Capítulo 7 David Cross rompe su silencio #2
—Hay más. Logré enviar un mensaje corto a la policía estatal, pero la señal se cortó. No sé si salió completo. La tormenta bloqueó la carretera sur. La norte está cerrada por un desprendimiento. Nadie llega hasta mañana como mínimo, quizá más.
David se puso de pie.
—Entonces esta noche Valdés hará su movimiento.
Gabriel asintió.
—Eso creo.
Olivia sostuvo la llave con más fuerza.
—¿Por qué esta noche?
David respondió:
—Porque sabe que el pueblo está aislado. Porque Ramiro fue detenido. Porque Navarro escapó y le dirá que estamos cerca de la puerta. Porque si espera demasiado, puede llegar ayuda de fuera.
Elena miró a Gabriel.
—¿Cuántos hombres tiene Valdés?
—En el pueblo, al menos ocho. En el campamento minero, quizá doce más. No todos son contratistas entrenados, pero algunos sí.
Samuel miró a David.
—Y nosotros tenemos una cafetería, un sheriff cansado y una llave vieja.
Gabriel añadió:
—También tenemos vecinos.
Elena lo observó.
—Vecinos asustados.
—Sí —dijo Gabriel—. Pero asustados no significa inútiles.
David estuvo de acuerdo.
—No necesitamos que peleen. Necesitamos que vean, que graben, que se muevan en grupos, que no abran puertas, que protejan niños y ancianos. Si Valdés quiere controlar el pueblo, el primer paso es romper la comunicación entre ustedes. No debemos dejarlo.
Gabriel asintió.
—Puedo usar la radio local de emergencias. Algunas casas aún tienen receptores.
Elena agregó:
—Y yo puedo llamar a los propietarios. Aunque la señal sea mala, algunos mensajes entrarán.
Samuel se levantó con esfuerzo.
—Mi cafetería puede ser punto de reunión.
David negó.
—No. Si todos vienen aquí, Valdés tendrá un solo objetivo.
Samuel frunció el ceño.
—Entonces ¿qué propone?
David caminó hasta la mesa y tomó el papel en blanco de Elena. Dibujó un esquema rápido de la calle principal: cafetería, iglesia, oficina del sheriff, farmacia, ferretería, ayuntamiento, caminos norte y sur.
—Tres zonas. Familias con niños en la farmacia de Inés. Tiene sótano, paredes gruesas y una salida trasera hacia el callejón. Propietarios adultos en la ferretería de los Ruiz. Herramientas, generador, radio vieja. Samuel y Olivia se quedan aquí solo hasta que oscurezca. Después se mueven.
Olivia levantó la cabeza.
—¿A dónde?
David señaló la iglesia.
—A San Miguel.
Elena abrió los ojos.
—¿Justo donde está la puerta?
—Valdés espera que intentemos entrar escondidos. No espera que convirtamos la iglesia en el centro visible del pueblo.
Gabriel entendió primero.
—Si todos saben que estamos allí, no puede atacar sin testigos.
—Exacto. Pero nadie debe saber lo de la puerta metálica ni la llave. Solo que la iglesia será refugio por la tormenta.
Samuel sonrió apenas.
—Eso sí lo entenderá el pueblo. San Miguel siempre ha sido refugio.
Olivia miró a David.
—¿Y el túnel?
—Lo abriremos cuando Valdés esté mirando hacia otro lado.
—¿Y cómo lograremos eso?
David miró a Gabriel.
—Con Ramiro.
El sheriff se puso tenso.
—Explíquese.
—Valdés necesita recuperar a su hombre antes de que hable. Aunque Ramiro no diga nada, su arresto crea registro. Eso le preocupa. Si cree que vamos a trasladarlo, moverá recursos hacia la oficina del sheriff.
Elena cruzó los brazos.
—¿Está sugiriendo usar un detenido como cebo?
—Estoy sugiriendo simular un traslado. Sin Ramiro dentro.
Gabriel respiró lentamente.
—Un vehículo saliendo por la calle sur. Luces encendidas. Radio abierta. Que parezca que intento sacarlo del pueblo antes de que la tormenta cierre todo.
David asintió.
—Mientras tanto, entramos bajo San Miguel.
Samuel miró el mapa.
—¿Y quién entra?
David no respondió de inmediato.
Porque ya sabía la respuesta.
Y todos también.
—Yo —dijo.
Olivia habló al mismo tiempo:
—Yo también.
Samuel la miró con firmeza.
—Olivia.
—No. Escúchame. La llave es de mi familia. Mi papá dejó la nota para nosotros. Si hay algo abajo que puede limpiar su nombre y tal vez el de David, tengo derecho a verlo.
