Capítulo Seis
Amber se tomó un momento para recrearse en la visión de su marido.
Estaba desnudo —algo que siempre disfrutaba— y yacía sobre la cama, cerca del borde del colchón.
Esperando. Vulnerable. Adorable como él solo.
Esa vulnerabilidad era probablemente lo que más le gustaba de todo aquello, pensó para sí.
No sabía nada de la comunidad ABDL antes de que Aaron, tras más de una década de matrimonio, le «confesara» por fin su gran secreto.
Y siendo sincera, tenía que admitir que a ella no le producía las mismas sensaciones que a él. No le molestaba en absoluto. Quería apoyarlo. Ni siquiera le incomodaba participar.
Pero no era lo suyo. No era precisamente algo que buscaría si no fuera por Aaron.
Sin embargo, a él le encantaba. Más que eso, sabía que lo necesitaba. Así que estaba encantada de complacerlo.
Había ciertos aspectos que incluso había llegado a adorar.
Como esa vulnerabilidad.
La forma en que el bombero, grande y fuerte, bajaba la guardia y se entregaba por completo a ella.
Mmm. Eso le llenaba el alma. No había nada mejor.
Tanta confianza y tanto amor. Añadía un plus de intimidad a su relación, ya de por sí estrecha.
Comenzó a desdoblar el pañal desechable que tenía en las manos sin apartar la vista de Aaron. Como siempre, el crujido de la prenda lo hizo sonreír. Seguramente ni se daba cuenta, pensó ella. Era su reacción natural ante lo que estaba a punto de ocurrir.
Era como si pudiera ver la tensión abandonar su cuerpo, literalmente.
Bien. Lo necesitaba. A Aaron no se le daba bien expresar sus emociones. Había ido a terapia y le había ayudado un poco. Aun así, quedaba un largo camino por delante. Si no encontraba la forma de aligerar las cargas que llevaba encima, temía que un día le diera un infarto o un derrame.
Lo que estaba a punto de hacer no era una solución a largo plazo, pero lo calmaría de momento.
Pero la experiencia le decía que no podía lanzarse de cabeza sin más. Había un proceso. Tenía que llevar a Aaron al Espacio Pequeño poco a poco.
Con voz suave y dulce, dijo:
—Piensa en lo suavecito que va a ser este pañal. Eres el niño bueno de mami por ponértelo.
Un suave arrullo escapó de los labios de Aaron. Tenía los ojos cerrados y lucía una sonrisa dichosa.
Mientras alisaba el pañal, dijo:
—Es bien gordito. Va a aguantar todos los pipís que haga mi niño pequeño. Venga, ¿puedes ser bueno y levantar ese culito tan mono para mami?
Aaron asintió e hizo lo que le pedía.
—¡Muy bien! Qué niño más grande. Se te da genial hacer lo que te dicen. Mami está muy orgullosa.
Deslizó la prenda voluminosa debajo de él, la colocó bien y lo guio de nuevo hacia abajo.
Tras darle un momento para disfrutar de la sensación, dijo:
—¿Ves? ¿A que es una maravilla? Qué suavecito para el bebé de mami.
Era evidente que se derretía por momentos.
Cogió el talco de bebé de la mesita de noche, desenroscó la tapa azul y dijo:
—Voy a echarte polvitos, cariño. Luego te abrocho bien el pañalito y vas a estar aún mejor.
Abrió la boca como para decir algo, pero solo le salieron risitas nerviosas.
Amber contuvo una risita. No quería que pensara que se estaba riendo de él.
Era una etapa crítica del proceso. Estaba en el Espacio Pequeño, sí, pero llevaba poco tiempo allí.
Cualquier cosa podría sacarlo de golpe, devolverlo al mundo duro donde tenía que ser fuerte, valiente y estar siempre alerta ante el peligro.
Amber lo estaba disfrutando casi tanto como él. Le encantaba verlo alcanzar ese estado de euforia.
Espera y verás, pensó conteniendo otra risita. La noche no ha hecho más que empezar.
El aroma reconfortante del talco de bebé inundó el aire cuando esparció una nube entre sus piernas.
Él volvió a arrullar mientras ella lo extendía con suavidad.
No se le escapó que su miembro se estremecía cada vez que lo rozaba.
Pero no era el momento de explorar eso. Quería a su príncipe en el Espacio Pequeño.
—Ahora mami va a subir la parte de delante del pañal y a ajustarlo así...
Siguió observando su expresión mientras trabajaba, apartando la vista solo el tiempo justo para colocar bien las cuatro cintas.
—Listo. Ya está. Y has sido un niño muy bueno —anunció dándole unos golpecitos en la parte delantera del pañal.
Luego, con una sonrisa pícara, añadió—: Ay, casi se me olvida algo.
Y es lo más importante. Date la vuelta. Levanta el culito.
Mami tiene que darle unas palmaditas a ese trasero acolchado.
Le encantó oír a Aaron soltar una risita de verdad mientras obedecía. Un momento después, le daba palmaditas juguetonas en el pañal abultado que le cubría el trasero.
—El niño más mono con el pañal más mono —afirmó—. Me encantan esos ositos y mapaches. Se lo están pasando genial.
Los animalitos sonrientes estampados en el pañal llevaban globos y gorritos de fiesta. Era un diseño adorable, y le encantaba lo infantil que resultaba.
Eso era justo lo que Aaron necesitaba.
—¿Quieres mimitos de mami? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Él asintió, soltó otra risita y se movió en la cama mientras ambos se acomodaban.
Unos segundos después, estaba acurrucada junto a él, con su marido entre los brazos, acariciándole la espalda y dándole palmaditas suaves en el trasero mientras él se relajaba.
No tardó en quedarse dormido.
Bien. Su cuerpo necesitaba descansar.
Y su mente también.
En pocas palabras, su chico necesitaba el Espacio Pequeño. Y tiempo con mami...