A través de la tormenta 32 #2
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32 #2

—Claro —respondió Mark—. Por eso nos hiciste dar ese rodeo de tres kilómetros.

Emma miró a Jack con una sonrisa cansada.

—¿Eso fue cierto?

Jack le sostuvo la mirada un segundo.

—Tácticamente necesario.

Alex soltó una carcajada.

—Traducción: se perdió.

Ethan levantó ambas manos.

—Objeción. El capitán nunca se pierde. Solo… explora rutas alternativas.

Emma rio otra vez, más relajada.

El ambiente se volvió más ligero y más humano.

El doctor intervino con calma.

—Cinco minutos más —dijo—. Después necesita descansar.

Mark dio un paso hacia la puerta

—Bueno… ya hemos comprobado que respira y no ha decidido escapar todavía.

El gunner añadió.

—Ni ha intentado golpearnos con algo. Buen progreso.

Ethan se acercó un poco más a la cama.

—Descansa. Eso ahora es una orden médica… no militar.

Emma asintió.

—Lo intentaré.

Alex fue el último en acercarse antes de salir.

—Por cierto —dijo con una sonrisa traviesa—, si el capitán vuelve a decir “solo un poco más”, no le creas nunca.

—Anotado —respondió ella.

Mark abrió la puerta y se detuvo un segundo. Miró a Jack, luego a Emma y una sonrisa breve apareció en su rostro.

—Capitán… cinco minutos.

No fue una orden, fue una concesión.

El equipo comenzó a salir. Ethan fue el último en abandonar la estancia. Pero justo antes se detuvo junto a Jack, inclinándose un poco hacia él.

—No tardes demasiado —murmuró con una sonrisa burlona—. Que luego dicen que no sabemos seguir órdenes.

Jack le lanzó una mirada breve. Ethan le guiñó un ojo.

La puerta se quedó medio abierta, con el médico observando de reojo de vez en cuando.

El silencio cayó y Emma comprendió algo sin que nadie tuviera que decirlo. El equipo no solo respetaba a Jack, lo conocían y acababan de dejarlo allí solo a propósito.

Jack avanzó despacio y se detuvo junto a la cama.

Emma lo observaba sin apartar la mirada.

Jack permaneció de pie unos segundos, como si necesitara memorizar cada detalle.

Finalmente, él dio un paso más hacia la cama.

—¿Cómo estás?

La pregunta sonó torpe, demasiado simple para todo lo que había pasado.

Emma soltó una pequeña exhalación que casi fue una risa.

—Esa pregunta ya no funciona conmigo.

Jack inclinó la cabeza.

—Lo intento.

Ella lo miró en silencio unos segundos más.

La emoción empezaba a acumularse detrás de sus ojos.

—Te arriesgaste demasiado por mí. —Jack abrió la boca y ella levantó una mano antes de que hablara—. Y no me digas que era tu trabajo. —Jack enarcó una ceja—. No lo digas.

Jack guardó silencio y la miró sin esconder nada.

—No era solo trabajo —admitió finalmente—. Hubiese hecho cualquier cosa por sacarte de allí —añadió él en voz baja, acercándose. Emma sintió cómo el pecho se le encogía—. Cualquier cosa —repitió Jack—. Incluso dar mi vida.

Ella negó suavemente con las lágrimas acumulándose en sus ojos.

—No digas eso…

—Es la verdad.

Emma apretó los labios, intentando contenerse.

—Tenía miedo… —susurró ella—. No del desierto… ni de ellos… sino de que no llegáramos juntos.

Jack dio un paso más y se inclinó ligeramente.

—Pero llegamos.

Emma levantó la mirada, estaba tan cerca ahora…

—Gracias por todo, por acompañarme y por no dejarme sola —murmuró ella.

Jack negó suavemente.

—Nunca lo haría.

El silencio volvió, pero esta vez era distinto, más cálido.

Emma acercó lentamente su mano a la suya y sus dedos se rozaron. Un gesto pequeño y enorme a la vez que provocó que Jack se reclinase hacia ella, sosteniéndola entre sus brazos, como si todavía estuviera protegiéndola, como si aún siguieran corriendo por el desierto.

Sus rostros quedaron a pocos centímetros.

Hubo un instante de duda en Jack, el recuerdo del protocolo, de la base, pero finalmente besó los labios de Emma de una forma lenta y suave, como una confirmación silenciosa de todo lo que habían sobrevivido juntos.

Cuando se separaron, sus frentes quedaron apoyadas una contra la otra, respirando el mismo aire.

El silencio volvió a llenar la habitación cuando sus labios se separaron.

Era el tipo de silencio que solo existe cuando dos personas han sobrevivido juntas a algo que nadie más puede entender del todo.

Jack no se apartó inmediatamente. Sus manos permanecieron cerca de ella, como si aún necesitara asegurarse de que estaba allí, de que no desaparecería si dejaba de tocarla.

Durante la travesía por el desierto había aprendido algo que nunca le habían enseñado en ningún entrenamiento.

No era solo sobrevivir, era lo que sucede cuando alguien deja de ser una misión…

y se convierte en un punto fijo dentro del caos.

Un faro que alumbra en la oscuridad. El centro de tu existencia.

La había perdido una vez. La había visto desaparecer detrás de líneas enemigas, entre arena, fuego y gritos que aún resonaban en su memoria.

Había sentido ese vacío, ese instante frío de miedo en el que todo parecía romperse.

Y ahora, mientras la tenía delante, respirando, viva…

comprendía que ya no podría volver atrás.

Aquella no había sido solo una operación, había sido una línea que no se puede deshacer.

El desierto los había cambiado. Allí, entre tormentas de arena y disparos, algo los había unido para siempre. No era una promesa dicha en voz alta, era algo más profundo e irreversible.

Jack la observó en silencio y supo, con una claridad que dolía y calmaba al mismo tiempo, que ya no se trataba solo de protegerla porque era su responsabilidad, ni siquiera porque la amaba, sino porque, desde aquel momento, su vida estaba inevitablemente ligada a la de ella.

Porque había corrido con ella cuando todo se derrumbaba.

Porque había visto el miedo en sus ojos y, aun así, había seguido avanzando.

Porque ella había confiado en él incluso cuando no había garantías de que sobrevivieran.

Y ese tipo de confianza no se rompe, no se abandona y no se olvida. Jamás.

Jack inclinó ligeramente la cabeza, rozando la suya con un gesto casi imperceptible de cariño.

La había perdido una vez y, mientras le quedara aliento, no volvería a permitirlo nunca más.