48 segundos CAPÍTULO 19 El relevo #3
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CAPÍTULO 19 El relevo #3

A las cinco y veinte, Jurídico y Control Corporativo abrieron la documentación enviada por Poza. Las cadenas no borraban las actuaciones que constaban a nombre de Facturación, pero situaban a Ramírez y Ortega antes de varias ejecuciones y ampliaban el número de personas que podían quedar afectadas.

Uno de los abogados propuso separar aquellos documentos del expediente y aplazar la remisión hasta el lunes.

—El Consejo acordó que saliera hoy —dijo Adriana.

—El Consejo no había visto esto. Necesitamos comprobar la integridad de las cadenas y valorar hasta dónde amplían el alcance.

Medina miró la hora.

—Retrasarlo es defendible si dejamos constancia del motivo. Enviarlo ahora también, siempre que identifiquemos la procedencia y expliquemos que Poza está sometido a un expediente disciplinario. Ninguna de las dos decisiones es neutra.

Durante el fin de semana, Asterión podía mantener bloqueados sus propios sistemas, pero no los archivos de Orbe, las cuentas de terceros ni la documentación que pudiera conservar Ortega. Adriana volvió al correo de Poza.

—Se incorporan completas, con la hora de recepción y sin seleccionar lo que favorece a cada uno. La remisión sale hoy.

Jurídico incorporó la documentación como sobrevenida y cerró el paquete de remisión. Poco después de las seis apareció el número de registro de la entrega a la UDEF.

Asterión Spain conservó una copia íntegra y bloqueó cualquier modificación de los documentos remitidos. Desde ese momento, la compañía ya no decidiría qué nuevas operaciones se revisarían, qué personas serían llamadas ni hasta dónde alcanzaría la investigación.

Adriana asumió temporalmente la gestión de Asterión Madrid. Ramírez quedó sin capacidad ejecutiva ni de representación, y la comunicación interna se preparó para los equipos del fin de semana y para el resto de la plantilla el lunes.

***

La comida del domingo reunió a seis personas en una terraza interior.

Sofía llegó tarde, ocupó la silla frente a Miguel y saludó a Nuria con un beso en la boca antes de sentarse.

Durante la primera hora hablaron de una boda, alquileres imposibles, un restaurante nuevo y una pareja que se había separado después de comprar un perro.

Miguel participó poco hasta que Sofía criticó una serie judicial que él había recomendado.

—No puedes verla como jurista —dijo Miguel.

—Soy jurista también en el sofá. Si querías una persona normal, haberte sentado en otra mesa.

—Empiezo a entenderlo.

Sofía empezó a desmontar la trama por errores que a Nuria le habían pasado inadvertidos y Miguel dejó de defender la serie para escucharla.

Le hizo una pregunta, luego otra, y acabaron discutiendo sobre las decisiones que una persona podía justificar cuando creía estar protegiendo a alguien.

Sofía sostenía que casi todo el mundo se concedía demasiadas facilidades; Miguel, que había decisiones imposibles de juzgar sin haber estado dentro.

Ninguno parecía interesado en ganar y, cuando Eva intentó cambiar de tema, los dos tardaron unos segundos en darse cuenta.

Nuria los dejó hablar. Bajo la mesa apoyó una mano en la pierna de Miguel y él cubrió sus dedos sin apartar la atención de Sofía.

Había imaginado que una relación seria la obligaría a defender parcelas de su vida que no pensaba abandonar, pero Miguel conocía su historia con Sofía, sabía que el afecto seguía allí y nunca lo había tratado como una amenaza.

Los había imaginado desnudos muchas veces. Aquella tarde, viéndolos discutir, reírse y volver al mismo asunto media hora después, pensó que también podían echarse de menos. La idea se le quedó dentro durante el resto de la comida.

Eva y los demás se marcharon después del café. Sofía continuó sentada.

—¿Pedimos otra? —preguntó Nuria.

—Cinco minutos sin público me bastan.

Miguel llamó al camarero y pidió agua. Nuria esperó hasta que retiraron las últimas tazas. Llevaba desde la discusión sobre la serie intentando encontrar una forma de preguntar sin convertir la sobremesa en una reunión.

—Me encanta veros juntos.

Sofía sonrió.

—Eso ha sonado a trampa.

—Puede ser. ¿Os gustáis?

—Sí —respondió Miguel.

Nuria se volvió hacia Sofía.

—¿Tú?

—También.

—Joder.

—Has preguntado tú —dijo Sofía.

—Ya. Empiezo a arrepentirme de mi madurez emocional.

Miguel soltó una risa y Nuria le dio un golpe con la rodilla por debajo de la mesa. Se rieron los tres y, cuando volvieron al agua y a las tazas vacías, el asunto seguía allí.

—No quiero enterarme por otra persona si un día pasa algo entre vosotros —dijo Nuria—. Y tampoco pienso estar vigilando dónde os sentáis o cuánto tarda un abrazo.

Sofía apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—No tengo intención de hacer nada a escondidas.

Miguel asintió.

—Yo tampoco.

Nuria pasó el pulgar por la condensación del vaso.

—Vale. Con eso puedo vivir hoy.

—¿Y mañana? —preguntó Sofía.

—Mañana ya veremos. Bastante tengo con Recursos Humanos a la una.

—Decisión sensata —dijo Miguel.

—No te acostumbres.

