan bajo la intensidad de su mirada.
—Dilo —gruñe, y su cuerpo presiona más fuerte contra el mío.
—Te he echado de menos —confieso—. Cada día. Cada hombre con el que estuve... ninguno era tú.
El triunfo destella en sus ojos antes de que su boca se estrelle contra la mía. Su beso me roba el aliento y la resistencia por igual. Su chaqueta de cuero está fría contra mi piel a través del fino camisón, y el contraste de temperaturas me arranca un jadeo contra su boca.
Deslizo las manos por sus hombros, sintiendo el cuero suave bajo las palmas. Está tan jodidamente guapo con su ropa de motorista. El aroma del cuero, la colonia y el almizcle único de Vane me envuelve, embriagador y extrañamente familiar.
Mi cuerpo responde a él al instante, se arquea hacia su contacto como si estuviera programado para buscarlo. Tres días con él después de quince años separados, y ya soy adicta. O tal vez lo he sido desde aquella noche del baile de graduación, y he vivido negándolo, sufriendo el síndrome de abstinencia más largo de la historia.
Sus manos están en todas partes a la vez, suben con impaciencia el fino camisón por mis muslos. El sonido del cuero al caer al suelo resuena por mi apartamento mientras se arranca la chaqueta sin romper nuestro beso.
—Te necesito ahora —gruñe contra mi boca, con la voz rota de desesperación—. Que se jodan las reglas.
Me aferro a sus hombros mientras se arranca la camiseta por la cabeza y deja al descubierto los tatuajes que lucen tan jodidamente hermosos en su piel, tatuajes que no tenía cuando teníamos dieciocho años. Su cinturón golpea el suelo a continuación, seguido del chirrido metálico de su cremallera. Todo sucede en una vorágine de movimiento y necesidad.
Me levanta contra la pared y las piernas se me envuelven instintivamente alrededor de su cintura. Con una embestida suave, está dentro de mí. La cabeza me cae hacia atrás contra la pared mientras él entierra el rostro en mi cuello.
—Todo este tiempo —jadea contra mi piel mientras sus caderas me embisten con fuerza castigadora—. Tantos años y aún es como volver a casa.
No hay arte en esto, ni bondage elaborado ni dominación cuidadosamente orquestada, solo necesidad cruda, primitiva.
—Eres todo —susurra, con la voz quebrada mientras su ritmo vacila—. Eres el aire en mis pulmones, la sangre en mis venas. He existido en blanco y negro desde que te fuiste.
Las lágrimas me escuecen en los ojos ante sus palabras. Mi cuerpo se tensa a su alrededor y lo atrae más adentro.
—Eres el color en mi mundo, flor silvestre —sus labios me rozan la oreja, cada palabra acompasada con el empuje de sus caderas—. El verde en cada bosque, el azul en cada cielo. Me he estado ahogando sin ti.
Sus palabras destapan una verdad en mi interior. Algo que he mantenido encerrado durante quince años.
—Te quiero —las palabras se me escapan de los labios.
Vane se queda inmóvil dentro de mí. Se le corta la respiración, los músculos se le tensan bajo mis dedos. El corazón me late contra las costillas mientras los segundos se alargan hasta la eternidad.
La vulnerabilidad de mi posición, clavada contra la pared, expuesta física y emocionalmente, de pronto resulta abrumadora.
Entonces sus ojos se encuentran con los míos. La intensidad que descubro en ellos me roba el poco aliento que me queda. Tiene las pupilas dilatadas, rodeadas de ese verde imposible que ha perseguido mis sueños durante quince años.
—Dilo otra vez —su voz suena ronca, desesperada.
Trago saliva, súbitamente tímida a pesar de nuestra intimidad.
—Te quiero, Vane. Creo que siempre te he querido.
Se le escapa un sonido, mitad gruñido, mitad rugido, antes de que su boca se estrelle contra la mía. El beso es devastador, voraz, como si intentara devorar las palabras que le he dado. Sus manos me acunan el rostro con tal ternura que las lágrimas me brotan de los ojos.
Cuando por fin rompe el beso, apoya la frente contra la mía.
—Te quiero —susurra, y las palabras me rozan los labios como una oración—. Joder, Lia, te quiero desde el instituto. Cada día sin ti ha sido una tortura —sus caderas empiezan a moverse de nuevo, cada embestida acompasa sus palabras—. Eres mía. Siempre lo has sido —su voz se intensifica, se vuelve casi salvaje—. No voy a perderte de nuevo. Nunca.
