A fuego lento Capítulo 13
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Capítulo 13

El teléfono vibra dentro del cajón de las especias justo cuando intento sacar una bandeja de pan del horno.

El metal me quema a través del paño. Dejo la bandeja sobre la mesa de trabajo, abro el cajón con la cadera y encuentro tres llamadas perdidas de Clara.

CLARA

No abras la puerta principal.

CLARA

Sofía, dime que estás viendo esto con alguien.

CLARA

Voy para allá.

El pan cruje al enfriarse. En la pantalla hay un enlace de un sitio de noticias local que no conozco y una fotografía borrosa de Liam entrando al Hotel Aster. El titular ocupa media pantalla.

¿AMOR O CONTRATO? EL SECRETO DE LOS FAVORITOS DE DUELO A FUEGO LENTO.

La foto siguiente muestra a Liam saliendo del hotel, la cabeza inclinada hacia el teléfono. La tercera es una captura de un documento. Reconozco el encabezado antes de ampliar la imagen.

EL CONTRATO DE LA COCINA.

La cláusula de confidencialidad ocupa media pantalla. Más abajo aparece la de rescisión: si uno de los dos arruina la credibilidad de la pareja, cede su local al otro. Mi firma está recortada en el borde inferior. La de Liam, a su lado.

El cuchillo que dejé sobre la tabla tiene una gota de masa pegada a la hoja. La retiro con el pulgar, una vez y luego otra, hasta que el teléfono vuelve a vibrar.

LIAM

Necesito hablar contigo antes de que alguien te cuente una versión que no es la mía.

El mensaje queda abierto. Anoche, frente a la libreta de mi padre, le pregunté si había algo que debiera saber. Él sostuvo el salero y dijo que no.

El timbre de la puerta principal suena tres veces seguidas. Después llegan los golpes.

—¡Sofía! ¿Es cierto que cobraron por fingir una relación?

—¡Chef Carranza! ¿Bennett se reunió con Halcón para vender Éter?

La voz de un hombre atraviesa el cristal. Otra se superpone desde la acera. El letrero de ABIERTO sigue encendido sobre la puerta. Cruzo el salón, lo apago y bajo la persiana a medias. Por la rendija entran destellos blancos, uno detrás de otro.

Clara llega por la puerta trasera. Lleva el cabello recogido a medias, una mochila colgando de un hombro y el teléfono en alto.

—No respondas nada —dice antes de saludar—. Nada por mensaje, nada desde la ventana y, si te parece posible, nada a un periodista que prometa «solo una aclaración».

—¿Quién lo filtró?

—Halcón tiene un departamento de comunicación del tamaño de un país pequeño. No puedo probarlo todavía.

Le muestro la pantalla. Clara lee la cláusula, aprieta los labios y abre el enlace de nuevo.

—Han subido el contrato hace veintidós minutos. Ya lo replicaron cuatro cuentas de chismes y dos periódicos. Rachel llamó a mi teléfono. Quiere vernos en Medialab a las diez.

—¿A Liam también?

Clara baja el teléfono.

—Sí.

El nombre queda sobre la mesa, entre la bandeja de pan y la harina que todavía tengo en las manos.

—¿Sabías que iba a reunirse con Santoro?

—No.

La respuesta es rápida. La necesito así; si vacila, no sé qué haría con el resto de la mañana.

Un golpe seco llega desde el callejón. Clara se asoma por el ventanuco de la cocina y vuelve hacia mí.

—Está aquí.

No necesito preguntar quién. La puerta trasera se abre antes de que decida si quiero verlo.

Liam entra sin chaquetilla, con la camisa oscura pegada a la espalda por la humedad. Cierra detrás de sí. Desde el callejón, un compresor arranca con un zumbido áspero.

—No mandé el contrato a la prensa —dice.

—No eres precisamente la persona indicada para hablarme de secretos.

Clara da un paso hacia la mesa, pero Liam alza una mano hacia ella sin mirarla.

—¿Puedes darnos un minuto?

—No —responde Clara—. Puedo quedarme aquí y no intervenir. Es distinto.

No le discuto. Liam tampoco.

—Santoro me citó ayer —dice—. Me ofreció comprar Éter, pagar Cobalto y financiar la reubicación de La Alacena.

