72 horas de engaño Capítulo 7 La red bajo la ciudad #2
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Capítulo 7 La red bajo la ciudad #2

—No. Evan dice que solo le dijo: “Tu mamá está ocupada, yo puedo ayudarte con eso.” Tomó la mochila y luego se la devolvió. Pero en algún momento la cambió o se la llevó. No sé cómo.

Elena tuvo que morderse el labio para no perder el control.

Tan cerca.

Habían estado tan cerca de Evan.

—¿Evan está asustado?

—No mucho. Le dije que algunos adultos se confunden y que por eso ahora nosotros llevamos todo en la mano.

Elena quiso abrazar a Marta a través del teléfono.

—¿Cuánto falta para llegar a Clara?

—Cuarenta minutos, quizá más. Voy por una ruta lenta.

—No pares.

—No lo haré.

De fondo, Evan habló:

—¿Es mamá?

Elena sintió que el corazón se le quebraba y se le fortalecía al mismo tiempo.

—¿Puedo hablar con él?

—Un momento.

Hubo un cambio de sonido. Luego la voz de Evan apareció, pequeña y real.

—Mamá.

Elena cerró los ojos.

—Hola, mi amor.

—Marta dice que estamos haciendo una misión secreta.

Elena sonrió con lágrimas en los ojos.

—Marta tiene razón.

—¿Tú también estás en la misión?

—Sí.

—¿Eres la jefa?

—Por supuesto.

Evan soltó una risa bajita.

—Yo sabía.

Elena se tapó la boca un segundo, intentando no llorar.

—Escúchame, campeón. Necesito que hagas todo lo que Marta te diga. Aunque te parezca raro. Aunque tengas preguntas. ¿Puedes hacerlo?

—Sí.

—Y no hables con nadie que diga venir de parte de papá o de mí, a menos que Marta diga que está bien.

Evan guardó silencio.

—¿Papá es uno de los malos?

La pregunta fue tan directa que Elena sintió que el alma se le partía.

Daniela bajó la mirada.

Marta no intervino.

Elena respiró.

No podía mentirle por completo.

No podía decirle toda la verdad.

—Papá hizo cosas que no están bien —dijo con cuidado—. Y ahora mi trabajo es mantenerte seguro.

Evan tardó en responder.

—¿Está enojado con nosotros?

Elena sintió una lágrima caerle por la mejilla.

—No importa si está enojado. Tú no hiciste nada malo. ¿Me oyes? Nada.

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

La respuesta fue también para ella.

—Te quiero, mamá.

Elena apretó los ojos.

—Yo te quiero más que a todo el cielo.

—Eso es mucho.

—Muchísimo.

Marta volvió al teléfono.

—Seguimos moviéndonos.

—Gracias.

—Clara ya sabe que vamos. No le conté todo. Solo le dije que si abría la puerta sin hacer preguntas, quizá salvaría a su familia. Dijo que esa era la clase de frase que siempre quiso escuchar antes de morir de vieja.

Elena soltó una risa inesperada, rota pero real.

—Esa es Clara.

La llamada terminó.

Por unos segundos, Elena se permitió sentir alivio.

Evan estaba vivo.

Evan estaba lejos.

Evan aún podía reír.

Luego miró la lista sobre la servilleta.

Nathan también sabía eso.

Y si no podía alcanzar al niño, intentaría alcanzar a quienes lo protegían.

—Tenemos que avisar a Clara —dijo.

Daniela asintió.

—Y encontrar a Moreno.

Elena tomó el teléfono de Daniela y buscó el número del departamento de policía. Pero se detuvo antes de llamar.

—No puedo pedir por él como si fuera una consulta normal.

—Busque noticias antiguas —sugirió Daniela—. Tal vez aparece un correo, una oficina, algo.

Elena buscó “Detective Rafael Moreno Boston Lucas Bennett”.

Aparecieron artículos viejos. Uno mencionaba que Moreno había sido reasignado a la Unidad de Delitos Especiales después de “diferencias internas” en investigaciones de desapariciones.

