Capítulo veinte
Aaron era un manojo de nervios mientras esperaba a que volviera su esposa.
Iba de un lado a otro de la pequeña cabaña, pasándose la mano por el pelo una y otra vez, con la cabeza a mil mientras imaginaba lo que Amber estaría haciendo en ese preciso momento.
Incapaz de aguantar más, volvió a coger el móvil y miró la foto que ella le había mandado.
¡El condón era enorme! ¡Grant debía de tener una polla gigantesca! Y había tantísimo semen dentro.
Semen producido mientras follaba a la esposa de Aaron. Semen producido mientras estaba dentro de Amber.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Dividido entre quedarse mirando la imagen y seguir dando vueltas, al final dejó el móvil y retomó su lento y agónico ir y venir por el pequeño espacio.
Entonces oyó que se abría la puerta.
¡Mierda! ¡Había vuelto!
Corrió hacia la puerta a recibirla.
Lo primero que notó fue el brillo en su rostro. Y luego, mientras ella se adentraba en la cabaña, vio esos movimientos gráciles, casi como si flotara un poco por encima del suelo.
Nunca se la veía así después del sexo con él.
El pañal le apretaba ahora que su polla pugnaba contra la voluminosa barrera, intentando liberarse de aquella prisión de algodón.
Pero cuando Amber lo abrazó, suspirando soñadora, se derritió en sus brazos y no sintió más que pura felicidad.
—Oh, cariño —dijo en apenas un susurro—. Gracias. Gracias. Gracias.
Aaron lo entendió.
Le había dado la oportunidad de vivir una experiencia increíble, y ella era consciente de lo valioso que era ese regalo.
Había algo íntimo entre ellos en ese momento. Algo que las palabras no podían describir.
Pero Aaron lo sentía. Y sabía que Amber también.
Pero eso se desvaneció unos segundos después. Toda la sangre le bajó de nuevo al miembro, y de repente estaba tan excitado como mientras la esperaba.
—¿Cuántas veces te corriste? ¿La tiene grande? O sea, ¿mucho más grande que yo? Porque vi el condón. ¡Tiene que serlo!
Las preguntas salieron a toda velocidad, las palabras atropellándose unas a otras.
Amber le dio unas palmaditas en el pañal.
—Tranquilo, bebé. Estoy bastante cansada esta noche.
Puede que mañana te cuente los detalles —una sonrisa traviesa le curvó los labios—.
O puede que no. Estás metido en un lío, cariño, por habernos espiado.
Pero ya nos ocuparemos de eso. Ahora mismo es tarde y estoy lista para meterme en la cama —se rio antes de añadir—: Grant me ha dejado agotada.
¡Aaron no podía creer lo que acababa de oír ni cómo estaba actuando Amber!
Era como algo sacado directamente de sus sueños. A la gente le parecería raro, lo sabía, que el hecho de que le negaran incluso detalles básicos como esos fuera a la vez enloquecedoramente frustrante y eróticamente excitante.
Claro que la mayoría de la gente pensaría que toda esta situación era rara.
Al instante pensó en los chicos del parque de bomberos. Dios, si sus hermanos de armas —o hermanos de mangueras— se enteraran de todo esto, no se lo dejarían pasar en la vida.
No te preocupes por eso. Esta es tu vida, y por fin tienes la oportunidad de vivirla exactamente como quieres. Lánzate. No mires atrás.
El ánimo silencioso funcionó, y las dudas desaparecieron tan rápido como habían llegado.
Su excitación, sin embargo, no desapareció.
—Venga. Dime algo. Lo que sea. ¿Por favor?
—Te estoy diciendo algo. ¡Que te vayas a la cama!
Aaron gimió, pero no discutió. No tenía sentido.
Estaba bajo la autoridad de Amber, y su única opción era aceptar lo que ella decidiera.
Y no lo habría querido de otra manera.