Capítulo 81 — El último interrogatorio
Veinte años después, Ferraro volvió a encontrarse con Alazari.
No fue en una celda ni en una sala de interrogatorios. No hubo esposas, chalecos antibalas ni hombres armados detrás de una puerta. Ferraro estaba en otro continente, sentado en un sillón, con más canas de las que estaba dispuesto a contar y una computadora sobre las piernas.
A un lado tenía una libreta vieja, fechas anotadas durante la persecución y noticias que había guardado después de dejar Uruguay. En la pantalla aparecía el hombre que nunca había terminado de marcharse.
Llegó hasta una nota breve, enterrada entre referencias. Decía que las solicitudes de extradición presentadas después de la captura de Alazari en Brasil —la uruguaya y la estadounidense— no habían producido la entrega esperada.
Ferraro volvió a leerla.
Dos países. Dos reclamos. Otra demora.
Recordó la madrugada de Punta del Este, las fichas decadactilares y las llamadas de Washington y Jerusalén.
También recordó el silencio al otro lado de la línea cuando informó que acababan de detenerlo.
Si tantos países lo buscaban con semejante urgencia, ¿por qué los documentos necesarios para llevárselo parecían llegar siempre después que él?
En Uruguay, Alazari había esperado una extradición que no terminaba de concretarse. Durante ese tiempo intentó salir de Cárcel Central y después abandonó el Penal de Libertad mediante una orden falsa, una cadena de complicidades y dinero suficiente para encontrar el precio de varios hombres.
Lo capturaron en Brasil en 2006. Volvió a quedar libre. Lo capturaron otra vez en 2011.
Su nombre reapareció junto al juego clandestino, el lavado, las drogas y la familia criminal Abergil. Cada expediente parecía acercarse a una respuesta y terminaba abriendo otra jurisdicción.
Ferraro encontró publicaciones donde Estados Unidos todavía lo presentaba como fugitivo. Encontró también la figura jurídica de un detenido trasladado temporalmente para colaborar en una investigación y luego devuelto a la custodia brasileña.
En otros resúmenes circulaba una versión más extraña: Alazari habría sido llevado temporalmente a Israel para declarar contra integrantes de una organización criminal y su destino posterior habría quedado protegido.
Algunas páginas añadían un programa de testigos.
Ninguna prueba pública consultada por Ferraro permitía afirmarlo como hecho.
Podía ser una confusión repetida, una historia deformada al cruzar idiomas o un nuevo capítulo de la leyenda creada alrededor de su nombre.
Pero la posibilidad estaba allí.
En Maldonado, Alazari apenas había insinuado que las cicatrices pertenecían a otra vida.
En Montevideo le puso un nombre a esa vida: Unidad K.
Veinte años después, las noticias sobre interrogatorios, colaboraciones y un posible traslado a Israel obligaban a Ferraro a escuchar otra vez aquella versión.
No la convertían en verdad; impedían descartarla con la facilidad de una simple fanfarronada.
Ferraro nunca creyó por completo aquella historia. Tampoco consiguió olvidarla.
Los buenos mentirosos trabajan con materiales verdaderos. Utilizan nombres, fechas y fragmentos comprobables; después los acomodan hasta producir una versión imposible de desmontar por completo.
Ferraro recordó al hombre sentado en la Seccional Décima, con dos juegos de esposas alrededor de las muñecas. Recordó la exigencia de una llamada y el cambio de su rostro cuando mencionó las cicatrices.
Aquella madrugada, los diez dedos habían dado una respuesta inequívoca. No era un turista sorprendido por un problema de casino. Era Alazari, requerido internacionalmente y considerado armado y peligroso.
Las huellas establecieron su identidad. No explicaron su historia.
Ferraro cerró la computadora y dejó la mano sobre la libreta. Su padre llevaba dos décadas muerto. Después de perderlo había viajado a Sudán, trabajado como peacekeeper y construido una carrera internacional. Su vínculo formal con la Policía uruguaya terminó en 2011.
Había dejado la institución. Nunca se había quitado del todo el uniforme por dentro.
Desde África siguió el rastro de ambos fugados.
Supo de Devoto, de la extradición uruguaya que no se concretó, de la nueva captura de Alazari en 2011 y de Villa Albertina en 2019.
No dirigió esos operativos y nunca interrogó al Loro.
Recibió informes, buscó publicaciones y habló con personas que habían estado más cerca.
El caso dejó de ser una tarea oficial y se convirtió en una pregunta privada.
En la pantalla quedaban versiones incompatibles.
Una sugería que Alazari había colaborado con autoridades contra la organización en la que decía haberse infiltrado.
Otra mostraba que Estados Unidos continuó reclamándolo como fugitivo.
Una tercera lo dejaba en Brasil, absorbido por causas y decisiones que nunca formaron un cierre visible.
No podían ser ciertas de la misma manera. O quizá sí.
Ferraro había interrogado a delincuentes, policías, testigos y sospechosos. Había aprendido que algunas confesiones revelan la verdad y otras solamente la rodean. Aquel era el interrogatorio más largo de su carrera y el único en el que el interrogado no estaba presente.
Alazari podía ser un narcotraficante que inventó una historia de espionaje para confundir a quienes lo perseguían. Podía haber sido un informante utilizado por varios servicios. Podía haber aprendido a explotar los errores de tres sistemas judiciales. Las posibilidades no se excluían entre sí.
Ferraro nunca obtuvo una respuesta definitiva. Quizá nadie la obtuvo.
Su padre le había enseñado que el honor al trabajo era suficiente. De joven, Ferraro interpretó la frase como una orden de entregarse por completo. Con los años descubrió otra lectura: el honor también exige reconocer aquello que el trabajo no tiene derecho a consumir.
No se arrepentía de haber custodiado, investigado ni perseguido. Se arrepentía de haber creído que el deber no necesitaba límites.
La memoria no tenía autoridad para condenar aquello que la Justicia no había probado. Tampoco podía absolverlo. Conservaba decisiones, consecuencias y preguntas.
Una madrugada de 2005, un sistema entero obedeció una mentira. Dos décadas después, Ferraro todavía examinaba el silencio dejado por aquel hombre.
Los diez dedos habían revelado su nombre.
Veinte años después, seguía sin respuesta la única identidad que las huellas no podían mostrar: para quién había trabajado realmente.