8. Viejos y nuevos amigos #5
Las chicas volvieron del lavabo, decididas a venirse con nosotros a la discoteca, aunque una de ellas, la tal Carlota, parecía algo contrariada.
De camino a La Estrada, Josemi iba bromeando con Andrea, la de los ojos enormes.
Todos dimos por sentado que iban a ser los primeros en enrollarse.
De hecho, apenas pisaron la pista de baile, empezaron a besarse.
Yo había seguido charlando y bailando con Amanda, pero no había hecho ningún acercamiento en concreto, nunca lo hacía con las chicas, aunque tampoco me negaba si llegaba el caso.
No era mi objetivo principal pasarme la noche con los labios pegados a los de ella, aunque me resultaba más atractiva que cualquier otra chica que hubiera conocido.
Bailamos un rato, todos en grupo, excepto Josemi y Andrea, que parecían particularmente interesados en comerse el uno al otro.
La situación se hizo un poco incómoda para todos: Amanda, esperando que yo diera el paso; yo, intentando evitar darlo; Mati y Dani tratando de repartirse a las otras dos chicas, Gorka intentando hacerse invisible, mientras que Gonzalo trataba de hacerse notar, y las dos chicas en cuestión intentando darles calabazas, todo con el sonido de fondo de las lenguas de aquellos dos sorbiéndose al unísono.
—¿Quieres tomar algo? —le pregunté a Amanda, más para escapar de aquella situación que por sed.
Ella asintió. Nos acercamos a la barra los dos, dejando a los demás atrás.
De repente, me di cuenta de que ahora estábamos a solas, o más precisamente, rodeados de extraños, y que ella me miraba expectante.
Comprendí que debía iniciar una conversación, aunque no sabía ni por dónde empezar.
Me di cuenta, no sin cierto asombro, de que estaba algo nervioso, buscando en mi cabeza la manera de impresionarla, como si quisiera ligármela de verdad.
—¿Qué te apetece beber? —pregunté dispuesto a invitarla, aunque sabía que eso supondría mi total ruina económica hasta el final de la semana.
—Un cubata, carta blanca.
Me pedí lo mismo para mí, y nos quedamos de pie, cerca de la barra.
—¿Sales con alguien? —me preguntó.
—No, ahora no —confesé.
—Vaya.
—Vaya, ¿qué? —le interpelé.
Se encogió de hombros, algo avergonzada.
—Bueno, que no me lo esperaba. Es decir…, que pensaba que saldrías con alguien —me miró con intensidad—. No me estarás mintiendo, ¿verdad?
—¿Yo? —me señalé el pecho con el pulgar—. No, claro que no, ¿por qué iba a mentirte?
—Lo siento, ha sido una tontería.
—Vamos, no seas tonta, dímelo.
Negó con vehemencia, sacudiendo su melena.
—Déjalo, ¿quieres? Ha sido una tontería.
La observé con detenimiento, cautivado por esa extraña mezcla de seguridad y vulnerabilidad, de feminidad y fuerza.
—Y tú, ¿tienes novio?
—No.
—Entonces, ¿puedo besarte?
Ella agachó la cabeza, ruborizada, y balbució algo que no entendí.
Cogí su barbilla y la obligué a mirarme mientras que con la otra mano rodeaba su cintura y la atraía hacia mí.
Cuando uní mis labios a los suyos, hizo un leve ademán de resistencia, apretando mi pecho con sus manos intentando apartarme, pero yo insistí y ella se rindió entre mis brazos, abandonándose a un beso que resultaba más estimulante de lo que yo mismo habría supuesto.
Antes de que lograra discernir qué era lo que tanto me atraía de Amanda, el beso se había acabado y ella me miraba anhelante.
Lancé una rápida mirada hacia la pista, sopesando la posibilidad de volver allí, pero vi que mis amigos me miraban.
Sin duda habían visto cómo la besaba, y supe que no me apetecía ser el centro de su conversación.
—Ven —le dije cogiéndola de la mano y guiándola hasta otro lugar.
Mi idea había sido ir hacia el fondo del local, donde había unos sillones dispuestos para la gente que quería charlar.
Allí la música era algo más débil, debido a la lejanía de los enormes altavoces, pero me encontré con que estaban ya todos ocupados.
Aun así, había un acogedor sitio al lado de una columna, aunque tuviéramos que mantenernos de pie.
La empujé con gentileza contra la columna y me abalancé de nuevo hacia sus labios, hambriento de ese nuevo sabor tan estimulante.
Su barra de labios sabía a frambuesas y su lengua era deliciosa.
Empujado por un impulso que no había visto venir, acaricié su cintura por dentro del top de seda que llevaba y una oleada de sensualidad me recorrió.
Ella agarró mis manos, pero no para apartarlas de su piel, sino para recorrer con sus propias manos mis brazos en sentido ascendente, hasta que su mano derecha se aferró a mi hombro y la izquierda me agarró por la nuca, intensificando el beso.
La oí gemir bajo mis labios y sonreí, casi sin apartarme de ella, antes de hundir mi boca en su cuello y mordisquearlo, envuelto por el perfume de su pelo.
Su cuerpo se apretaba contra el mío y lo sentí ardiente contra mi piel.
Me estaba poniendo cachondo y me sentía muy confuso.
¿Cómo podía sentirme así con una chica? Nuestras caderas chocaron y volví a sus labios, sonriendo para mis adentros: ella también estaba excitada.
No fue hasta unos segundos más tarde que me di cuenta de la discordancia.
Si ella era una chica, ¿por qué había una erección dentro de sus pantalones?
Me aparté bruscamente y la miré aturdido. Ella debió de darse cuenta de la situación en el acto, quizá porque era lo que estaba temiendo.
—Amanda… —susurré, incapaz de ocultar en mi voz el estupor que sentía.
Se apartó de mí, escabulléndose de entre mis brazos, y dio dos pasos hacia atrás en actitud defensiva.
—Yo… Lo siento…, no quería.
—Pero, Amanda… —Me acerqué a ella, intentando decirle que no pasaba nada, pero ella estaba tan avergonzada, quizá convencida de que yo era uno de esos machos heterosexuales que montaban en cólera en ese tipo de situaciones, que asustada se apartó de mí.
La agarré de la mano cuando se giró para irse, y tiré de ella hacia mí. Sus ojos relampaguearon cuando me miró, pero yo le sonreí contento: ahora ya sabía por qué me gustaba tanto.
La atraje hacia mí y la abracé.
—No te vayas —le supliqué muy cerca de sus labios—. Eres perfecta.
Ella me miró un momento, intentando decidir si yo estaba hablando en serio. Luego, con una sonrisa, volvió a besarme, perdiéndonos de nuevo en la oscuridad del local.