Acid (Los Cazadores MC nº 2) 26
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Acid

Añado las especias al salteado y miro de reojo a la belleza que me observa desde la encimera.

Perrie se soltó el pelo de la trenza que llevaba, así que ahora le cae ondulado por la espalda. Todavía lleva los pantalones cortos de gimnasio y el sujetador deportivo, y está jodidamente sexy.

Joder, seis semanas sin ella fueron duras. Sentía que no podía respirar, por eso el terapeuta sugirió que volviera a casa y terminara el tratamiento como paciente ambulatorio.

Al principio me preocupé, pensé que tal vez no estaba lo suficientemente bien para volver, que las pesadillas me consumirían, pero al ver a Perrie esta noche en ese ring, el alivio en sus hermosos ojos azul claro, supe que los doctores tenían razón al dejarme volver.

Piston mencionó que lo estaba pasando mal y que peleaba más, que apenas iba al restaurante por sus lesiones, e incluso ahora puedo ver los ligeros moretones en su mandíbula, así que Viking tendrá que decirme quién se los hizo para poder hacerle el doble de daño, pero ella me necesitaba tanto como yo a ella.

Cojo la espátula de madera y muevo los fideos y la carne en el wok, luego sirvo cuidadosamente la comida en dos platos y apago el quemador.

Después de patearle el culo a mi hermano, salí del ring y cargué a mi chica al hombro como un bombero, haciéndola reír, y fui directo a la puerta trasera para montarla en mi moto.

Steal prometió recoger nuestras cosas, pero ni siquiera le di a Perrie la oportunidad de protestar.

Le besé los labios suavemente, me subí a la moto y arranqué mientras ella me agarraba de la cintura.

La traje a casa. A mi casa. Una casa en la que espero que quiera vivir algún día, si es que alguna vez puede perdonarme por no dejarla entrar, por cómo la dejé ese día en el restaurante, y por haberme dejado lo bastante vulnerable como para que esa zorra se aprovechara.

Miro a Perrie, que observa las encimeras de mármol negro mientras sus ojos recorren las paredes gris claro, con una pequeña sonrisa en esos labios carnosos que siempre quiero besar.

Sonrío y camino hacia la barra del desayuno con nuestra comida.

Me sonríe, a punto de bajarse para sentarse en la barra, pero no le doy la oportunidad y la levanto rápidamente. Envuelve las piernas alrededor de mi cintura, la mano derecha se hunde en mi pelo y la izquierda me rodea el cuello.

No hemos hablado, ni una palabra, solo disfrutamos de estar en la órbita del otro.

Le doy un beso suave en los labios antes de llevarla al taburete, luego me siento a su lado y acerco su taburete al mío para que quede entre mis piernas.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras nos miramos, con la mano derecha en mi mandíbula.

—Realmente estás aquí —susurra, y asiento.

—Aquí estoy, Tinker —respondo—. Y no pienso volver a irme.

Solloza.

—Pero tu tratamiento...

Trago el nudo que se me forma en la garganta antes de besarla suavemente.

—Va a continuar, pero seré paciente ambulatorio aquí —admito.

La miro a los ojos.

—No podía seguir lejos, Perrie. Necesitaba volver a casa; necesitaba estar contigo. Los terapeutas se dieron cuenta de algo que debería haber sabido desde el principio.

Solloza de nuevo y pregunta:

—¿Y qué es?

Le tomo la mandíbula con suavidad, acariciándola con el pulgar, y susurro:

—Te necesitaba para sanar.

Las lágrimas le resbalan por las mejillas y se las limpio mientras continúo:

—No estoy curado, ni de lejos, las pesadillas siguen ahí y tengo un largo camino por delante, pero necesitaba estar aquí contigo, Tinker.

Más lágrimas caen de sus hermosos ojos y digo con voz ronca:

—Por favor, no llores, Tinker. No soporto verte llorar.

Solloza.

—Yo... yo solo... te he echado tanto de menos...

Todo en mí se ablanda ante esta mujer increíble que tengo delante y, por instinto, presiono los labios contra los suyos. Su boca se abre al instante para mi lengua y la enredo con la suya, gimiendo con su sabor.

En el fondo de mi mente, sé que necesitamos hablar, desahogarnos, especialmente por esos cortes en la cara interna de sus muslos y los problemas que tendremos si ella quiere esto conmigo, y sé que necesito darle de comer, pero, joder, la he echado de menos, y mi polla está de acuerdo.

Me duele el cuerpo por la pelea con Piston, pero me siento más enérgico y acelerado ahora que tengo a esta chica en mis brazos de nuevo.

Lentamente me pongo de pie mientras llevo la mano a su nuca, le agarro el pelo y profundizo el beso.

Gime y me trago los sonidos. Le rodeo la cintura con la mano izquierda antes de levantarla sobre la barra del desayuno.

En cuanto tiene el culo en la encimera, barro la comida al suelo sin miramientos, ignorando el tintineo de los platos y el ruido al romperse, y la tumbo despacio sobre la espalda mientras mis labios van de los suyos a la mandíbula, luego al cuello, donde chupo con fuerza, dejando mi marca.

Jadea y arquea la espalda mientras muerdo la piel, dejando una marca más grande, y mi polla se endurece aún más hasta doler.

Ignoro al cabrón y bajo los labios por su cuerpo, necesitando probarla.

Con suavidad, le bajo el sujetador deportivo y el pecho queda libre; rodeo el pezón con la lengua.

Perrie empuja el pecho hacia mi boca mientras la punta se endurece, y la muerdo, haciéndola jadear, antes de chuparla con fuerza.

—Ollie... —gime.

