Capítulo 13
Mi plan de enfrentarme a Sarah se fue al traste nada más llegar a casa.
—Sarah, tengo que hablar contigo —dije al encontrarla hablando por teléfono en el dormitorio.
—Oh, ya ha llegado —le dijo a quienquiera que estuviese al otro lado—. Te lo paso. Me ha encantado hablar contigo.
—¿Quién es? —susurré mientras cogía el teléfono.
—Tu padre —respondió.
Genial. Me había estado preguntando cuándo contestaría a mi carta, pero este no era precisamente el mejor momento. No podía devolverle la llamada —estaba llamando desde la cárcel—, así que no me quedó más remedio que cogerla.
—Hola, Frank —dije, llamándolo por su nombre como de costumbre—. Gracias por llamar. ¿Cómo estás?
—Ojalá me llamaras «papá» —respondió la voz grave al otro lado—. Pero bueno, estoy bien, hijo. ¿Qué tal llevas el confinamiento?
—Iba a preguntarte lo mismo —contesté—. ¿Recibiste mi carta?
—Por eso te llamo. Aquí dentro no ha cambiado mucho, hijo.
Mientras nadie dé positivo, estamos bien.
Si alguien da, imagino que acabaremos aislados, pero hasta que pase, no sé.
Han suspendido las visitas y mi próximo permiso de salida se ha retrasado, lo cual es una mierda, pero era de esperar, supongo. ¿Y tú qué tal?
—No te voy a mentir —le dije—, las cosas no han sido fáciles. Sarah y yo hemos tenido problemas con el trabajo y anduvimos justos de dinero, pero ahora estamos bien. Iba a pedirte ayuda económica, pero ya no la necesitamos porque por fin nos está entrando algo de pasta.
—Ayer hablé con tu madre —dijo Frank—. Me lo contó. Me alegro de que no te diera vergüenza pedirme ayuda, hijo. Eso está bien, y me alegra que hayáis solucionado las cosas.
—¿Te lo contó? —dije, haciendo una mueca solo de pensar que mi madre le hubiera contado demasiado.
—Sobre la página de internet de Sarah, sí. —La voz de Frank bajó, supuse que para que nadie lo oyera—. Y tengo que decirte, hijo, que sale guapísima en las fotos. Cómo has conseguido que una tía así se case con un chaval como tú, no tengo ni idea, pero me llena de orgullo, hijo.
—Gracias —dije, muriéndome de vergüenza por dentro. Mi padre había visto a mi mujer desnuda. Esto era malo. Muy, muy malo. ¿Habría visto el vídeo de la mamada antes de que lo quitaran? Esperaba que no.
—Conseguí que un colega de fuera se suscribiera para que pudiéramos echar un vistazo —continuó. ¿Pudiéramos? ¿Qué quería decir con pudiéramos? —Y desde entonces he conseguido que algunos de sus colegas también se suscriban. Pensé que el dinero os vendría bien, hijo.
—Ah, vale —dije, intentando que pareciera que me parecía bien—. Buena idea. No sabía que teníais ordenadores en la cárcel.
—Sí, hay algunos que podemos usar en la biblioteca.
En fin, hijo —continuó Frank—, escucha. Si necesitas dinero, solo tienes que pedirlo, ¿vale?
Espero conseguir un permiso de salida pronto, cuando todo esto termine, y cuando lo consiga, tendremos que quedar.
Hasta entonces, sigue sacándole fotos a Sarah.
Estás haciendo muy felices a unos cuantos tíos aquí dentro, te lo aseguro.
Tiene un cuerpo hecho para el porno. Tú, por otro lado...
bueno, no has heredado el gen de la polla grande de tu viejo, ¿eh?
Lo dijo con una risa seca para quitarle hierro, pero aun así me sentó mal. Sin embargo, no iba a enfadarme. Con Frank no te enfadabas. No si querías seguir vivo. —¿Viste el vídeo? —pregunté con un hilo de voz.
—Sí, antes de que desapareciera —confirmó Frank—. Si queréis sacar pasta de verdad con la página, tenéis que traer a alguien para que ella haga porno de verdad. Alguien bien dotado, hijo.
—No sé yo... —dije, con el alma cayéndome a los pies—. Es mi mujer, Frank.
—Lo sé, pero si haces que los tíos usen protección, no pasa nada —dijo como si fuera lo más normal del mundo sugerir algo así. ¿Por qué tenía una familia tan jodida?—. Bueno, tengo que dejarte, hijo. Se me acabó el tiempo. Cuídate y hablamos pronto, ¿vale?
Dije «adiós» y colgué antes de volverme hacia Sarah preguntándome cuánto habría oído o deducido de escucharme hablar.
—¿Lo sabe? —dijo con una expresión indescifrable.
—Mi madre se lo contó —asentí, esperando la inevitable explosión de ira, pero no llegó—. Lo ha visto todo ella, y él también.
