A las Dos de la Mañana Capítulo 44 — Tres detenidos
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Capítulo 44 — Tres detenidos

Los tres hombres señalados fueron ubicados en habitaciones separadas. No se permitió que compararan versiones. Ferraro comenzó por el que parecía menos preparado para soportar el silencio. Le pidió que contara el viaje a Kiyú desde el momento en que recibió la invitación.

El hombre respondió con una historia demasiado breve.

Un llamado, una tarde libre y amigos. No sabía por qué había tanta gente ni quién había llevado las bebidas.

Ferraro dejó que terminara y volvió al comienzo.

Esta vez preguntó la hora, el número que apareció en la pantalla y el lugar exacto donde subió al vehículo.

La precisión produjo las primeras grietas. El supuesto amigo cambiaba de nombre según la pregunta. El teléfono no estaba entre sus efectos personales. Dijo haberlo perdido, aunque otro de los presentes recordaba que lo había utilizado pocos minutos antes del ingreso policial.

En la segunda habitación, el relato tenía otra forma. Afirmó que la reunión era el pago de una deuda vieja y que el dinero no tenía relación con la fuga. Ferraro no había mencionado dinero. La palabra apareció nuevamente antes de ser preguntada, como había ocurrido con el joven oficial en Libertad.

—¿Qué dinero? —dijo Ferraro.

El hombre corrigió. Hablaba en general, explicó; todos suponían que la Policía buscaba plata. Su intento de retroceder confirmó que conocía al menos el motivo real de la reunión.

El tercero asumió una actitud desafiante. Quería saber de qué se lo acusaba y exigía regresar con los demás. Ferchu explicó la situación sin revelar las declaraciones. La legalidad no era una concesión a quien podía estar implicado; era la única manera de impedir que el caso se derrumbara después.

Ferraro puso sobre la mesa los datos que ya podían verificarse: llamadas entre integrantes del grupo, vínculos con personas cercanas al Loro y movimientos producidos después de las dos de la madrugada.

No necesitaba atribuirles todavía una función.

Quería que cada uno eligiera cuánto mentir frente a hechos que ignoraba si la Policía conocía por completo.

Las historias se acercaron lentamente a la fuga. Uno admitió que había escuchado hablar de un traslado. Otro reconoció conocer a un hombre que había conseguido armas. El tercero sostuvo que solo había conducido un automóvil y que nunca supo quién viajaría dentro.

En ese punto Ferraro comprendió el método de la organización. Las tareas estaban fragmentadas. Algunos participantes podían decir con sinceridad que nunca vieron a Alazari; aun así, compraron un vehículo, prestaron un teléfono o sirvieron de enlace para que otros lo sacaran.

El primero terminó admitiendo que conocía el apodo del Loro.

Lo había visto varias veces y sabía que desde la cárcel buscaba personas capaces de ayudarlo.

Negó cualquier relación directa con Alazari.

Ferraro consideró posible esa separación: el israelí podía financiar la fuga sin conocer personalmente a cada integrante reclutado por su compañero.

El segundo hablaba de las armas como si hubieran pertenecido siempre a otro.

Sabía calibres, cantidad y lugar de entrega, pero insistía en no haberlas tocado.

Ese conocimiento especializado lo acercaba al operativo aunque no permitiera todavía ubicarlo frente al penal.

Ferchu transformó cada detalle en una pregunta verificable.

El tercero dijo haber conducido por encargo.

No preguntó a quién trasladarían porque, según él, necesitaba el dinero.

Ferraro le respondió que la ausencia de preguntas no borraba aquello que vio después.

Dos hombres saliendo de un penal de madrugada, custodiados por agentes que no regresaban a ninguna dependencia, no podían confundirse con un viaje ordinario.

Los interrogatorios avanzaban en ciclos.

Se preguntaba, se verificaba fuera del cuarto y se regresaba con una contradicción concreta.

El método impedía que la presión se transformara en amenaza.

Ninguno necesitaba confesar para que el caso avanzara; bastaba con que sus relatos no sobrevivieran a los teléfonos, los horarios y los otros testimonios.

Al amanecer, las tres historias ya no negaban la existencia del plan. Discutían la importancia de cada participante. Era el desplazamiento habitual de la defensa: cuando el hecho resultaba imposible de ocultar, todos intentaban ocupar el borde menos grave de la organización.