A fuego lento Capítulo 7
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Capítulo 7

Derek espera a que todas las parejas estén en sus islas para explicar una prueba que, por supuesto, podría haber resumido en una frase.

—Esta noche no buscamos quién cocina mejor a solas —declara, caminando frente a las cámaras con el micrófono en la mano—. Buscamos quién sabe confiar cuando el reloj empieza a comerles los talones.

Las gradas aplauden. A mi derecha, Liam ajusta el nudo de su delantal negro. No lleva el reloj; producción se lo ha quitado porque su publicidad no estaba autorizada. Sin él, sus manos parecen buscar una tarea.

—La prueba se llama «Relevo a ciegas». Cada integrante cocinará veinte minutos sin poder hablar con su pareja. Cuando suene la campana, cambian de puesto. No podrán desechar nada de lo que el otro haya preparado. Ingrediente obligatorio: pato. Y tendrán sesenta minutos para presentar cuatro platos.

Una pantalla se enciende detrás de Derek. Aparece un pato entero, cuatro canastas de productos y un cronómetro rojo.

—Qué generoso —murmuro.

—Podría ser peor —dice Liam.

—No tientes a la producción.

Derek se acerca a nuestra isla con esa sonrisa que usa cuando cree haber encontrado una grieta.

—Los chefs de Calle Ocho. Después de su romántica cita de anoche, ¿será difícil guardar silencio?

El público suelta una risita entrenada. Siento que las cámaras esperan mi reacción.

—Para mí no —digo—. Liam habla más cuando está incómodo.

Él me mira de lado.

—Eso es una observación muy íntima para una primera cita.

—Era una cena de trabajo.

—Qué decepción para quienes pagaron el vino.

Derek ríe, satisfecho. Las cámaras se alejan hacia otra pareja. Bajo la encimera, Liam roza con los nudillos el dorso de mi mano.

—No sé cuál de los dos empieza —dice.

—Yo. Tomo el pato, hago el fondo y dejo la carne lista. Tú terminas la salsa y emplatas.

—Si dejas la salsa demasiado espesa, no la puedo arreglar sin tirar tiempo.

—Si la dejo demasiado líquida, puedes pesarla hasta que se sienta culpable.

—Eso no es cómo funciona una báscula.

—Esta es tu oportunidad de demostrar que sí.

La campana nos separa. Liam se queda en la isla, con las manos detrás de la espalda, mientras yo corro hacia la despensa.

No puedo hablarle. Tampoco necesito hacerlo para entender lo que espera de mí: orden, una base limpia, margen para corregir.

Él también entiende lo que espero de él: que no convierta lo que hago en una versión más pequeña de su propia idea.

El pato llega frío y pesado bajo mis dedos.

Separo las pechugas, corto los muslos y guardo los huesos para un fondo rápido.

En la canasta hay apionabo, pasta de miso rojo, ciruelas rojas, un manojo de estragón y una botella de ron oscuro.

No es una combinación que hubiese elegido, pero el apionabo me da una salida.

Asado, machacado y ligado con el fondo y el miso: terroso, salado, con el pato haciendo el trabajo pesado.

La parrilla escupe grasa. Doro los huesos, corto el apionabo en dados pequeños, lo aso directamente sobre la plancha y dejo las pechugas selladas, todavía rosadas por dentro. A los doce minutos, una cámara se planta junto a mi codo.

—Sofía, ¿qué le estás dejando a Liam? —pregunta una voz de producción desde fuera de plano.

—Una oportunidad de no arruinarlo.

Las gradas ríen. No miro hacia donde está él. Si lo hago, voy a querer corregirle el gesto o buscar su aprobación, y ninguna de las dos cosas me ayuda a cocinar.

Pongo el apionabo en un cuenco grande, añado una cucharada de miso rojo y un poco de fondo.

El plan era triturarlo después con el emulsionador térmico de Liam, hasta dejarlo sedoso.

En su turno, él puede montarlo con mantequilla y corregir la sal.

Me obligo a dejar de pensar en cada paso que tomará.

Eso es exactamente lo que pide la prueba.

Cuando faltan dos minutos, escribo en la pizarra pequeña de la isla: PATO 52 °C / SALSA: APIONABO + MISO + FONDO. CIRUELA AL RON. No puedo decirle que confío en él. Le dejo temperaturas y verbos. Es lo más parecido que tenemos.

