Capítulo 6 El nombre falso de Nathan
Elena no gritó.
El grito nació en su pecho, subió por su garganta y se quedó atrapado allí, convertido en una presión dolorosa que casi no la dejaba respirar.
La mochila de Evan.
El llavero de dinosaurio.
No podía ser.
No debía ser.
Su hijo estaba con Marta. Su hijo debía estar en una biblioteca pública, rodeado de gente, con luces, cámaras y estanterías de cuentos infantiles. Evan debía estar discutiendo con Marta sobre dragones y galletas, no convertido en una pieza dentro de la casa de la puerta roja.
Daniela, sentada al volante, también había visto la mochila.
—Elena —susurró.
Pero Elena ya estaba abriendo la puerta del auto.
Daniela le sujetó el brazo con fuerza.
—No.
—Es la mochila de mi hijo.
—Precisamente por eso no puede correr hacia allí.
Elena intentó soltarse.
—¡Evan está dentro!
—No lo sabemos.
—¡Su mochila está ahí!
Daniela apretó más fuerte, no para lastimarla, sino para impedir que el miedo la empujara directo a una trampa.
—Escúcheme. Si su hijo estuviera dentro y usted entra sin pensar, los dos podrían quedar atrapados. Si no está dentro, entonces esa mochila está puesta ahí para hacerla reaccionar.
Elena la miró con ojos llenos de lágrimas y furia.
—¿Usted se quedaría quieta si fuera Lucas?
La pregunta golpeó a Daniela como una piedra.
Por un instante, su rostro se quebró.
No mucho.
Solo lo suficiente para mostrar que debajo de su dureza todavía había una madre sangrando desde hacía cuatro años.
—No —respondió Daniela en voz baja—. Por eso perdí casi todo.
Elena dejó de forcejear.
Daniela soltó su brazo lentamente.
—Héctor quiere que usted entre desesperada. Quiere que cometa un error. Quiere que parezca una madre fuera de control.
Elena cerró los ojos.
Nathan.
Héctor.
Su esposo.
El desconocido.
El hombre que dormía a su lado y el hombre que usaba otro nombre para construir horrores.
Todo se mezclaba en su mente hasta formar una sola figura imposible.
—Tengo que llamar a Marta —dijo.
Daniela asintió.
—Hágalo desde mi teléfono. Y ponga el altavoz bajo.
Elena marcó con dedos temblorosos. Cada tono le pareció demasiado largo.
Uno.
Dos.
Tres.
—Contesta —susurró Elena—. Por favor, Marta, contesta.
Al cuarto tono, la voz de Marta apareció.
—Elena.
—¿Evan está contigo?
—Sí.
Elena tuvo que taparse la boca para no llorar de alivio.
—¿Lo estás viendo?
—Está frente a mí, en una mesa de la biblioteca, dibujando algo que, según él, es un dragón detective.
Elena cerró los ojos con fuerza.
Gracias.
Gracias.
Gracias.
—¿Qué pasó? —preguntó Marta.
Elena miró la casa de la puerta roja.
—Encontramos su mochila.
Hubo silencio al otro lado.
—Eso no es posible —dijo Marta.
—¿Tiene su mochila con él?
—Espera.
Elena escuchó pasos, voces lejanas, el murmullo de la biblioteca.
Luego Marta volvió.
—No. No la tiene.
Elena sintió que el alivio se mezclaba con una nueva capa de miedo.
—¿Cuándo la perdió?
—No la perdió. Cuando salimos de mi casa, la llevaba. Estoy segura. Pero en la biblioteca me pidió hojas para dibujar y dijo que usaría las que había en la mesa infantil. No revisé la mochila después.
—Marta, mira alrededor. ¿Ves a alguien raro?
—Estoy en eso.
La voz de Marta cambió. Se volvió más baja.
—Hay un hombre cerca de la entrada. Lleva abrigo negro. No mira libros.
Elena sintió que el mundo volvía a inclinarse.
—Saca a Evan de ahí.
—Ya.
—No por la entrada principal.
—Hay una salida hacia el área de empleados. Conozco a una de las bibliotecarias.
—No vayas a casa.
—No pensaba hacerlo.
Evan dijo algo de fondo.
La voz de Marta se volvió suave.
—Sí, campeón, vamos a ver otro lugar. Lleva tu dibujo.
Elena apretó el teléfono.
—Marta.
—Dime.
—Gracias.
—Agradéceme después. Ahora sigue respirando.
La llamada terminó.
Elena bajó el teléfono lentamente.
La mochila no significaba que Evan estuviera dentro.
Significaba algo peor: alguien había estado lo bastante cerca de él para quitársela sin que nadie lo notara.
Nathan, o Héctor, o sus hombres, estaban más cerca de Evan de lo que ella había querido aceptar.
Daniela miraba la casa con una expresión sombría.
—No podemos irnos —dijo Elena.
—No.
—Pero tampoco podemos entrar por la puerta principal.
—Nunca pensé entrar por la puerta principal.
Daniela abrió la guantera y sacó una pequeña linterna, un par de guantes de tela y una cámara compacta.
Elena la miró.
—¿Siempre lleva eso?
Daniela no sonrió.
—Cuando una madre busca a su hijo durante cuatro años, deja de salir al mundo con las manos vacías.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellas.
Elena tomó los guantes.
—¿Qué buscamos?
—Pruebas. No respuestas completas. Las respuestas completas matan tiempo. Las pruebas salvan vidas.
La casa seguía quieta. En el segundo piso, la luz permanecía encendida. La sombra del hombre de los zapatos negros se movió otra vez detrás de la cortina.
Daniela señaló la parte trasera de la propiedad.
