Acid (Los Cazadores MC nº 2) 10
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Perrie – Unos días después

Izquierda, derecha, izquierda.

Golpeo al idiota con jabs rápidos a la cara y el estómago, ignorando el rugido de la multitud.

Su puño derecho se dirige a mi cabeza y me agacho. Lanzo la pierna y lo hago tropezar al dar en el blanco: el pie le impacta en la pantorrilla.

Gruñe, con los ojos marrón oscuro encendidos de ira, y sonrío con suficiencia, provocándolo.

Quiero una pelea decente... no, la necesito.

Se lanza hacia mí. Me hago a un lado, giro y logro conectar el codo con su nuca, arrancándole un gruñido. Luego le estampo el pie en la espalda y lo empujo contra las cuerdas.

Siento el sudor en la espalda y en las palmas, el corazón latiéndome con fuerza mientras espero a que el supuesto «destructor» se recomponga, a que se dé cuenta de que estoy jugando con él. Necesito que pelee más duro, que al menos me dé un golpe, que me ayude a olvidar.

Se acostó con ella. Una semana después de acostarse conmigo, se acostó con la chica que se coló a la fuerza en mi vida, fingiendo ser mi amiga, mientras hacía todo lo posible por convencer a mi madre de que dejara a mi padre por el suyo.

Se acostó con Andrea…

La bilis me sube de nuevo con el dolor absoluto que me ensombrece. Corro hacia el «destructor», salto y le estampo el puño en la nariz.

Suspiro, mirando la casa en la que crecí. Durante cuatro años, he permitido que mi madre siga viviendo aquí, sabiendo que es su hogar. Pero durante cuatro años, he sido yo quien ha tenido que pagar las facturas de gas y agua, pagar a gente para que mantenga el césped, y eso se acaba hoy.

Ya no puedo permitírmelo, y necesito venderla para que Cass y yo tengamos un plan de respaldo... bueno, si es que alguna vez me llama. Quizá pueda invertir algo de dinero en el gimnasio también.

Aunque conservarlo o no, esa es otra historia.

Tal vez pueda venderlo e irme de viaje, encontrar a mi hermana…

Aprieto el volante y me miro los nudillos. Tengo la piel desgarrada; la cinta no funcionó tan bien anoche como debería.

Después de pasar una noche bebiendo con Nat y desahogándome, pasé las tres noches siguientes en el Fight, ganando más de diez mil dólares que fueron directos al gimnasio. El nuevo ring llegó esta mañana.

Vuelvo a mirar la casa y respiro hondo.

No quiero entrar ahí.

Suspiro, salgo del Mustang y la vista se me va al Fiat amarillo de Andrea. Pongo los ojos en blanco y camino hacia la puerta principal. La abro con la llave y entro en la sala de estar.

Mamá y Andrea me miran desde el sofá gris, y levanto una ceja al ver las lágrimas de Andrea.

No he hablado con ella desde que intentó buscarme pelea hace unos días. Estaba a lo mío en el trabajo cuando irrumpió, quejándose de lo mala hija que soy.

Fue para reírse, y simplemente me largué.

—Hola, cariño —dice mamá, con el brazo bien apretado sobre el hombro de Andrea, y me estremezco al oír el apodo.

Desde que papá murió, ha empezado a llamarme así, y estoy lista para enfrentarlo.

Tratando de contener la ira, suspiro pesadamente y digo:

—Mamá, necesito un minuto a solas contigo, por favor.

Andrea solloza y se acurruca contra mamá. Pongo los ojos en blanco mientras mamá dice:

—Me temo que no, ya ves que Andrea está disgustada…

Por supuesto, Andrea es lo primero, como siempre. Joder, sueno amargada.

Levanto una ceja.

—¿En serio? ¿Por qué ahora?

Mamá se aclara la garganta y aprieta a Andrea contra ella antes de decir:

—Ella y Acid se han estado acostando, Perrie. Está disgustada porque le preocupa que la odies, sabiendo lo enamorada que estás de él.

Todo en mí se congela mientras mi madre, mi puñetera madre, sigue apoyando a alguien que no es su hija mientras yo me desmorono por dentro. No, no me desmorono, muero por completo.

—Mira, cariño —me estremezco de nuevo—, entiendo que conoces a Acid desde hace más tiempo, que estás enamorada de él, pero los estás separando. Él dice que no puede tener una relación porque no quiere hacerte daño, y lo siento, pero eso es egoísta por tu parte, y yo no te crié así.

No creo que haya querido golpear a alguien con tantas ganas en mi vida, y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que apuñalé a mis dos violadores en la polla.

Resoplo, tratando de ocultar el dolor, y digo:

—Qué gracioso, porque tú no me criaste en absoluto. Lo hizo papá.

Se le abren los ojos de par en par, y le espeto:

—Y deja de llamarme cariño. Ese es el apodo de papá, no el tuyo.

Andrea sonríe con suficiencia mientras mamá se levanta y espeta:

—Perrie, sé que probablemente estás dolida por esto, pero por favor, les estás haciendo daño a Andrea y a Acid.

La miro con una mezcla de sorpresa, dolor e ira, mientras la chica que se coló a la fuerza en mi vida para separar a mis padres sonríe.

Y ya está. He terminado.

Asiento con la cabeza, me doy la vuelta y salgo.

¡Que le den a ella, que le den a Andrea y que le den a Acid!

—¡Perrie! —grita mamá mientras camino hacia el coche—. ¡Vuelve aquí y compórtate como una adulta! —continúa, pero la ignoro y me subo.

Sin mirar atrás, salgo derrapando. Se acabó. He terminado con ella y con Andrea.