Otro, más reciente, lo nombraba en un caso de fraude organizado.

Nada personal.

Nada directo.

Entonces Daniela sacó de su carpeta una tarjeta vieja.

—Me la dio hace tres años.

Elena la miró.

—¿Y por qué no lo llamó antes?

Daniela bajó la mirada.

—Lo llamé muchas veces. Al principio me respondió. Después dejó de hacerlo. No sé si por miedo, por orden o porque también se cansó de perseguir sombras.

Elena tomó la tarjeta.

Detective Rafael Moreno.

Había un número escrito a mano en la parte de atrás.

—¿Este es personal?

—Eso dijo.

Elena marcó.

El teléfono sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cuando estaba a punto de cortar, una voz masculina respondió.

—Moreno.

Elena enderezó la espalda.

—Detective Rafael Moreno.

—¿Quién habla?

—Mi nombre es Elena Harper.

Silencio.

No un silencio casual.

Un silencio de reconocimiento.

—¿Dónde consiguió este número?

—Daniela Bennett.

Otro silencio.

—¿Daniela está con usted?

Daniela tomó el teléfono.

—Estoy aquí, Rafael.

La voz del detective cambió.

—Daniela. ¿Qué está pasando?

Elena habló antes de que la duda se instalara.

—Encontré pruebas relacionadas con Lucas Bennett, con mi esposo y con una identidad falsa llamada Héctor Vale.

Moreno no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz era más baja.

—No diga ese nombre por teléfono.

Elena y Daniela se miraron.

—Entonces usted sabe quién es —dijo Elena.

—Sé que si está usando ese nombre, usted ya está en peligro.

—Mi hijo también.

Moreno respiró con fuerza.

—¿Dónde están?

Elena dudó.

Daniela negó con la cabeza.

Moreno pareció entender la pausa.

—Bien. No me diga. Escuche. Si está con Daniela, busquen un lugar público y manténganse en movimiento.

—Ya estamos en un lugar público.

—¿Tienen pruebas físicas?

—Sí. Una identificación de Héctor Vale con el rostro de Nathan. Una USB. Una grabación.

—¿Grabación de qué?

Elena apretó la cámara.

—De mi esposo hablando sobre encontrar a mi hijo antes de medianoche y sobre una identidad que ya no sirve.

Moreno soltó una palabra en voz baja que Elena no alcanzó a entender.

—Necesito ver eso.

—Nosotras necesitamos saber si podemos confiar en usted.

La respuesta de Moreno fue inmediata.

—No pueden.

Elena quedó helada.

—¿Perdón?

—No pueden confiar en mí completamente porque no me conocen. Eso significa que todavía están pensando bien. Pero pueden confiar en esto: si Héctor Vale está activo otra vez, no tienen mucho tiempo.

Daniela tomó aire.

—¿Otra vez?

Moreno no respondió.

—¿Dónde está el niño?

—Con una vecina, camino a Gloucester.

—¿Gloucester? ¿Con quién?

—Una tía —dijo Elena—. Clara Valdés.

Moreno hizo una pausa.

—¿Valdés?

Elena frunció el ceño.

—Sí.

—¿Clara Valdés era hermana de Isabel Valdés?

Elena sintió que una nueva puerta se abría bajo sus pies.

—Isabel era mi madre.

Moreno guardó silencio demasiado tiempo.

—Detective —dijo Elena—. ¿Qué sabe de mi madre?

La voz de Moreno perdió dureza por un instante.

—Más de lo que debería decirle por teléfono.

Elena sintió que la historia se expandía en direcciones que no esperaba.

—Nathan tenía archivos sobre mi familia. Sobre un fondo oculto. ¿Mi madre sabía algo?

—Su madre intentó denunciar a alguien hace muchos años.

—¿A quién?

—A una organización que entonces no tenía nombre. O que tenía demasiados.

Daniela cerró los ojos.

—La red.

Moreno continuó:

—Isabel Valdés no era una mujer fácil de asustar. Eso la convirtió en un problema.

