La oferta final #7
—No siempre.
—¿Ahora no?
—Ahora solo quiero que vengas.
Él la siguió hacia la sala infantil. Los libros esperaban en las estanterías. La puerta estaba abierta.
El segundo proyecto
La Casa de la Biblioteca recibió una propuesta para ampliar su programa con una residencia de escritores. Clara veía una oportunidad para atraer lectores y financiar talleres. Marcos temía que el barrio perdiera prioridad.
—No podemos aceptar todo el dinero si no aceptamos las condiciones —dijo él.
—Podemos negociar.
—Eso no significa que debamos cederlo todo.
—No he dicho eso.
—Pero siempre encuentras una manera de convertir un límite en una posibilidad.
—Y tú siempre encuentras una manera de convertir una posibilidad en una amenaza.
La discusión duró varios días. Ninguno quiso resolverla antes de entender qué defendía realmente. Clara quería que escritores de fuera compartieran sus conocimientos. Marcos quería garantizar que cada actividad siguiera siendo gratuita para los vecinos.
La cooperativa diseñó un acuerdo intermedio: una residencia de tres meses, con talleres obligatorios y una parte del presupuesto reservada a actividades del barrio. No era la propuesta de ninguno de los dos.
—Hemos elegido una tercera opción —dijo Clara.
—La cooperativa se está volviendo independiente.
—Qué inconveniente.
—Terrible.
El primer escritor residente llegó en primavera. Era una mujer que había crecido en el barrio y regresaba después de veinte años. Organizó un taller sobre memoria y casas. Amalia participó. También el padre de Marcos, que se sentó al fondo y no habló hasta el final.
—No sabía que escribías —dijo Marcos.
—No escribo. Recuerdo.
—Es parecido.
—No siempre.
El proyecto de Lisboa
Marcos recibió una oferta para dirigir la segunda fase de las viviendas cooperativas de Lisboa. El contrato duraría seis meses y requería viajar una semana al mes. La propuesta era exactamente el tipo de trabajo que había querido hacer antes de conocer a Clara.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó ella.
—Quiero aceptarlo.
—Entonces acéptalo.
—¿Así de fácil?
—No. Pero no quiero que rechaces una oportunidad para demostrar que me quieres.
—¿Y si tú cambias de opinión?
—Te lo diré.
—¿Y si la cambio yo?
—Me lo dirás.
—¿Y si nos alejamos?
Clara miró el anillo.
—Entonces hablaremos antes de decidir que la distancia es la respuesta.
Marcos firmó el contrato. Prepararon un calendario de viajes, un presupuesto y una lista de cosas que no querían repetir: llamadas únicamente para hablar de problemas, silencios usados como castigo y decisiones tomadas en nombre del otro.
—¿Qué quieres que te envíe? —preguntó él antes de marcharse.
—Una fotografía de algo que te guste.
—¿Algo concreto?
—Una ventana bonita.
—Eso es muy específico.
—Eres arquitecto.
El tren salió un lunes por la mañana. Clara esperó en el andén hasta que desapareció. Luego volvió a la librería, abrió la puerta y empezó el día.
Las ventanas
Marcos cumplió su promesa. Envió fotografías de ventanas antiguas, balcones llenos de plantas y una abertura rectangular que daba a un patio de ladrillo.
Clara le respondía con fotografías de Madrid: la silla de Amalia, el mural infantil, una caja de libros nuevos y la planta de la cocina, que finalmente había sobrevivido.
Durante el primer mes, las fotografías sustituyeron a las conversaciones largas. Después, los dos admitieron que necesitaban más.
—No quiero que nuestra relación sea una colección de imágenes bonitas —dijo Clara.
—Yo tampoco.
—Quiero saber cómo estás.
—Estoy cansado.
—Eso ya lo sé.
—Tengo miedo de no estar haciendo suficiente.
—Eso también lo sé.
—¿Cómo?
—Porque te conozco.
Marcos guardó silencio.
—Estoy aprendiendo a estar en un lugar sin convertirlo en una misión —añadió.
—¿Y cómo va?
—Lento.
—Lento es mejor que quieto.
—Eso lo dices tú.
—Lo he aprendido de ti.
La visita inesperada
Clara viajó a Lisboa sin avisar. No quería convertir la visita en una prueba, pero tampoco quería esperar a que el calendario la autorizara. Encontró a Marcos en la obra, rodeado de planos y trabajadores.
Él tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a ver una ventana.
Marcos la abrazó con tanta fuerza que le levantó los pies del suelo.
—No sabía que venías.
—Era la idea.
—Podrías haberme avisado.
—Podría.
—Me alegro de que no lo hicieras.
Pasaron el fin de semana caminando junto al río, visitando librerías y comiendo en lugares pequeños. Clara conoció a una vecina que participaba en el proyecto. Le contó que la biblioteca sería el primer lugar del barrio con una sala de lectura abierta por la noche.
—Marcos dice que la luz importa —dijo la mujer.
—La luz importa.
—También dice que la gente necesita lugares donde no tenga que comprar nada.
Clara miró a Marcos.
—Eso lo aprendió en Madrid.
—Entonces Madrid también está aquí.
El domingo, antes de que Clara regresara, Marcos le enseñó una ventana que aún no estaba instalada.
—Cuando esté terminada, se verá el patio.
—¿Y qué habrá en el patio?
—Un árbol y una mesa.
—¿Para quién?
—Para quien quiera sentarse.
Clara le besó.
—No conviertas todo en una librería.
—No prometo nada.
