A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9) CAPÍTULO 40
100%

CAPÍTULO 40

La grabación completa

La caja nueve salió del depósito dentro de otra caja transparente.

Dos funcionarios empujaron el carro hasta la mesa de inspección, mientras una técnica comprobaba los precintos contra la resolución. El plástico olía a polvo antiguo y el lector emitía un pitido breve cada vez que aceptaba un código.

Yo permanecí detrás de la línea roja.

Robles dejó la autorización junto al libro de entradas.

—Abran solo el embalaje exterior.

El funcionario cortó la cinta. Dentro apareció una bolsa gris, doblada alrededor de una unidad pequeña y pesada, con una etiqueta casi borrada: SOPORTE ILEGIBLE.

Sonia acercó la fotografía tomada doce años atrás.

La esquina amarilla coincidía. También una grieta junto al conector y dos restos de adhesivo en la carcasa.

—Número de serie —dijo Robles.

La técnica limpió únicamente la zona impresa y leyó los caracteres sin tocar el puerto. Los primeros nueve coincidían con el registro de la imagen espejo; los tres últimos pertenecían al soporte auxiliar retirado por Seijas.

El aire se quedó atrapado debajo de mi lengua.

—Es M-1 —dije.

—Es el dispositivo registrado como M-1 —respondió Sonia—. El contenido viene después.

Nadie me estaba frenando. Aun así, mantuve las manos dentro de los bolsillos.

La unidad pasó a una bolsa nueva y fue trasladada a la sala técnica. Allí la conectaron mediante un bloqueador de escritura, mientras dos cámaras grababan la pantalla, las manos de la perita y cada número que aparecía.

La barra de lectura avanzó hasta el cuarenta por ciento.

Se detuvo.

La perita cambió el cable. El ventilador del equipo expulsó aire caliente y el disco emitió tres golpes secos.

—No lo fuerce —dijo Robles.

—No lo estoy forzando.

La mujer redujo la velocidad de lectura y abrió una copia bit a bit. Esta vez la barra continuó, más lenta, hasta completar la imagen forense.

Sonia comparó el hash con la referencia conservada en los metadatos antiguos.

Coincidía.

El teléfono oficial de Robles vibró antes de que la perita cerrara el informe.

Mediante una resolución enviada esa mañana, la jueza había confirmado la prisión provisional de Cid y mantenía a Seijas bajo custodia hasta completar su nueva declaración; Custodia Atlántica quedaba intervenida, con las rutas bloqueadas y los vehículos precintados.

Sonia deslizó cuatro carpetas por la mesa.

—Varela, Mercedes, manipulación de pruebas y compradores.

—¿Todo junto? —pregunté.

—Solo mientras separamos responsabilidades.

Robles firmó la recepción de M-1 y devolvió el bolígrafo.

—Cid responderá por las muertes. Seijas, por lo que conservó, vendió y activó. Los compradores tendrán sus propios procedimientos.

—¿Y los empleados?

—Los que obedecieron sin saber no son iguales que quienes cambiaron matrículas, limpiaron vehículos o prestaron credenciales.

La perita retiró el cable y colocó un sello sobre el puerto. El clic sonó pequeño para todo lo que acababa de quedar inmovilizado.

—A Coruña está cerrada —dije.

Robles negó.

—El caso está cerrado para nosotros. Para los muertos empieza ahora la parte que no veremos.

No contesté. Sonia guardó las carpetas y dejó únicamente la copia forense sobre la mesa, separando el asesinato que habíamos resuelto de la grabación que todavía me pertenecía demasiado.

La carpeta principal contenía una grabación de once minutos, treinta y dos segundos. Fecha, hora y origen correspondían a la noche de David.

Robles dejó el ratón.

—La visualización requiere el segundo auto.

—Ya está solicitado —dijo Sonia.

—¿Cuánto?

—Puede llegar esta tarde.

Miré la miniatura congelada. Seijas aparecía junto al receptor y una manga clara entraba por la derecha.

Podía esperar unas horas.

También podía volver.

—Me voy a Madrid —dije.

Robles levantó la vista.

—La autorización puede llegar antes de que salgas de la estación.

—Entonces la veréis sin mí.

—Has buscado esto durante doce años.

Saqué el dinosaurio del bolsillo. La pata doblada seguía señalando hacia ningún sitio útil.

—Por eso no voy a llegar otra vez cuando ya no quede nadie esperando.

Sonia cerró la carpeta digital y precintó la copia.

Robles observó el juguete.

—La extracción queda aquí. La revisión podrá hacerse mañana desde la sala segura de Madrid.

—¿Tú?

—Tengo que declarar sobre Cid y cerrar el registro.

—Eso no responde.

—Llegaré.

No prometió una hora.