Sofía estiró una mano sobre la mesa y cubrió la de Nuria. El gesto pertenecía a una historia anterior a Miguel. Él las observó un instante y pidió la cuenta.

Al salir, Sofía besó a Nuria en la boca y abrazó a Miguel. El abrazo duró lo suficiente para que Nuria volviera a pensar en la terraza, en la discusión sobre la serie y en una posibilidad que ya no dependía solo de verla desnuda junto a él.

Nuria y Miguel regresaron andando hasta Salesas. Hablaron de Eva, del vino y del perro de la pareja recién separada. La conversación de la sobremesa iba con ellos, pero ninguno intentó resolverla en el trayecto.

Ya en casa, Miguel fue a ducharse. Nuria se quedó en la cocina, abrió el chat con Sofía y escribió un mensaje. Lo borró, empezó de nuevo y lo envió.

«¿Cenamos esta semana tú y yo?»

Sofía respondió antes de que Miguel saliera del baño.

«Sí. Tenemos que hablar».

Nuria apoyó el teléfono junto al fregadero. Hasta aquella tarde había pensado que el problema consistía en decidir si quería ver a Miguel y Sofía juntos. La sobremesa había complicado bastante esa teoría.

Aquella noche, ya en la cama, apoyó la mejilla sobre el pecho de Miguel. Él tenía el teléfono en la mesilla, boca abajo, y llevaba varios minutos sin tocarlo.

—Sofía no es una ex con la que follo de vez en cuando —dijo Nuria.

Miguel pasó una mano despacio por su espalda.

—Me he dado cuenta.

—Yo no sé cuándo me di cuenta. O cuándo dejé de querer llamarlo de otra manera.

Nuria pensó en Sofía inclinada sobre la mesa, en su mano sobre la suya y en la facilidad con la que Miguel había seguido discutiendo con ella sin mirar a Nuria para comprobar si podía hacerlo.

Había compartido deseo con Sofía muchas veces y conocía bien ese terreno.

Lo que acababa de ver en la terraza pertenecía a otro.

—¿Sigues enamorada de ella? —preguntó Miguel.

Nuria tardó unos segundos.

—Creo que nunca he dejado de estarlo.

Miguel siguió acariciándole la espalda.

—¿Te molesta?

—Me obliga a pensar, que es peor.

—A mí sí me asusta un poco.

—Normal.

Nuria levantó la cabeza.

—¿Y tú?

Miguel pensó la respuesta antes de darla.

—Sofía me gusta.

—Eso ya había quedado bastante claro.

—Pues hasta ahí llego.

—Estupendo. Somos un equipo de gente resolutiva.

Volvió a acomodarse sobre su pecho. Al día siguiente tenía Recursos Humanos. Hablaron de Sofía con la luz apagada hasta que Nuria se quedó dormida contra él.

CAPÍTULO 19: El relevo

El penúltimo lunes de mayo, Nuria llegó al bloque a las siete menos diez y encontró su nombre en la primera vascular.

La pantalla llevaba días cambiando con una frecuencia que ya no sorprendía a nadie; aun así, aquella asignación se había mantenido desde el viernes.

Reparación de aneurisma poplíteo, sala cuatro, equipo de Vascular.

Debajo figuraba una instrumentista que llevaba dos meses entrando en la especialidad.

Nuria dejó el bolso en la taquilla y se cambió sin fotografiar el cuadrante.

Si volvían a apartarla, habría tiempo de documentarlo.

Neus apareció mientras comprobaban las cajas.

Durante el fin de semana había comunicado al bloque que Adriana Leclerc asumiría temporalmente la gestión de Asterión Madrid y que Ramírez quedaba sin capacidad ejecutiva ni de representación.

Allí, donde la primera cirugía debía empezar a las ocho, el cambio de poder importaba menos que una bandeja incompleta.

—A las doce y media tienes la reunión con Recursos Humanos —dijo Neus.

Nuria siguió contando las suturas vasculares.

—La citación decía a la una.

—La han adelantado. Ana Mendi está avisada.

La instrumentista joven fingió concentrarse en las pinzas, aunque escuchaba. Durante los últimos meses los rumores habían llegado al bloque antes que las órdenes y muchas compañeras habían aprendido a callar al acercarse Nuria. Neus esperó a que terminara la comprobación.

—La asignación no va a cambiar —añadió.

—Estupendo.

Nuria señaló a su compañera dos cajas colocadas en la parte posterior de la mesa. El hospital podía devolverle una cirugía; no borraba los meses anteriores. Entró en el quirófano decidida a concederle a la reparación toda la atención que Asterión había intentado quitarle.

El caso se complicó al liberar la arteria.

El aneurisma estaba más adherido de lo previsto y el cirujano necesitó ampliar el abordaje; pidió un separador distinto, cambió el orden de la reconstrucción y reclamó un injerto que seguía precintado en la mesa auxiliar.

La instrumentista buscó primero en la bandeja equivocada.

Nuria le indicó dónde estaba sin interrumpir la secuencia y continuó trabajando mientras le anticipaba en voz baja el material que vendría después.

Cuando terminaron la anastomosis distal, la joven había recuperado el ritmo y ya preparaba las suturas antes de que se las pidieran.

Salieron pasadas las once. La joven la alcanzó en la zona de lavado, con las marcas de la mascarilla sobre la cara.

—Gracias por no echarme de la mesa.

—No ibas a aprender desde el pasillo.