A Heart of Ice, A Touch of Fire (La Alianza nº 1)
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Capítulo 1
Eliana
—¿Por qué te escondes de Heidi?
Mi abuela se quedó paralizada a mitad de un movimiento.
La cuchara de madera permaneció inmóvil un breve instante sobre el guiso humeante, antes de que la dejara descender lentamente. No respondió de inmediato, y precisamente ese silencio me dijo más que cualquier palabra.
Fuera, la luz dorada del atardecer caía sobre los jardines de Sherman Oaks, pero en la cocina reinaba una oscuridad extraña.
La persiana sobre el fregadero estaba bajada del todo, a pesar de que a Nana le solía encantar esta hora.
Siempre decía que la luz del atardecer embellece, incluso, los días más corrientes.
Hoy, evidentemente, no quería verla.
—¿De qué estás hablando? —preguntó al fin, sin mirarme.
Me apoyé ligeramente contra la encimera y me crucé de brazos. —Nana, por favor. Has bajado las persianas en plena tarde, aunque fuera hace un día perfecto. Solo eso ya resulta sospechoso.
—Quizá simplemente no quería que me diera el sol en la cara.
—Y quizá yo sea astronauta en secreto.
Durante una fracción de segundo, una sonrisa asomó a sus labios, pero desapareció de inmediato.
Fue entonces cuando supe definitivamente que algo no iba bien.
El aroma familiar a madera, café y masa fresca flotaba en el aire.
Todo en esta casa parecía un fragmento de pasado conservado.
Las viejas figuras de porcelana seguían en los mismos sitios que en mi infancia, los jarrones pintados a mano acumulaban polvo sobre la cómoda y, en algún lugar, hacía tictac ese reloj antiguo cuyo sonido solía calmarme antes, me ponia nerviosa.
Mi mirada se detuvo en la cómoda.
Allí había varios botes de pastillas ordenados uno junto al otro, y al lado, un calendario semanal escrito con caligrafía minuciosa. Mañana. Mediodía. Noche.
Una opresión desagradable se extendió por mi pecho.
No importaba cuántas veces la visitara. Esa imagen me afectaba como si fuera la primera vez.
—¿Me espera esto a mí también algún día? —murmuré para mis adentros.
Mi abuela no respondió.
Antes se habría reído o habría soltado alguna de sus frases típicas, pero últimamente parecía estar más cansada se notaba un gran espacio entre sus pensamientos y sus palabras.
Me fijé mejor y me asusté al ver lo visible que se había vuelto el tiempo de repente.
El blanco de su cabello, los hombros más estrechos, el ligero agotamiento en sus movimientos.
Nada era dramático. Era más bien algo insidioso.
Tan sutil que solo lo notabas cuando tus propios recuerdos ya no encajaban con la persona que tenías delante.
Y nosotras dos éramos las últimas de nuestra familia.
Me tragué el pensamiento antes de que pudiera cobrar forma del todo.
—Ay, Eliana —dijo de pronto, volviendo a remover la olla—. ¿Qué haré si un día te pones a hornear para tu príncipe azul en vez de para mí?
Una leve sonrisa rozó mis labios mientras sacaba los croissants del horno.
Un aire cálido con aroma a mantequilla subió y envolvió la cocina al instante.
—¿Quién necesita un príncipe? —pregunté con sequedad—. Estos han quedado perfectos.
—Perfectos, tal vez —replicó ella con una risa contenida—, pero llegaron bastante tarde. El café se ha acabado hace dos horas.
Tuve que sonreír.
Por un breve momento, todo volvió a sentirse ligero.
Entonces dijo: —Echo de menos a Brandon.
Mi sonrisa perdió su calidez al instante.
Por supuesto que lo echaba de menos.
Brandon le caía bien a todo el mundo. Los hombres querían ser sus amigos, las mujeres lo miraban un segundo de más y los mayores adoraban sus modales educados. Sabía exactamente cómo hacer que la gente se sintiera especial.
Durante mucho tiempo, creí que para él yo era algo más que una opción más.
—Era tan perfecto —continuó mi abuela—. ¿Por qué lo dejaste?
Posé la bandeja de horno sobre la encimera con un golpe un poco demasiado seco.
Porque los hombres perfectos no borran mensajes ajenos.
Porque los hombres perfectos no te besan mientras ya desean a otra persona.
Porque los hombres perfectos no deberían oler a otro perfume cuando están acostados a tu lado por la noche.
Las palabras me pinchaban en la lengua, pero aun así no fui capaz de pronunciarlas.
—Simplemente dejó de funcionar —dije con calma.
