A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 6 El ataque contra un anciano justo #2
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Capítulo 6 El ataque contra un anciano justo #2

Gabriel señaló una puerta pequeña cerca de la sacristía.

—Por ahí.

Bajaron en fila.

Los escalones eran estrechos, de piedra irregular. El aire se volvió más frío a medida que descendían. David iba delante, una mano cerca de su linterna apagada, la otra libre. No necesitaba luz todavía. Había suficiente claridad desde la puerta abierta para ver las primeras sombras.

Al fondo del sótano, algo goteaba.

Agua.

La prueba está donde el agua no se congela.

David se detuvo.

Samuel casi chocó con él.

—¿Qué pasa?

—Escuche.

Todos guardaron silencio.

Goteo.

Viento.

Y luego, muy débil, un roce.

No de cuerda.

De ropa.

David levantó una mano.

Gabriel entendió y se quedó quieto.

Samuel también.

Pero el anciano respiraba con dificultad, no por cansancio, sino por la mezcla de frío y tensión.

David avanzó dos pasos más.

El sótano tenía estanterías con manteles, velas, cajas de donaciones y herramientas viejas. En una pared de piedra había una puerta baja de metal, casi escondida detrás de un armario desplazado.

La cerradura era antigua.

David sacó la llave.

Antes de insertarla, una voz habló desde la oscuridad.

—No lo haga.

David giró apenas.

Un hombre salió detrás de una columna.

No era Ramiro.

Era más alto, más delgado, con una chaqueta negra sin insignias visibles. Tenía un arma en la mano, apuntando hacia Samuel, no hacia David.

Buena táctica.

Mala señal.

Gabriel levantó lentamente las manos.

—Baje el arma.

El hombre sonrió.

—Sheriff Ríos. Siempre llega tarde a las decisiones importantes.

Samuel se quedó inmóvil.

David no se movió. Sus ojos medían la distancia, la postura, la dirección del cañón, la respiración del hombre.

—¿Halcón Ridge? —preguntó David.

El hombre lo miró con interés.

—Así que los rumores eran ciertos. David Cross. En persona.

—Y usted es el hombre que Valdés manda cuando Ramiro no alcanza.

—Puede llamarme Navarro.

Gabriel apretó los dientes.

—Esto es una iglesia.

Navarro no apartó el arma de Samuel.

—Entonces todos deberíamos comportarnos con más honestidad.

David habló con calma.

—Si quisiera disparar, ya lo habría hecho.

—No vine a disparar. Vine a recoger una llave.

—No la tengo.

Navarro sonrió.

—Claro que sí.

El silencio se tensó.

Samuel miró a David. No con miedo. Con preocupación. Como si lamentara ser el punto débil.

Navarro notó esa mirada.

—El anciano justo —dijo—. Siempre hay uno en cada pueblo. El hombre que cree que mantenerse firme cambiará algo. Es casi admirable.

Samuel levantó la cabeza.

—¿Y usted qué es? ¿El hombre que obedece porque dejó de creer en algo?

La sonrisa de Navarro desapareció un instante.

David vio la grieta.

Samuel también.

El anciano continuó, con voz más débil pero clara:

—Usted puede apuntarme con un arma. Puede romper una puerta. Puede asustar a vecinos. Pero si necesita esconderse bajo una iglesia para robar una llave, no es tan fuerte como cree.

Navarro dio un paso hacia él.

Ese fue su error.

Pequeño.

Suficiente.

David lanzó la linterna apagada contra el rostro de Navarro. No para herirlo de gravedad, sino para romper su línea de visión. Al mismo tiempo, Gabriel empujó a Samuel hacia un costado.

El arma se disparó.

El sonido fue brutal dentro del sótano.

Una vela estalló en pedazos contra una pared.

Samuel cayó al suelo.

—¡Abuelo! —gritó una voz desde arriba.

Olivia.

David no tuvo tiempo de pensar por qué estaba allí.

Se movió.

Golpeó la muñeca de Navarro contra la columna. El arma cayó al suelo y resbaló bajo una mesa. Navarro respondió con un puñetazo rápido, entrenado. David lo bloqueó, retrocedió medio paso y lo empujó contra el armario viejo.

Gabriel fue por el arma.

Navarro sacó un cuchillo pequeño de su manga.

David vio el brillo.

El ataque fue corto, cerrado, peligroso. Navarro sabía pelear. No como Ramiro. No con fuerza bruta. Con precisión.

David esquivó el primer corte.

El segundo le rozó la manga.

El tercero no llegó.

Samuel, desde el suelo, extendió su bastón y golpeó la pierna de Navarro.

No fue un golpe fuerte.

Pero sí inesperado.

Navarro perdió equilibrio.

David aprovechó.

Le sujetó el brazo armado, giró su cuerpo y lo lanzó contra el suelo de piedra. El cuchillo cayó. Gabriel lo pateó lejos y apuntó con el arma recuperada.

—¡Quieto!

Navarro respiraba con dificultad, pero aún sonreía.

—Demasiado tarde.

David entendió antes que los demás.

La cuerda de la campana dejó de sonar.

Arriba, algo se rompió.

Un grito.

Olivia.

Samuel intentó levantarse.

—¡Olivia!

David subió las escaleras como una sombra.

En la nave principal, Olivia forcejeaba con Ramiro cerca de la puerta lateral. Elena estaba en el suelo, intentando incorporarse. Tenía un golpe en la frente, no profundo, pero suficiente para haberla aturdido.

Ramiro sostenía a Olivia del brazo.

—¡Suéltame! —gritó ella.

David apareció en el pasillo.

Ramiro la puso delante de él.

—Un paso más y la saco de aquí.

David se detuvo.

Su rostro no mostró miedo, pero sus ojos cambiaron. Se volvieron terriblemente quietos.

—Suéltala.

Ramiro rió, aunque estaba nervioso.

—No das órdenes aquí.

—Ahora mismo sí.

Olivia intentaba no llorar. Tenía el rostro rojo por el esfuerzo y el miedo, pero seguía de pie.

—David, no—

Ramiro le apretó el brazo.

—Callada.

David dio un paso.

Ramiro retrocedió hacia la puerta.

—¡Dije que no te muevas!