—¿Cómo lo sabe ella? —Sarah frunció el ceño, aparentemente imperturbable ante la noticia de que mis padres la habían visto desnuda y nos habían visto en pleno sexo oral—. ¿Cómo se enteró?
—Ya sabes que los dos son turbios de cojones —me encogí de hombros—.
Mi madre tiene los dedos metidos en muchos pasteles y con todas las conexiones de mi padre, debería haber imaginado que se enterarían de alguna forma.
Pero creo que podemos confiar en ellos. No se lo van a contar a nadie, estoy seguro.
Desde luego no a nadie que nos conozca, que es lo que importa.
—Bueno, pues ya está. No podemos hacer nada al respecto —Sarah se encogió de hombros mientras sus ojos oscuros se perdían un momento por la ventana—. Si seguimos ganando suficiente dinero con esto, me da igual quién lo sepa siempre que no sea ninguno de nuestros amigos cercanos. Salvo Danny, claro.
Mi esposa estaba preciosa hoy. Llevaba el pelo oscuro y ondulado recogido en un moño despeinado en lo alto de la cabeza, dejando al descubierto el cuello y los hombros, suaves.
El top de escote pronunciado que llevaba insinuaba sus grandes pechos.
Noté que se me empalmaba y de repente supe lo que quería hacer.
—Quiero hacer un vídeo sexual —dije, y Sarah giró bruscamente la cabeza hacia mí.
—¿Qué? —preguntó, arqueando una ceja oscura y bien perfilada—. ¿Un vídeo sexual?
—Un vídeo sexual de verdad —asentí—. Quiero follarte para la página de OnlyFans.
—¿En serio? —Sarah dio un paso hacia mí y me puso una mano suave en el pecho—. No estoy segura de que sea buena idea, Sam.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja—. ¿Porque unos tíos me pusieron a parir por tener la polla pequeña en el vídeo de la mamada?
Sarah cerró los ojos y suspiró.
—¿Viste los comentarios? Intenté borrarlos, pero...
—Pero siguieron comentando, así que quitaste el vídeo —terminé la frase por ella—. Y luego cambiaste la contraseña para que no me enterara.
—Lo siento. Quería ahorrarte el mal trago. A veces la gente es imbécil.
—Que les den —dije, encogiéndome de hombros con valentía—. No la tengo tan pequeña. Simplemente no soy material de estrella porno, lo pillo. Pero creo que solo están celosos. Celosos de que yo sea el tío que está contigo, y no ellos.
Sarah ladeó la cabeza y me miró fijamente a los ojos, con una leve sonrisa.
—Me encanta tu polla, Sam. Lo sabes, ¿verdad? Puede que no sea la más grande, pero para mí es perfecta.
—Te creo —le devolví la sonrisa—. ¿Sabes cuánto te quiero?
Sarah asintió.
—Lo sé... Entonces... ¿cuándo quieres grabar un vídeo sexual? Yo también había pensado en hacer uno, es el siguiente paso lógico si queremos sacar pasta rápido de esto, que es lo que queremos, ¿no?
—Sí —asentí—. Es algo a corto plazo; una forma de ganar algo de pasta hasta que los dos volvamos al curro y se acabe todo esto del confinamiento.
—Entonces podremos borrarlo y volver a la vida normal —dijo Sarah, que parecía pensar igual que yo—. Así que, en lugar de alargarlo y exprimir a la gente, queremos ir al grano y conseguir el máximo de suscriptores en el menor tiempo posible.
—¿Has estado hablando con Danny de esto? —dije, y de repente sospeché de su actitud tan profesional.
—Puede que sí —Sarah se encogió de hombros—. Sí. Le pedí opinión y dijo lo mismo que tú. Deberíamos subir el nivel del contenido si no pensamos quedarnos en esto a largo plazo.
—Bueno, parece que estamos de acuerdo —sonreí y la tomé de la mano, sintiéndome mucho mejor ahora que habíamos hablado abiertamente de los comentarios sobre el tamaño de mi polla.
—Si no lo mencioné hace un par de días fue solo por los comentarios —Sarah dio un paso atrás, hacia la escalera—. Pero si no estás desanimado, hagámoslo.
Me iba tirando hacia las escaleras.
—¿Ahora? —sonreí.
—Es tan buen momento como cualquier otro —se rio mi mujer—. Antes de que vuelva Danny.
Subimos y puse el móvil a grabar en la mesita de noche, y abrí las cortinas de par en par para que entrara mucha luz. Ya habíamos cometido ese error con un par de fotos y había aprendido lo importante que era la luz natural o una buena iluminación.
Sarah me quitó la camiseta por la cabeza y me pasó las manos por el pecho, bajando hasta los vaqueros.
—Espera —dije, parándola cuando empezó a bajarme la cremallera—. ¿No deberíamos planificar esto? Ya sabes, para que quede bien.
—Puedes editarlo después, ¿no?