El idiota del «destructor» corre hacia mí de nuevo. Esquivo un puñetazo, pero el derecho me alcanza en el estómago y me doblo. Otro viene directo a la cara, y lo dejo.

Le mandé un mensaje a Hammer diciéndole que renunciaba al trabajo en el restaurante. No puedo seguir trabajando con Acid, en el lugar donde me folló, pero Hammer se negó.

El muy capullo me dijo que el contrato que firmé cuando empecé establecía que tenía que avisar con más de un año de antelación. Nota mental: leer siempre la letra pequeña.

El puño del «destructor» golpea mi ceja y la fuerza me hace tambalear.

La multitud grita y vocifera para que contraataque con más fuerza, y obedezco.

Corro hacia el «destructor» y le lanzo uno, dos, tres puñetazos a la cara, luego otro al pecho.

Se dobla sobre sí mismo, lo que me da la oportunidad de girar, levantar la pierna y estamparle el pie en la mandíbula.

Sus ojos se ponen en blanco antes de caer, noqueado, y la multitud enloquece.

Siento la sangre brotar de mi ceja, pero la ignoro mientras el árbitro me agarra el brazo y lo levanta sobre mi cabeza gritando:

—¡La ganadora, Tinker!

Y yo maldigo en silencio; mi rabia crece a cada segundo.

Se acostó con Andrea…

Hago una mueca al agacharme, cojo el rodillo cargado de pintura azul oscuro y lo paso por la pared.

El dolor me recorre el cuerpo, pero me regodeo en él. Sigo decorando el gimnasio, con la mirada puesta en todo el equipo nuevo, para mantener la mente ocupada.

Sacos de boxeo nuevos cuelgan por toda la amplia sala, con colchonetas nuevas debajo.

Tres cintas de correr se alinean contra la pared del fondo, sobre la que hay un televisor enorme.

El lado derecho del gimnasio está ocupado por bancos de pesas, y el izquierdo por tres bicicletas estáticas.

El nuevo ring ocupa el centro de la sala, igual que el antiguo.

También pusieron suelo nuevo y, con suerte, ahora que he ganado mi última pelea, la semana que viene instalarán la iluminación.

También estoy redecorando la oficina. No voy a cambiarla mucho; solo renuevo la pintura y el mobiliario, antes de sustituir el mostrador de recepción y el cartel de la entrada.

Serán lo último; de lo contrario, todo el mundo sabrá lo que estoy haciendo, y no necesito eso ahora mismo.

—Debería haber sabido que estarías aquí —dice una voz, y me giro para ver a mi madre con un traje de chaqueta, observando la sala.

Maldita sea, olvidé cerrar con llave.

Suspiro y me agacho, intentando contener una mueca mientras cargo el rodillo con más pintura. Le digo:

—No eres bienvenida aquí. Date la vuelta y vete.

—¡Perrie, soy tu madre! —espeta.

Resoplo.

—Eres más madre para Andrea que para mí, así que lárgate.

La oigo gruñir mientras sigo pintando. Esta pared lateral y la del fondo serán azul oscuro, mientras que las otras serán gris claro. El logo irá en la pared lateral.

Como mamá no dice nada, la miro y veo que está examinándolo todo.

—T-Todo esto es-es nuevo… —tartamudea.

Emito un murmullo de asentimiento y admito:

—Sí. Ha llevado más tiempo del que esperaba, pero primero mandé reformar el apartamento de arriba.

—¿C-Cómo?

Sonrío con suficiencia ante su confusión antes de admitir:

—Cuando papá me dejó el gimnasio, me lo dejó todo, incluido el dinero de la caja fuerte.

Se le abren los ojos de par en par, y mi sonrisa se ensancha.

—Había miles.

—¡Perrie, yo era su esposa! —espeta, y resoplo mientras sigo pintando, sin ganas de discutir con ella. Sigue en negación, convencida de que no sé nada de su infidelidad.

La verdad, no me sorprendería que el padre de Andrea no fuera el primero.

Suspira.

—Mira, no he venido a discutir contigo, he venido a hablar de Andrea. Ella y Acid quieren sentar cabeza, cariño…

¡Hasta aquí hemos llegado!

Dejo caer el rodillo de golpe y me vuelvo hacia mi madre. Espeto:

—¡Deja de llamarme así!

Se estremece, pero abre mucho los ojos cuando añado:

—Si Acid tuviera tantas ganas de sentar cabeza con ella, ¿por qué demonios se acostó conmigo en el restaurante la semana pasada? Y, por cierto, fue él quien empezó.

La miro fijamente.

—Ahora, hazme el favor de salir de mi gimnasio. Papá me lo dejó a mí, no a ti, y no eres bienvenida aquí.

—Perrie… —empieza, pero la ignoro, voy hacia la puerta principal y la abro de par en par.

Traga saliva y sale, pero antes de que pueda alejarse, le digo:

—Por cierto, tienes treinta días para irte de la casa. Papá nos la dejó a Cass y a mí, pero antes de marcharse, ella me cedió la escritura para que hiciera lo que quisiera. No puedo seguir pagándotela.

Se vuelve y me mira atónita. Me encojo de hombros.

—Ya está en venta.

Dicho esto, cierro la puerta y echo la llave por si acaso, luego vuelvo a coger el rodillo y sigo pintando.

Se me parte el corazón e intento sobreponerme.

Sí, quizá vender las dos propiedades y viajar no sea tan mala idea.

Aquí ya no me queda nada, de todos modos, solo recuerdos que me hacen querer coger una cuchilla y hacer algo que llevo mucho tiempo sin hacer.

Mi mirada se posa en la urna de mi padre, en las estanterías nuevas. Trago saliva y susurro:

—Lo siento, papá…