15. Menos es más #6
—¿Que no bebes alc…?
—Soy así de raro —se disculpó en broma—. ¿Entonces qué te apetece?
—Nada —respondí—. ¿Dónde está el dormitorio?
De nuevo noté esa actitud levemente tímida en él, lo cual me encantó.
—Es ese de ahí —dijo señalando la puerta de la izquierda.
Me dirigí hacia allí y encendí la luz. La primera impresión que recibí fue la de calidez.
La pared de la habitación estaba pintada de color teja y la colcha de la cama de matrimonio era de un estampado que combinaba los rojos y los naranjas.
Había varios cojines muy mullidos sobre las almohadas y un puff beige en la esquina opuesta a mí de la habitación, junto al cual descansaba una guitarra dentro de una funda negra.
Noté que Rafael me había seguido, y que se había quedado en el umbral de la puerta. Me quité la chaqueta, la dejé sobre el puff y me giré hacia él.
Esta vez no me importó ponerme de puntillas para besarle y él me correspondió.
Tironeé de su ropa mientras intentaba llevarle a la cama y lo conseguí.
Me senté a horcajadas sobre él y me desabotoné la camisa.
Sentí un ramalazo de placer al ver cómo me miraba mientras me desnudaba para él, con ojos codiciosos y anhelantes, y supe que me deseaba.
—Eres muy guapo —me dijo cuando me hube quitado la camisa. Me incliné sobre él para besarle—. Eres el tío más guapo que he visto en toda mi vida —continuó.
—¿Quieres parar de decir esas cosas? —le reprendí mientras le besaba el cuello.
—Lo siento, pero es que es verdad.
—Para ya —reí.
Se incorporó hasta quedar sentado y aproveché para quitarle la camiseta. Como esperaba, no me encontré con un cuerpo fibroso y perfectamente esculpido, pero sí con uno sin necesidad de artificios para resultar fuerte y masculino. Acaricié sus pectorales y le miré a los ojos.
—Me gustas —susurré.
—Y tú a mí —dijo.
Sonrió y volví a tumbarme sobre él, para besar su cuello y su pecho. Bajé por su abdomen y desabroché la bragueta. El olor almizclado de su sexo me asaltó, y con un arrebato de curiosidad por verle, tironeé de sus calzoncillos para dejar su polla al descubierto.
Rafael tenía un pene grande, grueso, que se escoraba levemente hacia la derecha durante la erección.
Acerqué mis labios a su piel y le oí jadear cuando lo lamí, haciendo un recorrido ascendente desde la base hasta el glande.
Lo rodeé entre mis labios en medio de un rapto de sensualidad y fui consciente por primera vez de lo mucho que me costaría abarcar su sexo con mi boca.
Aun así, lo intenté, y fui recompensado con un coro de gemidos.
Noté contra mi lengua cómo su polla se ponía cada vez más y más dura, y cada vez más excitado yo mismo, me levanté de la cama el tiempo suficiente para quitarme el resto de la ropa.
—¿Cómo lo prefieres hacer? —ronroneé al tumbarme de nuevo sobre él, lamiendo la delicada piel de su cuello.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a si prefieres ser activo o pasivo —aclaré, lamí su mandíbula y alcancé sus labios para mordisquearlos—. Yo prefiero ser pasivo, pero si tú…
—No, así está bien —aseguró, mientras sus manos apretaban con fuerza mi cintura.
—¿Dónde tienes los condones?
—En la mesita —respondió.
No dándole tiempo para reaccionar, alargué el brazo hasta la mesa de noche y rebusqué en el primer cajón hasta dar con lo que quería. Luego volví hacia él.
Rafael me esperaba en el centro de la cama, excitado y dispuesto. Sin embargo, algo en su actitud me decía que no estaba todo lo centrado que debía estar. Tomándolo como algo de nerviosismo, no le di mayor importancia.
—¿Quieres que te lo ponga yo o…?
—Ya lo hago yo.
Cogió el condón de mis manos y abrió el envoltorio.
Le miré mientras se arrodillaba en la cama para deslizar el preservativo por su extensión, pero pronto me di cuenta de que tenía problemas.
Al principio pensé que con ese pene tan grueso debía de costarle un poco, pero luego me di cuenta de que lo que pasaba en realidad era que su erección se había aflojado un tanto, imposibilitando la operación.
A fuerza de intentarlo, la cosa no hizo sino empeorar.
Unos segundos después, dejó de intentarlo y me miró a los ojos.
Yo también le miré, pero no sabía muy bien qué decirle.
—¿Estás bien? —le pregunté al final.
—Mierda —le oí sisear. Arrojó el condón sin usar al piso y se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda.
—No te preocupes, hombre, eso nos pasa a todos alguna vez —le dije, en un intento de quitarle hierro al asunto.
—A mí no me había pasado nunca —aseveró.
—No, claro que no —dije. Debió de notar mi tono escéptico, porque me lanzó una miradita—. ¿Quieres que te ayude? —me ofrecí—. ¿Puedo hacer algo para que…?
—No, será mejor que no. No es que no me gustes —aclaró.
—Ya, ya lo sé —le dije para calmarle.
Apoyó los codos en sus rodillas y le vi agachar la cabeza. Al final, le oí susurrar:
—Estoy un poco nervioso.
