Capítulo 78 — Villa Albertina
Al ser detenido presentó una identidad falsa que intentaba producir una vida ordinaria, una persona entre millones. La comparación de datos confirmó que se trataba del Loro Lunático.
La policía incautó una pistola Browning de nueve milímetros con la numeración suprimida, dos cargadores, dieciocho cartuchos, un cuchillo, una manopla y precintos, según la información publicada.
Los objetos no demostraban todos los delitos atribuidos, pero explicaban por qué el arresto exigía cautela.
La causa inmediata era tentativa de homicidio contra su expareja. Argentina debía juzgar ese hecho antes de cualquier traslado. Otra vez Uruguay quedaba esperando detrás de una prioridad penal extranjera.
Tres fugas describían algo más que habilidad individual. Cada una necesitó una debilidad distinta del sistema: apariencia, estructura física o corrupción. El Loro no repetía exactamente el método. Estudiaba qué clase de puerta tenía delante.
Ferraro vio la noticia lejos de la oficina donde comenzó la persecución. Ya había trabajado durante años en Naciones Unidas y otros puestos internacionales. La fotografía del detenido le devolvió una versión más joven de sí mismo, inclinado sobre mapas de Brasil y Argentina.
No sintió victoria personal. No había participado en el operativo de Villa Albertina. La captura pertenecía a la víctima que habló, a la fiscal que investigó y a los agentes que realizaron el seguimiento. Apropiarse de ella habría sido traicionar la precisión que defendía.
Sí sintió continuidad. La alerta, los antecedentes y las huellas producidas años antes seguían disponibles para unir aquella identidad falsa con el hombre fugado. Una buena investigación puede continuar sirviendo cuando sus autores ya no están en la oficina.
El Perro hubiera disfrutado la ironía: al final, otro rastro había llevado hasta él. Pepe habría preguntado qué podía probarse. Ferchu habría recordado las prioridades judiciales. Fabri habría actualizado una cronología que ya cubría décadas.
Ferraro buscó al Mosquito en sus contactos y dudó antes de escribir. No necesitaba enviar la noticia; seguramente todos la conocían. Terminó mandando una frase breve: catorce años. La respuesta llegó poco después: las puertas recuerdan.
La frase expresaba una verdad del equipo. Ninguno había olvidado aquella madrugada ni las seis horas perdidas antes de recibir la llamada. Cada nueva captura reactivaba el cálculo de cuánto puede crecer un error institucional.
El Loro tenía cuarenta y siete años al momento del arresto de 2019, según los reportes. Ya no era el hombre de treinta y tres que cruzó el Penal de Libertad. La clandestinidad no había detenido el tiempo; solo había fragmentado su registro.
Su nombre regresó a Uruguay acompañado por pedidos, causas y viejas fotografías. El público recordó la fuga como una escena espectacular. Ferraro recordó el dinero, los interrogatorios, la casa vacía y al Perro preguntando a los vecinos.
La distancia entre ambas memorias era el motivo para escribir. Un titular conserva la puerta abierta. Los investigadores recuerdan todo lo que hubo que hacer después para intentar cerrarla.
En Villa Albertina, el Loro volvió a quedar esposado. Nadie podía asegurar que aquella sería su última captura. Al menos, por esa noche, no había otra identidad capaz de sacarlo de la escena.