Le muerdo el pezón de nuevo mientras bajo el otro lado del sujetador deportivo, lo cual no es nada fácil, y paso suavemente al otro pezón mientras froto con el pulgar el que acabo de tener en la boca, excitándola.

Perrie empieza a levantar las caderas, buscando fricción, y sonrío contra su piel suave mientras bajo besando por su vientre.

Cuando llego a los pantalones cortos, engancho los dedos a cada lado de la tela y los bajo lentamente por sus muslos tonificados, besándola mientras desciendo, necesitando los labios en su piel.

En cuanto se los quito, los tiro al suelo, luego deslizo las manos por sus piernas y entre sus muslos, abriéndola para mí.

Su coño reluciente aparece ante mí y se me hace la boca agua al ver la humedad que se acumula ahí.

Gimiendo, me acerco y la lamo desde el culo hasta el clítoris, rodeándolo, antes de repetirlo tres veces más.

—Ollie, por favor —jadea Perrie mientras presiono suavemente el pulgar en su entrada y rodeo el clítoris sin apretar, solo provocándola.

—Sabes jodidamente deliciosa, Tinker —comento mientras retiro el pulgar y hundo la lengua en su coño, lamiendo sus jugos mientras trazo círculos firmes sobre el clítoris.

Perrie jadea y arquea la espalda, suplicándome que le dé más. Me aprieto la polla por encima de los pantalones cortos porque necesito algo de alivio, y vuelvo a su clítoris para dedicarle toda mi atención mientras lo succiono con suavidad, rítmicamente, una y otra vez.

Mi polla palpita, ansiosa por su estrecho calor, pero no antes de que ella se corra. Presiono dos dedos en su entrada y los introduzco; sus paredes se contraen alrededor de mis dedos mientras sigo succionando su clítoris y ella gime y jadea.

Curvo los dedos hacia mí y froto con fuerza y rapidez justo cuando le mordisqueo el clítoris, y ella estalla.

Sus fluidos brotan a chorros en mi boca e inundan mi mano mientras se corre con un grito.

Gruño, retiro los dedos y le rodeo los muslos con las manos.

Me llevo todo su coño a la boca, sin querer desperdiciar nada de lo que me ofrece.

Perrie grita y se sacude contra mi boca, pero no detengo mi asalto, lo que le provoca réplicas de placer. Me agarra del pelo y tira de él, y le doy una última lamida antes de ponerme de pie y presionar mi cuerpo sobre el suyo.

Me agarra de la nuca y tira de mí hacia abajo para que nuestros labios se toquen; nuestras lenguas se encuentran al instante y se acarician con urgencia. Perrie gime al saborearse a sí misma mientras me bajo los pantalones cortos y los bóxers justo por debajo del culo, y mi polla queda libre.

Le muerdo el labio mientras coloco la punta en su entrada, luego empujo hacia adelante con fuerza, lo que hace que arquee la espalda, pero no le suelto el labio. En lugar de eso, me lo llevo a la boca y lo succiono antes de besarla con fuerza y brusquedad.

Embisto con las caderas fuerte y rápido, incapaz de ir despacio.

—Joder, te he echado de menos —jadeo, y rompo el beso mientras un hormigueo me recorre la columna y se me tensan los testículos.

Deslizo la mano entre nosotros y le presiono el clítoris con el pulgar.

—¡Ollie! —grita con la cabeza echada hacia atrás mientras sus paredes se contraen a mi alrededor rítmicamente.

—¡Joder, sí, Perrie, córrete para mí, cariño! —grito mientras mis caderas se mueven más rápido y sus fluidos nos inundan; entonces exploto, y mi semen sale a chorros, pintándole las paredes por dentro.

—Joder... —gruño mientras apoyo la cara en su pecho, me llevo su pezón a la boca y lo succiono con suavidad mientras embisto una última vez dentro de ella, pegando las caderas a su pelvis.

Ella me pasa los dedos por el pelo mientras le succiono el pezón con suavidad, recorriéndolo con la lengua antes de soltarlo. Levanto la cabeza y miro sus preciosos ojos, que me devuelven la mirada con un brillo especial.

Le aparto el pelo de la cara con suavidad y susurro:

—Te quiero, Perrie...

Se le llenan los ojos de lágrimas y susurra:

—Yo también te quiero.

Me invaden tantas jodidas emociones ante su respuesta susurrada que lo único que se me ocurre es asentir antes de besarla, sin sacar la polla de lo más profundo de ella.

Sé que estoy jodido. Sé que tengo mucho trabajo por delante y que voy a tener que arrastrarme un montón, pero no pienso perder a esta chica. No puedo.

Ella es mi puto todo...

Me incorporo de golpe, jadeando, arrancado del sueño por una pesadilla con Pamela y su «amigo», y antes de mirar a mi izquierda, ya sé que Perrie se ha ido.

Se me tensa la mandíbula mientras el pánico se evapora rápidamente, y me giro para ver su lado vacío. Después de follármela otra vez en la encimera, hicimos el amor en la ducha, luego en la cama, donde me corrí en su garganta antes de que me cabalgara.

Me quedé dormido con ella tumbada encima de mí, con la polla bien adentro, pero ahora se ha ido, y estoy cabreado de cojones.

Gruño al ver que son las dos de la mañana, aparto las sábanas de un tirón y voy corriendo al baño a mear antes de ir a buscar a mi chica, pero me detengo en seco ante la mancha de sangre en el suelo, y me cubre un sudor frío.

Suelto una maldición, meo a toda prisa y luego corro al vestidor a coger algo de ropa.

Necesito encontrar a mi chica, pero ya.