Sus dedos se tensan en mi pelo y me inclinan la cabeza hacia atrás para que no tenga más opción que sostenerle la mirada.
—Mi corazón. Mi alma —sus ojos arden en los míos, sin dejar espacio a la duda—. Se acabaron las huidas. Se acabó negar lo que somos. Me perteneces, y yo te pertenezco.
—Sí —susurro, con las lágrimas nublándome la vista—. Soy tuya, Vane. Se acabaron las huidas.
La emoción cruda en sus ojos casi me deshace. Sin romper nuestra conexión, me levanta de la pared con sus brazos fuertes sosteniéndome. Me aferro a él, con las piernas todavía envueltas alrededor de su cintura, mientras me lleva la corta distancia hasta el salón.
—Quiero verte —murmura contra mi cuello—. Entera.
Me baja al sofá con una suavidad inesperada y me sigue hasta que quedamos tumbados juntos, con los cuerpos todavía unidos. La urgencia frenética de hace unos momentos se transforma en algo más profundo, algo que me hace doler el pecho con su intensidad.
Vane me aparta un mechón de pelo del rostro con un tacto reverente.
—Quince años he soñado con esto —dice, con la voz ronca de emoción—. No solo follarte. Quererte.
Empieza a moverse dentro de mí de nuevo, pero esta vez con embestidas lentas y deliberadas que me hacen sentir cada centímetro de él. El camisón se me ha subido hasta la cintura, y él me lo saca con cuidado por la cabeza y lo arroja a un lado. Sus manos me acarician la piel como si estuviera memorizando los contornos de mi cuerpo.
—Qué hermosa eres —susurra mientras me siembra de besos suaves la clavícula, sube por el cuello, recorre las mejillas donde han caído lágrimas.
Le acuno el rostro entre las palmas, abrumada por la ternura que reemplaza su ferocidad anterior. Este es un lado de Vane que solo he vislumbrado antes: el chico vulnerable bajo el hombre peligroso. Sus movimientos siguen siendo medidos y profundos, cada embestida acompañada de palabras cariñosas susurradas contra mi piel.
Mi cuerpo responde de forma diferente a este enfoque más suave: el placer se construye lentamente en lugar de arrollarme. Me arqueo contra él, buscando más de esta sensación exquisita.
—Te quiero —digo de nuevo, porque ahora que por fin he pronunciado las palabras, no puedo parar—. Te quiero, Vane.
La sonrisa con que me responde es deslumbrante.
Su tacto suave traza patrones sobre mi piel mientras nuestros cuerpos se mueven juntos en ritmo perfecto. Esto no es la posesión frenética del laberinto ni la exhibición posesiva de la ceremonia. Esto es algo completamente diferente: una comunión, una promesa intercambiada sin palabras.
Los ojos de Vane no abandonan los míos, me mantienen cautiva en su mirada con más eficacia que cualquier cuerda. La vulnerabilidad que veo en ellos coincide con la mía, cruda y desprotegida. Para un hombre que ha pasado años construyendo muros a su alrededor, dejarme verlo así es la mayor rendición de todas.
—Nunca dejé de pensar en ti —susurra mientras apoya la frente contra la mía—. Ni un solo día.
Le rodeo con los brazos, lo atraigo más cerca, necesito eliminar cualquier espacio entre nosotros. Su cuerpo cubre el mío por completo, protector y posesivo a la vez. Su peso me ancla a este momento que parece casi onírico en su perfección.
Mientras el placer crece entre nosotros, lento, dulce y devastadoramente intenso, Vane me besa con una ternura que me hace brotar lágrimas de nuevo. No hay exigencia en este beso, ni conquista, solo pura devoción que me deja sin aliento y repara algo roto dentro de mí.
Cuando por fin nos separamos, miro al hombre del que he dejado de huir, y sé con absoluta certeza que estoy exactamente donde debo estar.
Durante tanto tiempo, pensé que la independencia significaba estar completamente sola. Construí mi vida en torno a demostrar que no necesitaba a nadie, y menos aún al chico que me hacía sentir demasiado, demasiado rápido. Me creé una existencia perfecta en Nueva York, llena de logros y experiencias, mientras ignoraba el hueco que Vane había dejado en mi corazón.