La noticia de Amalia
Amalia volvió a sentirse mal durante el verano. Esta vez el problema era más serio. Tuvo que ingresar en el hospital para realizarle pruebas. Clara pasó varias noches en la sala de espera con Lucía. Marcos regresó de Lisboa antes de tiempo.
—No deberías haber dejado la obra —dijo Clara.
—La obra puede esperar.
—No siempre.
—Amalia tampoco puede esperar siempre.
El diagnóstico no fue una tragedia inmediata, pero sí una advertencia. Amalia tendría que reducir su actividad y aceptar ayuda.
—No quiero que cerréis la librería por mí —dijo.
—No la vamos a cerrar —respondió Clara.
—Tampoco quiero que la convirtáis en un monumento.
—No lo haremos.
—Y no quiero que nadie diga que todo empezó conmigo.
Marcos se sentó junto a la cama.
—Todo empezó con muchas personas.
Amalia sonrió.
—Ahora empiezan otras cosas.
Decidieron crear una dirección compartida para que la librería no dependiera de una sola persona. Clara y Lucía coordinarían la programación. Marcos se encargaría de las obras. Daniel revisaría las cuentas. Amalia mantendría una pequeña sección de recomendaciones desde casa.
—¿Y si nadie quiere leer mis recomendaciones? —preguntó.
—Entonces compraremos los libros nosotros —dijo Clara.
—Eso sería manipular el mercado.
—Será una conspiración familiar.
Amalia volvió a casa con una carpeta llena de nombres. No quería retirarse. Quería cambiar su forma de estar.
La decisión de Clara
La editorial ofreció a Clara dirigir el ciclo literario de manera permanente. El trabajo requería más viajes, pero también le permitiría elegir autores y proyectos. La propuesta llegó justo cuando Marcos debía ampliar su estancia en Lisboa.
—Parece que nuestras carreras se han puesto de acuerdo para complicarlo todo —dijo él.
—No quiero rechazarlo.
—No lo hagas.
—Tampoco quiero que nuestra casa sea solo un lugar donde dejamos las maletas.
—Entonces tendremos que inventar otra manera de usarla.
—¿Cómo?
—Podemos trabajar desde allí. Invitar a autores. Hacer talleres híbridos. No será perfecto.
—No quiero que mi vida sea un problema logístico.
—Mi vida tampoco.
Clara aceptó el puesto con una condición: conservar dos días a la semana para trabajar en Madrid y mantener la programación de la Casa de los Márgenes. La editorial aceptó.
—No sé si esto será sostenible —dijo.
—No tienes que saberlo antes de intentarlo.
—Ahora hablas como yo.
—Puedo ser una mala influencia.
Clara sonrió.
—Eso ya lo eras.
La última semana en Lisboa
La última semana del proyecto fue la más difícil. Había que entregar los planos definitivos, resolver varios cambios de presupuesto y presentar el edificio a la comunidad. Marcos dormía poco y respondía a los mensajes con frases cada vez más breves.
Clara intentó no preocuparse. No siempre lo consiguió.
—¿Qué necesitas? —preguntó durante una llamada.
—Que me digas algo que no tenga que ver con la obra.
—El manuscrito nuevo tiene un personaje que se parece a ti.
—¿Es insoportable?
—Es más alto.
—Entonces no soy yo.
—También cree que puede arreglarlo todo.
—Eso sí.
—Y no sabe pedir ayuda.
—Estás describiendo a media ciudad.
—La otra mitad sabe pedirla, pero no sabe escuchar.
Marcos rió. El sonido se cortó por una mala conexión.
—Te he perdido.
—Sigo aquí.
—No te oigo.
—Sigo aquí.
Clara se quedó mirando la pantalla congelada. La frase parecía pertenecer a los dos.
El día de la presentación, Marcos habló ante los vecinos del proyecto. Explicó qué materiales habían utilizado, cómo se repartirían los espacios y qué cambios podían hacer en el futuro. Cuando terminó, una mujer preguntó si el diseño podía modificarse.
—Sí —respondió—. Un edificio tiene que poder cambiar con las personas que lo usan.
La mujer sonrió.
—Entonces es un buen edificio.
Marcos tomó una fotografía de la ventana del patio y se la envió a Clara.
«La última», escribió.
Ella respondió: «No será la última ventana».
La espera
Clara esperaba el regreso de Marcos en la librería. No quería preparar una fiesta. Él odiaba las sorpresas. Organizó una actividad con niños y fingió que no miraba la puerta cada cinco minutos.
Amalia la observó.
—Estás nerviosa.
—No.
—Llevas tres veces ordenando los mismos lápices.
—El orden es importante.
—En los lápices, no tanto.
Marcos llegó por la tarde. No llevaba flores ni regalos. Traía una bolsa con pan, queso y una botella de vino.
—He pensado que quizá no habías comido.
—Eso es muy poco espectacular.
—También tengo una fotografía.
—La aceptaré.
Se abrazaron en mitad de la sala. Los niños continuaron dibujando alrededor de ellos.
—¿Has terminado? —preguntó Clara.
—He entregado el proyecto.
—¿Y qué harás ahora?
—Volver a aprender dónde están las cosas en casa.
—No han cambiado tanto.
—Tú sí.
Clara se separó.
—¿Eso es bueno?
—Es verdadero.
—No me gusta que me digas que he cambiado como si fuera una sorpresa.
—Me gusta. Antes te defendías antes de saber si alguien quería hacerte daño.
—Ahora también.
—Pero preguntas primero.
—A veces.