La campana suena. Liam llega hasta la mesa al mismo tiempo que yo me aparto. Por primera vez lo veo desde fuera, trabajando con lo que dejé. Lee la pizarra. Toca el pato con la yema de los dedos, prueba el fondo y asiente casi imperceptiblemente.

Esa mínima aprobación me alegra más de lo razonable.

Ahora debo quedarme en una tarima lateral junto a los otros concursantes.

No puedo intervenir. Las gradas, el jurado y las pantallas ocupan el lugar que antes tenía el ruido de una cocina.

Liam se mueve sin prisa aparente. Pela las ciruelas, prende el ron en una sartén y deja que el alcohol se apague antes de añadir la fruta.

A los dieciocho minutos, mete el apionabo al emulsionador.

La máquina responde con un zumbido. Su mano descansa sobre la tapa. El plato empieza a encontrar forma.

Entonces la pantalla de la isla parpadea.

El zumbido se corta.

Liam levanta la tapa. La mezcla de apionabo sigue gruesa, con fibras y trozos enteros. En la pantalla aparece un mensaje de error. La inducción y las lámparas siguen encendidas; solo la toma de pequeños equipos ha muerto.

—¿Qué ocurre? —pregunta Derek, encantado de que el azar tenga buen ritmo televisivo.

Un técnico corre hacia la isla. Prueba el enchufe, mira el panel lateral y niega con la cabeza.

—El circuito auxiliar saltó. Necesitamos reiniciarlo desde control.

—¿Cuánto tardará? —pregunta Liam.

—No lo sé.

El cronómetro marca ocho minutos y cuarenta segundos. No se permite tocar a la pareja hasta que termine la segunda fase. Las reglas me mantienen quieta en la tarima, con las manos apretadas contra el delantal.

Liam mira la salsa. Mira el emulsionador apagado. Después busca con la vista una salida y encuentra el mortero de piedra que usé para las especias, al final de la encimera.

Lo toma. No es el tipo de herramienta que le gusta. Lo sé por la forma en que la sostiene, como si quisiera calcular la fuerza exacta que hace falta para convertir el choque en otra cosa.

Vierte una porción de apionabo caliente, agrega un poco más de miso y empieza a machacar.

El golpe de la maja contra la piedra llega seco hasta la tarima. Uno. Dos. Tres. No tiene la textura fina que prometía. Liam añade fondo en pequeñas cantidades, machaca otra vez, raspa los lados con una cuchara. El cronómetro baja a siete minutos.

—Vamos —susurro. No sé si me oye.

El técnico sigue hablando por el auricular.

Derek se desplaza hacia otras islas, pero una cámara no abandona a Liam.

Él no la mira. Tiene una mancha rojiza de miso en el puño de la camisa y el hombro rígido por el esfuerzo.

Con el mortero no puede usar la eficiencia de una máquina; necesita prestar atención a cada fibra que cede bajo la piedra.

Prueba la salsa. Se detiene.

No sé si está mal o si acaba de descubrir que puede ser mejor.

Liam añade mantequilla, no para esconder el apionabo, sino para redondearlo.

Vuelve a machacar. Esta vez el ritmo cambia: menos fuerza, más giro.

La salsa se vuelve rugosa y brillante, con un dulzor que quizá una máquina habría limado hasta borrarlo.

La campana de la segunda fase suena cuando quedan cinco minutos. Por fin puedo volver a la isla.

—No está lisa —dice Liam, sin saludarme.

—No tiene por qué estarlo.

—El plato que planteamos...

—Ya no existe. Tenemos otro.

Lo digo mientras pruebo la salsa. El sabor me llena la boca: apionabo tostado, la sal profunda del miso, mantequilla y una textura que pide pato en lugar de competir con él.

—Dame el colador grueso —le pido.

—Sofía, si la cuelas, vas a perder...

—No voy a colarla. Voy a quitarle las fibras quemadas. Confía en mí.

No le queda tiempo para preguntar. Me pasa el colador.

Liam corta el pato en lonchas y yo presiono la salsa apenas lo suficiente.

Los trozos de apionabo quedan donde deben; la parte áspera, fuera.