Mi abuela sacudió la cabeza despacio. —Eres demasiado estricta, hija mía. La persona perfecta no existe.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Lo peor no había sido siquiera la traición, sino el hecho de que mi cuerpo se negara a borrar ciertos recuerdos.
A veces aún pensaba en sus manos sobre mi piel, en esa engañosa sensación de calor y cercanía en mitad de la noche, cuando sus dedos se deslizaban por mi cadera como si fuera lo más natural del mundo.
Mi mente ya sabía de sobra que mucho de aquello era mentira, pero mi cuerpo nunca había aceptado esa evidencia con la misma firmeza.
Y precisamente eso me enfurecía.
Odiaba que la proximidad dejara huellas, incluso cuando el amor ya se había desvanecido hacía tiempo.
—¿Eliana?
Levanté la cabeza.
Mi abuela me miraba con atención, como si hubiera sentido lo lejos que me encontraba en ese momento.
—No es nada —dije rápidamente.
Sacó dos cuencos del armario, pero las manos le temblaron un poco al hacerlo.
Me adelanté de inmediato. —Deja que lo haga yo.
—Si ya no puedo hacer nada en mi propia casa, es que mi vida se ha acabado. —Su tono fue más brusco de lo habitual.
Me detuve un instante antes de responder en voz baja: —No tienes que demostrar nada.
Puso los cuencos sobre la mesa y me miró. —Y tú no tienes que estar mirándome todo el rato como si esperaras que me fuera a caer redonda.
Un leve dolor me atravesó el pecho.
—Y a mí no me gusta que finjas que eres inmortal —respondí con calma.
Por un momento, ninguna de las dos dijo nada.
Luego suspiró suavemente. —No tengo ganas de ser vieja.
La honestidad de su voz me impactó más de lo que esperaba.
Para cambiar de tema, señalé finalmente hacia la ventana. —¿Puedo al menos abrir la persiana?
Dudó solo un instante, pero me di cuenta.
—Sí —dijo por fin.
Me acerqué despacio a la ventana y subí la persiana. De inmediato, la cálida luz del atardecer inundó la cocina.
Y fuera estaba Heidi.
Estaba podando unas rosas mientras Jerome recogía algunas herramientas de jardín. Una estampa totalmente cotidiana.
Sin embargo, sentí al instante cómo cambiaba el ambiente a mis espaldas.
Mi abuela no volvió a decir palabra.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Ella evitó mi mirada.
—No es nada —murmuró.
Arqueé una ceja. —Sabes que no te creo.
Por un momento, nos limitamos a mirarnos.
Conocíamos ese juego demasiado bien.
Finalmente, suspiró. —Eres una cabezota.
Una pequeña sonrisa asomó a mis labios. —¿Y a quién habré salido?
Por un instante, algo brilló en sus ojos.
—A mí seguro que no.
Su mirada se desvió hacia la foto enmarcada de mis padres y, de inmediato, el ambiente cambió.
Una pesadez se instaló en la estancia.
Seguí su mirada.
Dos rostros risueños.
Por un momento, ninguna de las dos dijo nada.
—Sigue pareciendo que fue ayer —dijo ella en un susurro.
Asentí.
—Sí... a mí me pasa lo mismo.
Respiré hondo y volví a incorporarme.
—Volviendo al tema —dije con suavidad—. ¿Qué ha pasado con Heidi?
Ella vaciló, pero terminó cediendo.
—Tuvimos una pelea.
Me senté. —¿Tú y Heidi? ¿Sobre qué discutíais?
—Oh, nada importante —esquivó la pregunta—. Su marido dijo una tontería... y ella salió en su defensa.
Ladeé la cabeza. —¿Qué dijo él?
De nuevo se produjo ese silencio.
—Nana...
Me miró. —Dijo algo sobre ti.
Fruncí el ceño. —¿Sobre mí? La idea de que alguien hablara de mí a mis espaldas me pareció casi graciosa, pues por más que lo intentara, no podía imaginar que mi vida ofreciera material alguno para una conversación.
—Tienes que prometerme que no irás a verlos —dijo rápidamente.
Exhalé un suspiro. —¿Qué dijo?
—Promételo primero.
Puse los ojos en blanco ligeramente, pero no pude evitar una sonrisa.
—Vale, lo prometo.
Inspiró profundamente.
—Dijo que los jóvenes de hoy en día se rinden demasiado rápido y que tiran a la basura las buenas relaciones...
Me eché hacia atrás lentamente.
—¿Y?
Dejó de mirarme.
—... y que has perdido a un hombre perfecto.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.
Por supuesto.
Me quedé en silencio un momento. Luego me levanté.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella de inmediato.
Cogí la bandeja de los cruasanes.
—Vuelvo enseguida.