—Hay un camino lateral. Lo estudié durante años. La casa tiene una entrada de servicio junto al sótano. Antes había una cerradura vieja.
—¿Antes?
—No sé si la cambiaron.
—¿Y si hay cámaras?
—Seguramente hay cámaras. Por eso iremos por la zona donde el árbol cubre la pared.
Elena miró la cerca baja.
Cada parte de su cuerpo le pedía huir.
Cada parte de su corazón le exigía entrar.
Pensó en Evan, en su dibujo del dragón detective, en su pregunta: “¿Tú eres de las que protegen?”
Sí.
Pero proteger no era lanzarse al peligro sin pensar.
Proteger también era aprender a ser paciente en medio del terror.
Bajaron del auto.
La noche olía a tierra húmeda y hojas frías. Caminaron entre sombras, agachadas junto a la cerca, evitando la luz directa de la calle. Elena sentía cada latido en las sienes. La medalla que Marta le había dado pesaba en su bolsillo como una pequeña piedra caliente.
Daniela se movía con cuidado. No parecía valiente en el sentido de no tener miedo. Parecía valiente porque conocía el miedo tan bien que ya no le obedecía de inmediato.
Llegaron al lateral de la casa.
La pintura blanca de las paredes estaba descascarada. El jardín parecía descuidado desde lejos, pero de cerca Elena notó algo extraño: no había basura, no había ramas sueltas, no había señales de abandono real. Era un descuido diseñado.
Como todo lo de Nathan.
Como todo lo de Héctor.
Daniela se detuvo junto a una ventana baja.
—El sótano.
Elena se agachó.
Detrás del vidrio sucio se veía una habitación oscura. No completamente vacía. Había estantes, cajas y algo que parecía una mesa metálica cubierta con una sábana.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Cree que Lucas estuvo aquí?
Daniela no respondió de inmediato.
—Creo que alguien quiso que desapareciera sin dejar una historia clara.
La entrada de servicio estaba unos pasos más allá. Era una puerta de madera vieja, pintada del mismo rojo que la puerta principal, pero más gastada. Daniela sacó una herramienta del bolsillo. Elena no preguntó. No quería saber cuántas veces Daniela había imaginado ese momento.
Antes de que pudiera tocar la cerradura, un ruido llegó desde dentro.
Voces.
Las dos mujeres se quedaron inmóviles.
Una voz era la del hombre de los zapatos negros.
La otra era de Nathan.
No estaba allí físicamente. Sonaba por altavoz, como antes en la unidad.
Elena acercó el oído a la puerta.
—La madre está moviendo al niño —dijo el hombre.
Elena sintió un golpe en el pecho.
—¿Dónde? —preguntó Nathan.
Su voz estaba distorsionada, pero era él.
La misma voz que le había leído cuentos a Evan.
La misma voz que decía “mi equipo favorito” en la cocina.
—Perdimos el rastro en la biblioteca.
Hubo un silencio.
Luego Nathan habló con calma.
—No la subestimes más.
Elena sintió algo extraño.
No era exactamente miedo.
Era dolor.
Porque incluso en ese momento, una parte absurda de ella esperaba escuchar sorpresa, arrepentimiento, una explicación imposible.
Pero Nathan no sonaba confundido.
Sonaba molesto.
Como un hombre cuyo plan se había retrasado.
—¿Y la mochila? —preguntó Nathan.
—Está aquí.
—Déjala donde pueda verla si llega.
Daniela miró a Elena.
Era una trampa.
Una trampa hecha con el objeto de un niño.
Una trampa hecha para una madre.
Elena apretó los puños.
—¿El archivo? —preguntó el hombre.
—Si ella lo abrió, buscará la casa —dijo Nathan—. Elena no puede resistirse a una pregunta sin respuesta.
La frase le dolió más de lo que esperaba.
Porque era verdad.
Nathan la conocía.
Conocía su curiosidad, sus dudas, su manera de quedarse despierta pensando en detalles pequeños. Conocía sus hábitos, sus silencios, sus debilidades.
Pero no conocía todo.
No conocía la parte de ella que estaba naciendo esa noche.
El hombre habló de nuevo.
—¿Y si va a la policía?
—No irá todavía.
—¿Está seguro?
Nathan soltó una risa breve.
—Mi esposa necesita entender antes de actuar. Siempre ha sido así.
Mi esposa.
Elena sintió asco al escuchar esas dos palabras en su boca.
No por el matrimonio.
Sino por la posesión.
Como si ella fuera una habitación dentro de su diseño.
Como si Evan fuera un mueble movido de lugar.
Como si Lucas hubiera sido solo un archivo con una letra.
Daniela se inclinó hacia ella y susurró:
—Nos vamos. Ya sabemos que es una trampa.
Elena negó con la cabeza casi imperceptiblemente.
—Necesitamos algo más.
—Tenemos su voz.
—No grabada.
—Elena.
—Un minuto.
Daniela la miró como si quisiera discutir, pero entonces Nathan volvió a hablar.
—La identidad Harper ya no sirve.
Elena se congeló.
—¿Qué quiere que haga con ella? —preguntó el hombre.
—Nada todavía. Necesito que parezca una huida emocional. Una madre alterada, un niño confundido, una casa abandonada. Si encontramos al niño antes de medianoche, el escenario todavía funciona.
Elena sintió que la sangre se le iba de la cara.
Si encontramos al niño antes de medianoche.
Evan no tenía tres días.
Tenía horas.
Daniela también lo entendió.
Su expresión cambió.
El tiempo se había acortado.
Setenta y dos horas ya no era una cuenta regresiva.
Era una mentira más.
Nathan había adelantado el final.