A la deriva (A la deriva, Libro 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Scott tenía mantas en el maletero. Usamos una para secarnos, otra la extendió a lo largo de la orilla del río, y una tercera para taparnos. No tenía frío, y pensé que quizá con él nunca volvería a tenerlo.

Me tumbé boca arriba, con él apoyado sobre un codo, mirándome. Observé sus ojos, preguntándome si de verdad reflejaban su corazón, porque lo que vi allí parecía amor. Iba más allá de la pasión, más allá de su deseo por mí. Me poseía, no porque él quisiera, sino porque me había robado el corazón.

¿Lo sabía? ¿Tenía idea de hasta qué punto me había hecho suya? ¿De que nunca volvería a sentirme completa sin él?

Abrí la boca para decirle esas tres palabras decisivas, te quiero. Antes de que pudiera hacerlo, su boca bajó hasta mi estómago, sus labios me hicieron cosquillas en el ombligo y fueron bajando suavemente hasta el suave vello de mi pubis.

Se lo grité con el pensamiento, mi mente lo repetía a voces. Te quiero, te quiero, te quiero. Mi roca, mi ancla. No lo diría yo primero. Esa era mi regla.

Olvidé mi regla. Se lo diría. —Yo… yo… ¡ahhh! —Él convirtió mis palabras en gritos de éxtasis al succionar mi clítoris, al acariciar mi sexo con la lengua. Con los dedos enredados en su pelo, perdí todo pensamiento.

Después fue subiendo lentamente por mi torso a base de besos, y las palabras dejaron de importar. Me demostró que me quería, con una ternura que me hizo estremecer, con una pasión que me dejó temblando.

Se desplomó boca arriba y apoyé la cabeza en el hueco de su brazo, con la cara contra su pecho, mientras nuestros cuerpos desnudos mantenían a raya el frío de la noche.

—Eres perfecta —dijo en voz baja—. Eres la mujer más hermosa que he conocido. Tal vez, solo tal vez, la más salvaje.

Me reí, sabiendo que lo decía en serio. —Nunca he sido salvaje —dije—. Nunca me lo han permitido. O quizá eres tú quien saca eso de mí. Quiero que esta noche dure para siempre.

—Yo no —dijo. Intenté incorporarme para mirarlo a la cara, pero me apretó con fuerza y añadió—: Quiero mil noches más como esta.

Me llevó una mano a la mejilla y me secó una lágrima.

—Perdona —dije—. No pretendía llorar.

—No me importa —dijo—. Tus lágrimas son preciosas. Tú eres preciosa.

Cerré los ojos y suspiré. Esto era todo lo que siempre había deseado, y me di cuenta de que quizá él había sido el hombre que había estado buscando desde siempre: alguien apasionado por su arte y apasionado por mí, alguien con quien podría compartir mis propios sueños, que no se interpondría en mi camino, que sería mi pilar de apoyo.

Sentí algo de miedo ante el día siguiente, sabiendo que los próximos días no serían fáciles, pero juntos los superaríamos, y él sería mi fuerza para afrontar todo lo que viniera. No se lo dije, porque no quería que mis miedos se entrometieran en aquel momento, en mi noche más perfecta.

Ya no me sentía a la deriva.

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La historia de Jenny continúa en ASUNDER.

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