Elena intervino:
—Derecho sí. Obligación no.
Olivia miró a Elena.
—No lo hago por obligación.
David observó a la joven. Había miedo en ella, pero no impulso vacío.
Después de lo ocurrido en la iglesia, cualquiera podría esperar que se escondiera.
Sin embargo, su decisión no parecía nacer de orgullo.
Nacía de amor. Y de una necesidad profunda de recuperar la historia de su padre antes de que otros la destruyeran.
—Entrarás hasta la primera cámara —dijo David.
Samuel abrió la boca para protestar.
David continuó:
—Con Samuel y Elena. Si el túnel es inestable, se quedan allí. Yo sigo solo. Si encontramos peligro, salen. Sin discutir.
Olivia asintió de inmediato.
—Acepto.
Samuel no.
—Yo no acepto.
Olivia se giró hacia él.
—Abuelo, no puedo seguir siendo la niña que todos protegen de una historia que ya me quitó a mis padres.
Samuel cerró los ojos.
La frase lo atravesó.
Cuando los abrió, parecían más viejos.
—Tu madre me haría responsable si permito esto.
—Mi madre también querría saber la verdad.
Samuel no pudo responder.
David bajó la voz.
—No dejaré que se acerque a una zona que no pueda controlar.
Samuel lo miró.
—Usted mismo dijo que no se debe prometer lo que no se controla.
—Entonces no lo prometo. Lo vigilaré con todo lo que tengo.
El anciano sostuvo su mirada durante un largo momento.
Finalmente, asintió una sola vez.
—Si ella baja, yo bajo.
—Eso ya lo sabía —dijo David.
Por primera vez, Samuel sonrió de verdad, aunque con tristeza.
Gabriel se acercó a la ventana.
—Tenemos otro problema.
Todos miraron.
Una camioneta negra se había detenido frente a la oficina del sheriff. Dos hombres bajaron y se quedaron junto a la entrada. No intentaban entrar todavía. Esperaban.
Presionaban.
Elena guardó los documentos en su maletín.
—El tiempo se acabó.
David subió al cuarto de arriba.
Esta vez no se escondió para recuperar el sobre.
Arrancó la tabla floja del suelo, sacó el paquete plástico y volvió abajo con él en la mano.
Olivia lo miró como si acabara de ver una parte real de su historia.
David dejó el sobre sobre la mesa.
—Esto es lo que tengo contra ellos. No es suficiente solo. Pero si Tomás encontró lo que creo que encontró, juntos pueden formar una cadena.
Elena abrió el sobre con cuidado.
Dentro estaban las copias, nombres, números y fotografías borrosas. Gabriel se acercó y reconoció uno de los logotipos.
—Halcón Ridge.
—Sí —dijo David.
Elena revisó una hoja.
—Aquí aparece Northstar.
David asintió.
—Una subsidiaria. No el nombre principal, pero está conectada.
Samuel apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.
—Entonces no fue casualidad que llegara aquí.
David miró al anciano.
Durante ocho meses había pensado que su vida era una huida sin dirección. Carreteras, nombres falsos, puertas traseras, noches sin sueño. Pero tal vez algunas huidas no eran líneas rectas. Tal vez eran círculos que llevaban al lugar donde una verdad esperaba ser encontrada.
—No —dijo—. Creo que no.
Un golpe sonó en la puerta.
Todos se quedaron quietos.
No era un golpe violento.
Era un toque conocido.
Samuel caminó hacia la ventana lateral y miró.
—Inés.
David se colocó fuera de la línea de visión.
Samuel abrió.
La señora Inés Morales, dueña de la farmacia, entró con un abrigo azul y una bolsa de medicinas. Era pequeña, de cabello gris y ojos atentos. Su rostro mostraba miedo, pero también decisión.
—El pueblo quiere saber qué hacer —dijo sin saludar demasiado—. Nadie cree ya en la reunión de Valdés. Después de lo de la iglesia, todos están hablando.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Cómo supieron?
Inés lo miró como solo una mujer mayor de pueblo puede mirar a un sheriff.
—Gabriel, por favor. En Silver Creek se sabe cuándo alguien estornuda detrás de la ferretería.
Samuel soltó una risa baja.
Inés puso la bolsa sobre la mesa.
—Traje vendas, analgésicos, linternas y pilas. También tengo el sótano listo si hay que meter familias. Los Ruiz están encendiendo el generador. La señora Castillo puede recibir a los niños pequeños. Nadie quiere pelear, pero nadie quiere quedarse solo.
David escuchó en silencio.
Eso era lo que Valdés no entendía.