Capítulo 72 — Black Ops
La acción terminó con trece detenidos, entre ellos Alazari y tres policías militares, según los primeros reportes. Las sospechas incluían lavado de dinero, juego ilegal, narcotráfico y utilización de automóviles importados dentro del circuito económico de la organización.
Volvió a observar la fotografía de Alazari. Los años cambiaban el rostro, pero no la sensación de que calculaba el procedimiento siguiente. Ferraro se preguntó si durante el arresto había repetido la exigencia de una llamada que hizo en Maldonado.
No podía saberlo. La imaginación ofrecía continuidad, pero el límite era preciso. La nueva detención pertenecía a investigadores brasileños. Ferraro podía recordar su reacción y los hechos publicados, no apropiarse de una operación en la que no participó.
Black Ops había seguido dinero y comunicaciones. Las autoridades sospechaban que la red utilizaba negocios de juego clandestino y compraventa de vehículos para dar apariencia lícita a fondos. El mecanismo era menos visible que un cargamento de pastillas y posiblemente más resistente.
Una droga puede incautarse sobre una mesa. El lavado se distribuye entre cuentas, empresas, facturas, automóviles y personas que solo conocen una parte. El poder de Alazari, si los investigadores tenían razón, consistía en conectar esas partes sin presentarse en cada transacción.
La operación también investigaba una explosión de automóvil ocurrida el año anterior. La prensa lo señaló como principal sospechoso, pero sospecha no era condena. Ferraro sabía que el lenguaje debía conservar esa diferencia, especialmente cuando los titulares ya la borraban.
El nombre Abergil reapareció. Los hermanos israelíes habían sido extraditados a Estados Unidos en enero de 2011 y enfrentaban una acusación federal extensa. Las autoridades estadounidenses describían una organización con operaciones de éxtasis, extorsión, lavado y homicidio.
Alazari aparecía en publicaciones como asociado o integrante de esa red.
Algunas fuentes lo presentaban como hombre de operaciones especiales; otras como enlace internacional.
El contexto ayudaba a comprender su alcance, pero no permitía asignarle un cargo criminal preciso sin respaldo documental suficiente.
Ferraro recordó la Unidad K. Alazari siempre había elegido relatos que lo ubicaban cerca de estructuras poderosas: inteligencia, mafias, redes internacionales.
Incluso cuando las organizaciones eran incompatibles, todas cumplían una función narrativa.
Lo convertían en alguien que nunca actuaba solo.
La nueva detención no resolvía cuál de aquellas identidades era cierta. Demostraba que, libre en Brasil, había vuelto a quedar bajo investigación grave y que su nombre estaba conectado públicamente con una red mucho más amplia que la fuga uruguaya.
El Perro envió un mensaje breve: otra vez. Ferraro entendió sin explicación. Otra vez detenido. Otra vez reclamado. Otra vez la pregunta sobre cuánto duraría la puerta cerrada.
Black Ops produjo imágenes de agentes, vehículos y detenidos. Para Ferraro, la imagen importante seguía siendo invisible: la línea que comenzaba en un disturbio de casino y terminaba dentro de miles de conversaciones interceptadas en Río.
El arresto de 2011 demostró que cualquier epílogo anterior habría llegado demasiado pronto.