—No tienes por qué.
—Pues yo creo que sí. Es la primera vez que estoy con un tío con el que no sé qué va a pasar mañana.
—No sales mucho a ligar, ¿no? —me sorprendí.
Me miró a los ojos por primera vez desde que había tenido el gatillazo.
—Eso es lo que intento explicarte, que yo no… Solo he estado con tres tíos en toda mi vida —me confesó—, y de los tres he estado enamorado. Contigo es diferente. Apenas te conozco.
—Ya veo.
—No te digo todo esto porque no quiera acostarme contigo. Claro que quiero, pero… Sé que si nos acostamos, yo me voy a implicar mucho, y a lo mejor tú no quieres lo mismo.
Me acerqué a él y acaricié su espalda de manera tranquilizadora.
—Yo tampoco sé lo que va a pasar mañana, pero no creo que tengas razones para ponerte nervioso.
—¿Qué quieres decir?
—Que mañana no voy a desaparecer —dije.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
Me permití un momento para pensarlo. Pablo tenía razón, como siempre. Aún no sabía qué era lo que yo quería de Rafael, pero sí que sabía que era algo que no podía averiguar en una sola noche.
—Estoy seguro —le respondí.
Esbozó una fugaz sonrisa antes de volver a coger mi rostro entre las manos para besarme.
Se tumbó sobre mi cuerpo y dejé que esta vez fuera él quien tomara el control, seguro de que era eso lo que necesitaba.
Dejé que me acariciara, que besara mis labios con languidez y abandono.
Dejado a su libre albedrío, Rafael era pausado en el sexo, calmado y tradicional, pero su sensualidad residía precisamente en la dulzura que desplegaba, en la calmada pasión que desgranaba con paciencia y maestría, y esas cualidades lo convertían en uno de los amantes más considerados, generosos y excitantes que había tenido en toda mi vida.
—¿Te gusta? —preguntó a la vez que lamía mis genitales y los saboreaba con calma.
—Sí —gemí. Habiendo decidido que él debía tomar el control, me había abandonado al placer que él me ofrecía. Parecía ansioso por complacerme y yo me dejaba hacer, dócil como un niño.
Aun así, subió para besar mis mandíbulas y mi hombro.
—Ya sé que te lo dije antes —susurró contra mi oído—, y que no te gustó que te lo dijera, pero eres guapísimo.
Sonreí para aceptar el cumplido con toda la ecuanimidad que pude reunir.
—Déjate de decir tonterías y fóllame de una vez —le pedí.
—Siempre tan directo —suspiró contra mi oído, pero parecía deleitado esta vez.
Alargó el brazo para coger otro condón de la mesita y me miró con cierta aprensión mientras lo abría y empezaba a desenrollarlo sobre su polla—.
Esta vez no me va a pasar, esta vez no me va a pasar —canturreó, más para convencerse a sí mismo que a mí.
Le sonreí con confianza y él me devolvió la sonrisa una vez que su gloriosa erección estuvo cubierta de látex.
—La tienes enorme —dije apreciativamente, mientras la masajeaba con mi mano—. ¿No tienes un poco de lubricante por ahí?
—Sí, claro, perdona. —Volvió a alargar el brazo y sacó un bote de lubricante de la mesa. Me lo tendió—. Espero que esté en buen estado, porque hace un montón que lo compré y…
Rehusé cogerlo.
—No, pónmelo tú —le dije con una pícara sonrisa mientras ondulaba mis caderas para incitarle.
Los ojos se le enturbiaron ante la mera idea.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Se echó un poco de lubricante en los dedos y los acercó a mi ano, acariciándolo con cuidado para extender el producto.
Luego, muy poco a poco, introdujo uno de los dedos, empezando a acariciar mi interior.
Me sacudí de placer solo de sentirle dentro y agité mis caderas con impaciencia, pero, como en todo lo demás, Rafael no parecía tener ninguna prisa.
—Rafa… —jadeé.
Elevé mi mano hasta su nuca y con cierta torpeza solté su coleta.
Su cabello, largo y ondulado, cayó sobre sus hombros, enmarcando sus rasgos mientras él seguía horadando mi interior con sus dedos.
Más impaciente que nunca, me colgué de su cuello y besé sus labios, obligándole a caer sobre mí.
Sus dedos abandonaron mi cuerpo, y aproveché para restregar mi ano contra sus genitales.
Sentí que su glande se acercaba contra mi entrada, y ansioso de tenerle dentro, me apreté contra él, solo para tener que parar unos segundos más tarde, paralizado por el dolor.
—Joder, espera —gimoteé.
—¿Te duele? —me preguntó.
—Solo dame un momento, ¿quieres? —le pedí, algo frustrado.
En vez de eso, rodeó mi cuerpo entre sus brazos y me besó, avanzando en mis entrañas de una manera casi exasperantemente lenta, para no hacerme ningún daño.
Enredé mis labios en los suyos, sintiendo que algunos mechones de su cabello rozaban mis hombros y mi cuello, y me hacían cosquillas.
Rodeé su cuerpo con mis brazos y mis piernas, invitándole a profundizar más una vez que supuse que mi cuerpo no opondría resistencia, pero Rafael siguió haciéndolo despacio, a su ritmo, un ritmo que resultaba apaciguador y enloquecedor al mismo tiempo.