—Eliana... —dijo en tono de advertencia.
Me giré hacia ella y sonreí.
—No te preocupes, Nana. No voy a hacer ninguna tontería.
Abrí la puerta.
—Simplemente va a ser distinto a como lo habíamos planeado.
Entonces salí a la cálida tarde.
El aire olía a verano.
Y a oportunidad.
Recorrí los pocos pasos del pequeño sendero hasta la puerta de los vecinos y llamé al timbre.
Durante un momento no pasó nada.
Luego oí pasos y una silueta se movió tras el cristal esmerilado.
La puerta se abrió y Jerome apareció ante mí.
Parecía sorprendido.
—Eliana —dijo escuetamente.
—Hola —respondí con amabilidad y levanté un poco la bandeja de los cruasanes—. Espero no molestar. Hoy estoy con mi abuela y hemos horneado un poco de más.
Su mirada bajó a la bandeja y luego volvió a mí.
—¿Y por eso llamas a nuestra puerta?
Su tono dejó claro que no le parecía una explicación muy convincente.
Aun así, sonreí. —Entre otras cosas. También hay guiso. Es imposible que nos lo acabemos nosotras solas.
Frunció el ceño.
—Heidi estaba a punto de ponerse a cocinar.
—Pues entonces hoy puede relajarse —dije con calma—. ¡Por favor! Sería una pena que se desperdiciara la comida.
Me observó durante un instante, como si buscara una trampa.
No la había.
—Por mí está bien —murmuró finalmente.
—Genial —dije asintiendo con satisfacción—. Pues nos vemos en la casa de al lado.
Me di la vuelta antes de que pudiera cambiar de opinión.
Una pequeña sonrisa cruzó mi rostro.
Esto no era un plan en el sentido clásico.
Pero había aprendido pronto que con amabilidad a veces se llega más lejos que con la confrontación.
Y tal vez... esta vez también funcionara.
Pocos minutos después, estábamos los cuatro sentados a la mesa.
El ambiente era... cauteloso.
Heidi sonreía con inseguridad, mientras que Jerome se mostraba más bien reservado. Mi abuela, por su parte, estaba visiblemente abrumada por la situación.
Así que me tocaba a mí.
—Ponéis unas caras como si fuera a envenenaros —dije con una ligera risa mientras servía el guiso en los platos.
Heidi soltó una risa nerviosa. —No, no... es que estamos sorprendidos.
—Es solo una cena espontánea —expliqué—. Sin segundas intenciones. Al menos ninguna peligrosa.
Jerome enarcó una ceja. —Inusual.
—Tal vez —dije con calma—. Pero no imposible.
Mi abuela se aclaró la garganta. —Mi Eliana es así. Tiene un gran corazón.
Le lancé una mirada rápida.
Ella sonrió y, en ese momento, supe que había hecho lo correcto.
Poco a poco, el ambiente se fue relajando.
Empezamos a comer.
—Está realmente rico —dijo Jerome después de la primera cucharada.
A mi abuela se le iluminó la cara. —Me alegra oírlo.
—Y los cruasanes son increíbles —añadió Heidi.
Tuve que reír. —Gracias, quizá de verdad debería abrir una panadería.
—Sin duda —dijo ella de inmediato.
Se creó un breve instante, un momento de honestidad... y de repente todo empezó a sentirse... ligero.
La conversación empezó a fluir.
El trabajo, el día a día, pequeñas anécdotas.
Nada importante.
Pero eso era exactamente lo que necesitábamos.
En algún momento, todos nos reímos.
Incluso Jerome.
Y al observar mientras se relajaba, me di cuenta de algo:
A veces no hacían falta grandes palabras.
Ni confrontaciones.
Solo un pequeño gesto.
Más tarde, al final de la velada, despedí a nuestros invitados en la puerta.
—Gracias por la invitación —dijo Heidi afectuosamente.
Jerome asintió con la cabeza. —Ha sido... una buena noche.
Sonreí. —Me alegro.
Cuando se hubieron marchado, cerré la puerta y me apoyé un momento contra ella.
Disfruté del silencio durante un instante, y entonces oí pasos detrás de mí.
—Ha sido bonito —dijo mi abuela en voz baja.
Me giré hacia ella.
—Sí —respondí—. A mí también me ha parecido.
Me miró durante unos segundos.
—Eres una buena persona, Eliana.
Esbocé una débil sonrisa.
—Lo intento.
Pero mientras lo decía, sentí cómo una leve duda nacía en mi interior.
Por un momento, creí de verdad que lo había arreglado todo.
El silencio de la casa se sentía más ligero, más pacífico.
Hoy sé que algunas cosas se rompen precisamente en el momento en que crees haberlas salvado.