—Supongo —eché un vistazo a la cámara y luego miré a mi mujer, que ya me estaba bajando los vaqueros y los calzoncillos. Que le den. Estaba cachondo—. Vale, pues primero me la chupas, luego te como el coño y después follamos. Ya haremos un vídeo más currado en otro momento.
—Mmhmm —dijo, riéndose cuando mi polla, ya empalmada, asomó delante de ella—. Venga, vamos a ello.
Se la metió en la boca y se la tragó entera de golpe. Le puse la mano en la nuca, disfrutando de cómo su lengua me recorría el miembro, y unos minutos después, antes de excitarme demasiado, me quité del todo los vaqueros y los calzoncillos e hice que Sarah se levantara.
Primero le levanté la camiseta, dejando que ella terminara de quitársela mientras yo le desabrochaba el sujetador y se lo quitaba. Miré a la cámara otra vez mientras le agarraba y apretaba los grandes pechos redondos, y luego agaché la cabeza para chuparle uno de los pezones, de un rosa oscuro.
Era raro saber que mi padre podría ver esto, pero cómo se habían burlado de mi polla, cómo todos se habían burlado de ella, solo me daba más ganas de follarme a Sarah y disfrutar de cada centímetro de su cuerpo.
Quería demostrarles que era mía. Puede que no la tuviera grande, pero estaba casado con una mujer preciosa y sexy, y quería que estuvieran celosos; celosos de que fuera mi polla la que ella chupaba.
Que fuera mi boca la que chupaba esas tetas. Y mi polla la que se metía en su coño.
La tumbé suavemente en la cama y le bajé los pantalones de chándal grises, y luego le deslicé despacio las bragas negras para dejar al descubierto el pubis perfectamente afeitado.
La coloqué en un ángulo para que la cámara pudiera verla, le separé los muslos y me puse entre ellos, dejando que mi lengua se deslizara entre los labios de su coño y disfrutando del pequeño jadeo de placer que le arranqué.
Ya estaba mojada, pero pasé unos minutos lamiéndole el coño y el clítoris hasta que al final no pude aguantar más. Otra vez pendiente del ángulo, porque quería que la cámara captara mi polla entrando en ella, coloqué la punta contra su coño y la metí.
Una vez dentro de ella, me perdí y olvidé el vídeo por un momento.
La excitación pudo conmigo y la embestí con fuerza y rapidez durante varios minutos, hasta que recuperé algo de control y modifiqué ligeramente la postura del misionero, levantándole una pierna a Sarah y arrodillándome para poder follármela más despacio y con más intención de cara a la cámara.
—Voy a correrme —susurré, esperando que el móvil no captara mi voz. Si lo hacía, ya lo editaría después—. ¿Dónde me corro?
—Córrete dentro —gimió Sarah, que obviamente no quería que parara, así que eso hice. Agarrándola del muslo sedoso, la embestí con fuerza y rapidez hasta que exploté en su interior.
Joder, qué gusto. Me quedé dentro hasta que mis huevos dejaron de contraerse y luego, con las piernas temblándome, fui hasta la cámara y paré la grabación.
—Deberías enseñarles mi coño chorreando lefa —sugirió Sarah. Estaba tumbada boca arriba, completamente desnuda y con los muslos abiertos de forma obscena—. Hazle unas cuantas fotos.
Sí. Me gustaba la idea. Enseñar a todos mis críticos la prueba de que me había follado a esta mujer tan sexy que ellos pagaban por ver. Mostrarles lo bien que me lo había pasado.
Acerqué el móvil a su coño mientras Sarah bajaba la mano y se abría los labios con los dedos. Justo en ese momento, un hilo blanco y pegajoso de semen le goteó de dentro y le saqué varias fotos mientras salía.
—Esto va a quedar jodidamente sexy —dijo Sarah con una ronquera sensual en la voz que nunca le había oído—. No me puedo creer lo guarros que estamos siendo.
—Yo tampoco —respondí, pero ahora que me había corrido y el calentón se me había pasado, me entraron dudas sobre lo que acabábamos de hacer.
¿De verdad podía compartir en internet un vídeo de mi mujer y yo follando?
¿De verdad quería enseñarle a mi padre, quizás a mi madre, y a docenas y docenas de desconocidos mi lefa saliendo de su coño recién follado?
—Vamos a editar el vídeo para subirlo esta noche —dijo Sarah, incorporándose y agarrándome del brazo.
Me miró a los ojos como si me leyera el pensamiento—.
Me da igual quién lo vea, Sam. Mientras no sea ninguno de nuestros amigos ni compañeros de trabajo, me da igual.
Puede que me sienta un poco incómoda si algún día conozco a tu padre, pero piensa en el dinero.
—Vale —respondí con un suspiro. Ahora que el subidón de testosterona se me había bajado un poco, casi deseaba no haber aceptado subir el vídeo, pero tenía que hacerlo. Le había dicho que lo haría. Había sido idea mía. Solo esperaba que los comentarios fueran mejores.