Él coloca la ciruela al ron junto a la carne.

Yo dibujo un círculo de salsa en cada plato con el dorso de la cuchara.

Nos movemos en torno a la isla sin chocarnos, cada uno tomando lo que el otro deja libre.

—Sal —dice él.

—Ya la puse.

—No la suficiente.

—Prueba la ciruela antes de discutir.

Lo hace. Añade una pizca al pato y retira el salero antes de que pueda burlarme.

Quedan treinta segundos. Liam coloca una hoja de estragón sobre el último plato. Yo la retiro y la cambio por tres dados dorados de apionabo. Él me mira.

—Eso es una decoración excesiva.

—Es un final feliz.

La campana nos corta. No hemos tomado las manos. Ni siquiera estoy segura de dónde quedaron las nuestras. Pero al levantar la vista, Liam tiene una línea de salsa sobre la muñeca y una expresión que conozco bien: está preparado para defender el plato aunque le cueste el orgullo.

El jurado llega primero a nuestra isla. La jueza francesa rompe el pato con el tenedor. El centro está rosado, húmedo. Derek prueba la salsa y sus cejas se elevan.

—Bennett, ¿dónde está la seda que suelen prometer sus emulsiones?

Liam mira el mortero, cubierto por una pasta beige y rojiza. Podría justificar el fallo técnico. Podría culpar a la producción. En cambio, se vuelve hacia mí.

—En el plato que imaginamos al principio. Este plato tiene otra textura porque Sofía entendió que la textura no era el objetivo.

El crítico local toma otra cucharada.

—La salsa tiene carácter. Se nota el apionabo, se nota la mano. Y el pato no se pierde.

La jueza asiente.

—La técnica no siempre consiste en borrar las huellas del ingrediente. Bien resuelto.

El aplauso del público me golpea en el pecho. Liam se inclina apenas hacia mí.

—Lo sabías —murmura.

—No. Solo sabía que ibas a seguir golpeando esa piedra hasta que te sangraran las manos.

—No fue tan dramático.

Miro sus nudillos. Uno está rojo, pero no abierto. Saco un paño húmedo de debajo de la mesa y se lo paso. Él lo recibe sin apartar la mirada.

El resultado de la noche se anuncia una hora después. Entramos en la siguiente fase. La producción reproduce, en una pantalla gigante, el momento en que Liam levanta el mortero y yo regreso a la isla. El público vuelve a aplaudir. Derek aprovecha para acercarse con el micrófono.

—Parece que la relación de ustedes funciona mejor sin electricidad.

Liam me ofrece la mano. Esta vez no mira a una cámara antes de hacerlo.

—Funciona cuando ella no me deja rendirme —dice.

Derek vuelve el micrófono hacia mí.

—¿Y qué ha aprendido usted de su novio esta noche?

La palabra novio cae con la familiaridad de una chaqueta prestada. Podría responder con una broma y dejar a todos contentos. Liam no me aprieta la mano. Me deja elegir.

—Que sabe cambiar de plan sin dejar de mirar el plato que tiene delante —digo—. Es más difícil de lo que parece.

Durante un instante, su expresión pierde toda forma de espectáculo. Después Derek recupera el control de la escena y gira hacia el público con otra pregunta, pero Liam sigue a mi lado.

Se oyen voces desde las gradas. Yo entrelazo mis dedos con los suyos porque es lo que esperan, porque el gesto ya tiene práctica, porque quizá también por otra razón que no quiero tocar todavía.

—No te acostumbres —contesto.

Su pulgar se mueve sobre el mío, una sola vez.

—Demasiado tarde.

En el pasillo trasero, mientras nos quitan los micrófonos, Rachel pasa corriendo y grita que el clip del mortero ya se está moviendo en redes. Clara le persigue con mi bolso en una mano y una lista de mensajes en la otra.

—La gente está usando corazones morados —dice Clara—. No sé por qué. Supongo que por las ciruelas. O por el amor. Internet ha decidido que ambas cosas son iguales.

—Internet necesita salir más —responde Liam.

—Internet está pagando su exposición, cariño.

Liam alcanza una botella de agua y me la entrega antes de beber de la suya. El gesto es sencillo. Aun así, guardo la botella como si tuviera algo que ver con ganar.