El sonido del compresor cambia de tono. Liam tiene una línea de sudor en la sien; no sé si es el calor o el camino desde el restaurante contiguo.

—¿A cambio de qué?

—De retirarme antes de la final o provocar un fallo en tu servicio.

Mi mano encuentra el nudo del delantal y tira de él hasta que la tela me corta la cintura.

—¿Y pensaste que yo no necesitaba saberlo?

—Pensé que te distraería.

—Claro. Porque esa estrategia ha funcionado de maravilla en mi familia.

Liam baja los ojos un instante. No lo hace menos irritante. Solo evita que pueda fingir que no entiende.

—Le dije que no —continúa—. No voy a sabotearte, Sofía.

—¿Y después viniste aquí, me besaste y me dijiste que estaba todo controlado?

—No quise—

—No termines esa frase con «protegerte».

El pan todavía caliente perfuma la cocina. Por primera vez en años me da náuseas ese olor. Liam deja las llaves sobre la mesa, lejos de mí, como si también necesitara tener las manos vacías.

—No intentaba protegerte de la verdad. Quería que llegaras a la final sin otra cosa sobre los hombros.

—La final no es solo mía. El contrato tampoco. Y Santoro no te ofreció una cita para hablar de cocina.

—Lo sé.

—Lo sabías anoche.

Clara exhala por la nariz y se vuelve hacia la puerta de la despensa. Le agradezco que no diga nada. Si abre la boca, quizá le pida que elija un bando, y ya hay suficiente gente haciendo eso por mí.

Liam se acerca un paso. Se detiene junto a la balanza, donde todavía está el salero de anoche.

—Quise decírtelo.

—Pero no lo hiciste.

Su teléfono vibra sobre la mesa. La pantalla se ilumina con el nombre de Rachel. Liam no contesta.

—Tenemos que ir a Medialab —dice Clara, sin apartar la vista de la puerta—. Ya.

Guardo el cuchillo de mi padre en su estuche y el teléfono en el bolsillo del delantal. El peso del mango me golpea la cadera al moverme.

—Vamos —digo.

* * *

Rachel nos espera en una sala de reuniones del segundo piso, lejos del Plató 4.

Hay dos botellas de agua cerradas frente a cada silla y una pantalla con el titular congelado.

Un abogado del canal revisa papeles junto a la ventana.

Derek está de pie junto a la pantalla, sin micrófono y sin la sonrisa que usa para las cámaras.

Rachel señala cuatro sillas. Clara se sienta a mi izquierda. Liam ocupa la de enfrente; la mesa nos deja demasiado espacio para tocarlo y demasiado poco para ignorarlo.

—La dirección suspendió todos los ensayos hasta nuevo aviso —dice Rachel—. No es una descalificación. Todavía.

—¿Todavía? —pregunto.

El abogado gira una hoja hacia nosotros. El contrato filtrado está impreso en blanco y negro. Mi firma parece más firme en papel que en la pantalla.

—El reglamento de esta edición exige que las parejas seleccionadas presenten una relación existente, pasada o en desarrollo fuera del programa —dice—. La campaña promocional se basó en esa declaración.

—Nuestra cocina no es falsa —digo.

—No he dicho que lo sea.

—Pero van a decidir si podemos competir por una fotografía de Liam entrando a un hotel y por un documento privado.

Derek cruza los brazos.

—Van a decidirlo porque el documento dice que la relación era una estrategia. Y porque Halcón tiene una opción sobre la manzana que ustedes prometieron defender delante de millones de personas.

—No les prometimos nada que no estuviéramos haciendo —dice Clara.

Rachel se inclina hacia delante.

—Clara tiene razón sobre el edificio. El problema no es si la amenaza inmobiliaria existe. El problema es si Medialab convirtió una mentira en el relato de su temporada.

Liam mueve una de las botellas de agua con dos dedos. El plástico roza la mesa.

—Halcón filtró esto para sacarnos de la final.

—Necesitamos algo más que una conclusión razonable —responde el abogado—. Necesitamos saber qué ocurrió en el Hotel Aster y si alguno de ustedes recibió dinero, instrucciones o ventajas a cambio de manipular la competencia.

