Capítulo 27 — El Fiat Duna
El Duna era común, discreto y suficientemente amplio para transportar al grupo.
No llamaba la atención en una ruta uruguaya.
Su bajo precio permitía abandonarlo sin que la pérdida importara.
Uno de los participantes, identificado en el comunicado por sus iniciales, lo había adquirido en una automotora de plaza.
La reconstrucción oficial fijó una secuencia precisa.
El Duna llegó al penal alrededor de las dos.
Antes del acceso, uno de los cuatro hombres descendió para realizar llamadas y fingir la voz de una autoridad.
Los otros tres entraron, exhibieron credenciales, presentaron la orden y recibieron a los presos.
La información oficial indicó que el Fiat fue incendiado después.
No fijó en aquel comunicado un lugar que autorizara a situarlo en Rivera.
Ferraro conservaba recuerdos de avisos urgentes que empujaron al equipo hacia el norte, pero una pista operativa recibida durante la persecución no debía convertirse, veinte años más tarde, en ubicación probada.
Las pistolas y la escopeta servían para proteger el trayecto, responder a un control inesperado o tomar otro vehículo. La fuga dependía de la obediencia; las armas comenzarían a importar si la obediencia terminaba.
Cada teléfono fue asignado a una función. Las llamadas no debían parecer conversaciones entre delincuentes, sino comunicaciones breves de autoridades apuradas. El éxito dependía de que nadie dispusiera de tiempo para formular la pregunta correcta.
El Duna era la parte visible. El verdadero vehículo sería una orden escrita con el lenguaje del penal.