Elena sintió que el aire se volvía pesado.

Su madre había muerto cuando Elena era adolescente. Un infarto repentino, dijeron. Una tragedia familiar. Un dolor antiguo que Elena había guardado en una habitación cerrada del corazón.

—Mi madre murió de un infarto —dijo Elena.

Moreno no respondió.

Y esa falta de respuesta fue peor que cualquier frase.

Elena se levantó de la silla.

—No.

Daniela también se puso de pie, por instinto.

—Elena…

—No. No me diga que esto también…

Moreno habló con cuidado.

—No tengo pruebas de lo que pasó con su madre. Solo sospechas. Y las sospechas no bastan en un tribunal.

Elena sintió que la rabia y el dolor se mezclaban.

Nathan no había llegado a su vida por casualidad.

Quizá nunca la había elegido solo por el dinero.

Quizá la había elegido porque su familia ya estaba marcada.

Porque su madre había visto algo.

Porque el fondo oculto era solo una parte de una historia más vieja.

La red bajo la ciudad no había empezado con Lucas.

No había empezado con Evan.

Tal vez había tocado a Elena mucho antes de que ella aprendiera a pronunciar el nombre Nathan Harper.

—Necesito verlo —dijo Elena.

—Hay una iglesia antigua cerca de Charlestown —respondió Moreno—. Sótano comunitario. Entrada lateral. En treinta minutos.

Daniela miró a Elena y negó con la cabeza.

—Puede ser una trampa.

Moreno oyó.

—Puede. Por eso no entren si ven patrullas, autos negros o a alguien esperando fuera. Yo iré solo. Sin placa visible. Si no me ven a mí, se van.

—¿Cómo sabremos que es usted? —preguntó Elena.

—Daniela me conoce.

Daniela respondió con frialdad:

—Conocía al detective que quiso ayudarme. No sé quién es ahora.

Moreno aceptó el golpe sin defenderse.

—Justo. Entonces llevaré algo que usted recuerde.

—¿Qué?

—El dibujo que Lucas hizo en mi libreta.

Daniela se quedó inmóvil.

Elena la miró.

Daniela susurró:

—Nunca le conté a nadie eso.

Moreno dijo:

—Treinta minutos.

La llamada terminó.

Elena miró a Daniela.

—¿Qué dibujo?

Daniela tragó saliva.

—Lucas dibujó un faro en la libreta de Moreno durante una entrevista. Dijo que cuando tuviera miedo, buscaría una luz alta. Moreno arrancó la hoja y me prometió que la guardaría hasta encontrarlo.

Elena sintió una tristeza profunda.

—¿Cree que vendrá?

Daniela guardó la tarjeta en su carpeta.

—Creo que si todavía tiene ese dibujo, no dejó de buscar.

Salieron del centro comercial por una puerta lateral. Daniela condujo otra vez, esta vez hacia Charlestown. Elena miraba la memoria USB en su mano como si fuera un corazón negro.

—Mi madre —murmuró.

Daniela no dijo nada.

—Nathan me preguntaba poco sobre ella —continuó Elena—. Yo pensaba que era por respeto. Ahora creo que ya sabía todo lo que quería saber.

—La gente como Héctor no pregunta cuando puede investigar.

Elena sintió que cada recuerdo de su matrimonio cambiaba de color.

Nathan insistiendo en organizar papeles familiares.

Nathan sugiriendo vender una vieja caja de documentos de su madre.

Nathan diciendo que Clara era una mujer negativa.

Nathan alejándola suavemente de cualquier persona que pudiera recordar demasiado.

—Me separó de mi propia historia —dijo Elena.

Daniela miró la carretera.

—Entonces recupérela.

La iglesia de Charlestown apareció entre árboles oscuros, con una torre estrecha y ventanas altas. No había mucha gente. Algunas luces permanecían encendidas en el edificio lateral.

Daniela pasó de largo una vez.

Luego otra.

No vieron patrullas.