Yo tampoco se la pedí.

Cuando el tren cruzó el viaducto de entrada a Madrid, Clara escribió que estaban despiertos. No contesté con una explicación; guardé el teléfono y sostuve la mochila entre las rodillas hasta que las puertas se abrieron.

Martina apareció primero en el andén.

Corrió seis pasos y frenó delante de mí, como si alguien le hubiera recordado que debía comprobar algo antes de abrazarme.

—El dinosaurio.

Se lo entregué. Examinó la pata, la espalda y una marca nueva en el costado.

—Está más sucio.

—Ha trabajado.

Lucas llegó detrás y cogió mi mochila sin preguntar. Clara se detuvo a un brazo de distancia.

—¿Existe?

Asentí.

Ella tocó la cremallera de mi chaqueta.

—¿Lo has visto?

—No.

Lucas dejó la mochila en el suelo.

—¿No te dejaron?

—No quise verlo sin volver primero.

Clara bajó la mano. Martina colocó el dinosaurio entre los dos.

—Entonces ya has vuelto.

La frase me atravesó más despacio que cualquier golpe del puerto.

Cogí la mochila. Lucas intentó recuperarla, pero negué con la cabeza.

—Esta la llevo yo.

Salimos hacia el aparcamiento. Nadie preguntó qué contenían los once minutos mientras caminábamos, y el silencio no se pareció al de una casa cerrada, sino al espacio que alguien conserva para dejarte entrar.

A la mañana siguiente, Robles ya estaba en la sala segura.

Tenía el mismo abrigo de A Coruña y un vendaje pequeño sobre la muñeca. Sonia aparecía en una pantalla lateral desde Galicia, junto a la perita que había realizado la copia.

El auto autorizaba visualizar el archivo principal. Nada más.

Robles señaló la silla.

—Esta vez has llegado después que yo.

—Esta vez llegué donde tenía que llegar.

La perita activó la grabación.

La habitación de Salamanca apareció con una claridad que ninguna fotografía había conservado. Seijas entró empujando el carro; detrás venía Varela, más joven, con la bata abierta y los guantes todavía puestos.

En el pasillo sonó mi propia voz.

Pedía que me dejaran ver a David.

Mis dedos se cerraron alrededor del borde de la silla, pero no me levanté.

Varela miró hacia la puerta y después al receptor.

—Sigue grabando —dijo.

Seijas abrió el compartimento.

—Hasta que corten desde control.

—Entonces copia antes.

No hablaban como socios. Varela vigilaba el pasillo; Seijas comprobaba puertos, cables y espacio disponible, moviéndose con la rapidez de quien ya había aprovechado otros descuidos.

La imagen saltó unos segundos.

Sergio apareció al fondo, sujetándome por un brazo mientras otro agente cerraba el paso. Yo forcejeaba, pero no entraba en la habitación ni tocaba el equipo.

La versión oficial había situado mi acceso antes de la retirada.

La grabación mostraba lo contrario.

Robles pausó.

No dijo que aquello me exculpaba. Tampoco hacía falta convertir once segundos en una sentencia.

—Continúa —dije.

Seijas conectó el soporte. Varela se acercó al cuerpo de David, fuera del encuadre, y pidió que nadie retirara nada hasta que llegara Científica.

Una voz respondió desde el pasillo.

—La secuencia ya está decidida.

No vimos la cara.

Sergio giró hacia quien hablaba, pero su cuerpo tapó el marco. Después llegó la orden de cortar once minutos y conservar únicamente el tramo posterior.

Varela miró el receptor.

—Guarda todo.

Seijas asintió.

La copia terminó antes de que la pantalla quedara negra.

La sala segura permaneció en silencio. Afuera, un carro pasó rozando la puerta y el sonido de sus ruedas me devolvió al pasillo que llevaba años recorriendo sin moverme.

—Varela intentó conservarlo —dije.

—Y Seijas lo convirtió en mercancía —respondió Robles.

—Yo no entré antes.

—No.

Una palabra.

Suficiente para cerrar una mentira, no una condena entera.

La perita movió el cursor hacia el final de la unidad. Había otro archivo, creado aquella misma noche y oculto fuera de la carpeta principal.

Robles levantó la mano antes de que lo abriera.

El auto no lo incluía.

La pantalla mostró únicamente el nombre.

TOPAS.

Mi teléfono vibró dentro del bolsillo. Martina había enviado una fotografía del dinosaurio limpio, sentado en mi silla de la cocina.

No abrí el segundo archivo.

Guardé el teléfono y miré a Robles.

—Mañana.

Ella apartó la mano del ratón.

—Mañana empezamos el último caso.

El nombre siguió en la pantalla, pero ya no parecía una puerta por la que tuviera que escapar solo.