Capítulo Tres
Aaron estaba demasiado ocupado luchando por su vida, y por la del hombre que llevaba a hombros, como para darse cuenta de que su esposa le había enviado un mensaje.
Aunque sin duda le habría encantado saber del encuentro subido de tono que Amber había tenido con el apuesto compañero de trabajo que había mencionado en más de una ocasión, en ese momento solo necesitaba salir de aquel edificio en llamas antes de que la maldita estructura se viniera abajo.
A su alrededor, oía la madera crujir. Trozos de yeso llovían desde el techo y golpeaban ruidosamente el suelo antes de hacerse añicos.
Y el calor amenazaba con derretirlo en cualquier momento, ablandándole la piel hasta que se desprendiera y no quedara más que un montón de huesos en el suelo.
No iba a permitir que eso sucediera. Iba a volver a casa con Amber. Y tampoco iba a dejar morir al hombre que llevaba.
Nadie moriría en ese incendio. Hoy no. No mientras Aaron pudiera evitarlo.
Así que, aunque le dolían los músculos, las piernas le flaqueaban y el calor amenazaba con consumirlo, siguió adelante.
—Aguanta —le gritó al tipo.
No estaba seguro de si podía oírlo por encima de la atronadora tormenta de fuego que rugía a su alrededor. Ni de si el hombre siquiera estaba consciente. Había abierto los ojos un poco antes, pero eso era todo.
No había habido tiempo de examinarlo más a fondo. Aaron ya se preocuparía de eso si lograban salir con vida.
Cuando salieran con vida, se corrigió.
Llegó a las escaleras y respiró aliviado. El final estaba a la vista, al menos. Solo tenía que bajar, girar en una esquina y salir disparado por la puerta principal.
Eso era bastante fácil, ¿no?
Comenzó a bajar, resistiendo el impulso de saltar los escalones de dos en dos. Si perdía el equilibrio, podría hacer que el tipo rodara hasta abajo y se rompiera el cuello o algo igual de horrible.
Así que, a pesar del calor sofocante y el bombardeo de sonidos que convertían aquello en una zona de guerra, Aaron bajó con cautela.
Estaba a mitad de camino cuando, justo delante, un pedazo del techo se desplomó y se hizo añicos frente a él, lanzando al aire innumerables chispas y brasas.
Las llamas aparecieron en lo alto y aprovecharon la nueva abertura. Se lanzaron hacia abajo, como si intentaran alcanzar a los dos hombres, desesperadas por atraparlos antes de que pudieran escapar.
Aaron se agachó todo lo que pudo. Era consciente de que el hombre que llevaba a cuestas podría recibir la peor parte del calor al pasar por debajo del obstáculo en llamas.
Pero no había forma de evitarlo. Si pudiera, Aaron cambiaría el sitio con él. Pero lo mejor que podía hacer por los dos era seguir avanzando, pasara lo que pasara.
Por suerte, lo lograron ilesos. Pero ahora había otro problema.
Justo cuando Aaron salía de la escalera, una viga en llamas cayó del techo. El edificio se derrumbaba a su alrededor. Aunque solo le quedaban unos metros para ponerse a salvo, llegar sería un infierno.
El aire pesaba y la atmósfera parecía ondular. Pedazos de vete a saber qué flotaban a su alrededor. Aaron agradeció llevar la máscara con su potente filtro.
Esquivó la viga en llamas y apretó los dientes. El peso que cargaba a hombros, junto con el calor opresivo, amenazaba con derribarlo.
Más trozos del edificio cayeron a su alrededor. El fuego crecía. Podía ver su destino, pero era como si estuviera a un kilómetro de distancia: las pequeñas llamas se convertían en otras más grandes y le bloqueaban el paso.
Pero entonces apareció el agua bendita, que cayó sobre las llamas y las apagó, despejándole el camino.
Varios compañeros de su equipo se apresuraron a entrar, ansiosos por quitarle al hombre de encima y ayudarlos a ponerse a salvo.
En cuanto estuvieron fuera, más allá de los compañeros que sujetaban las mangueras, Aaron se arrancó la máscara protectora y aspiró una bocanada de aire fresco.
Bueno, relativamente fresco.
El humo negro que se elevaba hacia el cielo no ayudaba precisamente. El hedor a madera carbonizada, goma quemada y productos químicos flotaba en el ambiente. Pero aun así era mejor que el aire abrasador que lo había rodeado dentro del edificio.
De verdad había pensado que tenían más tiempo para salvar la segunda estructura.
Pero el fuego se había propagado más rápido de lo que ninguno de ellos había previsto.
¿Habría algún tipo de acelerante? ¿Bidones de gasolina o algo así escondidos por ahí?
En esos almacenes abandonados solía haber de todo: escombros, basura y restos de lo más variado.
Y a veces la gente encontraba la manera de colarse, buscando refugio. Por desgracia, sin más opciones.
Seguramente era el caso del hombre que había rescatado.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta. Su mente había estado tan concentrada en sacarlos a ambos con vida que no se había dado cuenta hasta ese momento.
Con un nuevo arranque de energía, echó a correr hacia donde algunos paramédicos que habían llegado estaban colocando al hombre inconsciente en una camilla.
—¡Narcan!
—¿Qué? —preguntó uno de ellos, y se volvió para mirarlo.
—Creo que hay que administrarle Narcan. No respondía cuando lo encontré, incluso antes de que nos alcanzara el fuego —explicó Aaron.
No iba a permitir que sacara a ese tipo de un edificio en llamas solo para dejarlo morir de sobredosis.
Una vez más, nadie iba a morir ese día. No si él podía evitarlo.
Se pusieron manos a la obra y, por suerte, momentos después el hombre parecía estabilizado. Aunque probablemente había inhalado bastante humo, además de lo que fuera que se hubiera metido.
Aaron no pudo evitar sonreír. En cierto modo, aquel incendio había salvado la vida del hombre.
Si el departamento no hubiera aparecido, podría haber muerto allí mismo, en el segundo piso de aquel viejo almacén, solo y derrotado.
Pero ahora tenía una oportunidad. Aaron esperaba de corazón que encontrara la ayuda que necesitaba y la ocasión de salir adelante.
Se lo merecía.
Y Aaron sentía que también merecía un descanso, pero no había tiempo para eso. Todavía tenía un incendio que combatir. O, mejor dicho, dos.
Así que se puso manos a la obra.
El trabajo de un bombero nunca termina.