Capítulo diecisiete
Cualquier reserva o atisbo de culpa que Amber hubiera sentido por salir con otro hombre había desaparecido hacía ya mucho.
Solo quedaba una emoción desbordante.
Esto era lo correcto para ella y para Aaron. Puede que esa dinámica no funcionara en otras relaciones. De hecho, en su opinión, no era para la mayoría de las parejas.
Pero sí lo era para ellos. Y ya no tenía sentido seguir luchando contra ello.
El restaurante era pintoresco y romántico sin resultar pretencioso, y la conversación entre ella y Grant fluía con facilidad. Él le preguntaba por su pasado, su trabajo, y también por lo que pensaba sobre distintos temas.
Después de cenar, dieron un agradable paseo por los jardines del complejo, disfrutando de los sonidos de una noche de verano y de los tonos apagados del sol poniente.
Llevaban unos quince minutos paseando cuando Grant le tomó la mano. Una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo. Rezó para que él no notara lo emocionada —y nerviosa— que estaba en realidad.
Intenta no parecer completamente patética, Amber. Haz como si ya hubieras hecho esto antes.
—Pronto oscurecerá —señaló él.
Intentó responder, pero le costaba con el aliento atrapado en la garganta.
—¿Te gustaría que te acompañara a tu cabaña?
De nuevo, Amber intentó responder, pero no conseguía articular palabra.
Unos segundos después, Grant dijo:
—O podríamos ir a mi casa y seguir charlando. Y si no te apetece estar bajo techo, un paseo nocturno tampoco me viene mal. Lo que tú prefieras.
Sabía que tenía que decir algo ya, o él podría interpretar su silencio como aprensión y no como emoción.
Se apartó del camino perfectamente pavimentado y se adentró en un claro de hierba verde y exuberante, bajo el dosel que formaban unos grandes árboles.
Tiró de la mano de Grant y lo guio hacia un banco.
Quizá ese sería un buen lugar para sentarse a hablar, donde pudiera explicarle exactamente lo que sentía.
Estaban casi allí cuando un fuerte siseo rompió de pronto la quietud de la noche. Era demasiado fuerte para ser una serpiente, y además parecía venir de todas direcciones.
Al siseo constante pronto se sumaron unos chasquidos nítidos cuando chorros de agua empezaron a salir disparados a su alrededor.
Amber se rio, gritó y se lanzó sobre Grant, como si él pudiera protegerla del bombardeo de los aspersores. Él la atrapó al vuelo, se tambaleó hacia atrás unos pasos, pero logró mantenerse en pie.
El único problema fue que eso los puso justo en la trayectoria de un aspersor que tenían detrás. La espalda de Grant recibió la mayor parte del chorro, pero a Amber también le salpicó algo.
—¡Creo que esa es nuestra señal para salir de aquí! —dijo ella.
—Creo que tienes razón —dijo él. La dejó en el suelo, pero sin soltarle la mano, y echaron a correr hacia el camino.
No había más remedio que atravesar el bombardeo cegador. Para cuando llegaron a la acera, estaban empapados.
—¡Dios mío! —exclamó Amber.
—Vale, eso no estaba previsto en nuestra cita —le dijo Grant.
Ella siguió riéndose un poco más, pero se detuvo cuando sus miradas se cruzaron.
El tiempo pareció detenerse mientras sus labios se acercaban. El beso fue tierno —dulce y lento— mientras Grant le acariciaba suavemente la mejilla. Antes de separarse, se demoró un instante, reteniéndole el labio inferior entre los suyos, como si quisiera saborearla un segundo más.
Una oleada de emociones invadió a Amber, pero, sorprendentemente, ninguna era negativa.
Aunque acababa de besar a un hombre que no era su marido, en ese momento se sintió aún más cerca de Aaron. Era la confianza y la intimidad que compartían —su vínculo y su profunda conexión— lo que le daba la libertad de vivir esta experiencia increíble.
Le sorprendió darse cuenta de cuánto amaba la vida que habían construido juntos y la aventura en la que se estaban embarcando.
Cuánto amaba a Aaron.
Y cuánto deseaba a Grant.
—Llévame a tu casa.
Grant sonrió y asintió levemente antes de tomarla de la mano y llevársela de allí.