La palabra dinero me lleva de vuelta a la cocina de mi padre: las carpetas cerradas, el socio hablando demasiado bajo, mi madre leyendo cifras con los labios apretados. Me obligo a mirar al abogado.

—No recibí nada.

—¿Y usted, chef Bennett?

Liam me mira antes de responder. Solo un segundo, pero lo hace.

—No recibí nada.

—¿Se reunió con el señor Santoro?

—Sí.

Rachel cierra los ojos un momento. Derek mira hacia la pantalla, donde la fotografía vuelve a mostrar la puerta del hotel.

—¿Por qué? —pregunta el abogado.

—Quería que me retirara o saboteara a Sofía. Dijo que pagaría mi deuda y compraría Éter.

El aire acondicionado me enfría los antebrazos. Nadie habla durante varios latidos del reloj que Liam no lleva puesto.

—¿Y qué respondió? —pregunta Rachel.

—Que no.

El abogado anota algo. No sé qué palabra eligió.

—¿Puede demostrarlo?

Liam no contesta de inmediato.

En la pantalla, una notificación aparece sobre el titular: MÁS DE DOS MILLONES DE REPRODUCCIONES. Rachel la cierra con el control remoto.

—La junta de estándares escuchará sus declaraciones por separado —dice—. Hasta entonces, no hablen con prensa ni publiquen nada. Si encontramos evidencia de que el programa fue inducido a contratarles bajo una identidad falsa, podrían quedar fuera de la final.

—¿Cuándo van a decidir? —pregunto.

—Mañana por la tarde, como máximo.

Cuatro días. Ese es todo el margen que queda antes de la final, y ahora Medialab puede quitárnosla con una reunión de cuarenta minutos.

El abogado recoge las copias del contrato. Cuando toma la mía, queda una marca gris de tinta en la mesa.

—Empezaremos con la chef Carranza —dice.

Clara se pone de pie al mismo tiempo que yo.

Liam también se levanta.

—Sofía.

No quiero que use mi nombre con esa voz. Mucho menos delante de una mesa que acaba de convertir nuestra historia en un expediente.

—Hablaré con ellos —digo—. Después no sé qué voy a hablar contigo.

Salgo antes de que responda.

* * *

Al volver a La Alacena, las persianas siguen a medias.

Los fotógrafos han dejado vasos de café vacíos en la acera y un micrófono abandonado contra la maceta de albahaca.

Clara se queda afuera para llamar a Noah; dice que necesita saber si Halcón también está moviendo algo contra la revisión histórica.

Entro sola por la puerta trasera. El caldo que dejé sobre el fuego ha reducido hasta pegarse al fondo de la olla. El olor amargo se ha metido en las cortinas, en mi pelo, en el paño de cocina.

Apago la hornilla. Raspo la capa oscura con una cuchara de madera hasta que el metal proteste.

En el teléfono hay otra alerta. La fotografía de Liam sigue ocupando la pantalla cada vez que lo enciendo.

Clara entra sin hacer ruido. Trae la mochila cerrada contra el pecho.

—Noah dice que la revisión histórica sigue adelante —dice—. Halcón no puede frenar el expediente con una noticia de chismes. Al menos no hoy.

—Qué alivio. Una cosa menos que pueden convertir en un titular.

Clara se apoya en el marco de la puerta. Afuera, una cámara dispara otra vez; el destello se cuela por la persiana y corta la pared en dos.

—¿Quieres que me quede?

Miro la olla. La cuchara ha levantado una costra negra que no va a salir con agua caliente ni con tiempo.

—Quiero que cierres la puerta cuando salgas.

Clara tarda un segundo. Luego asiente.

—Te escribo cuando llegue a casa. Y no abras si escuchas que alguien toca.

—No voy a abrir.

Cuando la puerta trasera encaja, el teléfono empieza a sonar. LIAM BENNETT ocupa la pantalla. Lo dejo sonar hasta que corta. Después llega un mensaje.

LIAM

No acepté nada. Déjame explicarte el resto.

Pongo el teléfono boca abajo sobre la mesa. La pantalla golpea la madera con un ruido seco. Vuelvo a raspar la olla.