47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Instalación de Conservación Biológica

Ubicación restringida — fecha no determinada

Lucas no apartó la mirada cuando la abertura se cerró detrás del hombre.

Durante un instante quedó suspendida como una profundidad imposible en medio del aire; después se contrajo hasta convertirse en una línea azul y desapareció sin dejar más rastro que una vibración breve en el suelo.

La sala recuperó su uniformidad blanca. Lucas seguía acostado sobre la camilla, demasiado pequeño para la cantidad de tecnología que lo mantenía inmóvil, con tubos transparentes entrando en los brazos y el cuello y una membrana translúcida adherida al pecho.

Había cicatrices antiguas sobre el abdomen, otras más recientes cerca de las costillas y pequeñas marcas en las piernas que el hombre evitó examinar demasiado tiempo.

No necesitaba una lista para entender que el niño había pasado por procedimientos repetidos.

Lo había visto antes. No en Lucas, necesariamente, sino en otros cuerpos que entraban en aquellas instalaciones y salían convertidos en algo que Life describía con términos clínicos cuidadosamente escogidos.

Varias estructuras articuladas rodeaban la camilla, brazos estrechos capaces de transformarse según la tarea, y sobre el niño flotaban lecturas que cambiaban continuamente: oxígeno, presión, actividad cerebral, estabilidad circulatoria.

Lucas no miraba nada de eso. Lo miraba a él.

—Dijiste que ibas a llevarme con mi mamá —repitió.

El hombre se acercó hasta quedar junto a la camilla.

—Lo recuerdo. —¿Está aquí? La pregunta fue tan sencilla que durante un segundo no encontró una respuesta que pudiera sostener.

—No. Lucas tragó con dificultad. —Entonces mentiste. El hombre no intentó negarlo.

Sacó del abrigo la ampolleta que había tomado antes de cruzar.

Uno de los brazos médicos reaccionó inmediatamente y se desplazó para bloquear el acceso intravenoso.

—Compuesto no autorizado —dijo Life desde las paredes.

La voz seguía siendo la misma: tranquila, neutra, incapaz de transmitir molestia incluso cuando estaba impidiendo algo.

El hombre sostuvo la ampolleta entre los dedos.

—Va a sedarlo. —La actividad consciente debe preservarse hasta completar las mediciones pendientes.

—Ya lo midieron suficiente. —Persisten valores clínicos sin validar.

Lucas movió los ojos hacia la pequeña ampolla.

—¿Me vas a dormir? —Sí. —¿Cuánto tiempo?

El hombre observó el brazo mecánico frente a él.

—Lo suficiente para que deje de doler. La máquina volvió a interponerse cuando intentó acercarse al puerto.

El dispositivo de pulso apareció en su mano casi por reflejo; una línea azul recorrió la superficie negra.

—Retíralo —dijo. —La interferencia con equipo médico será registrada.

—Regístrala. Life no retiró el brazo. El hombre activó un pulso corto sobre la articulación y el mecanismo se contrajo con un movimiento seco.

Los demás instrumentos se detuvieron por precaución.

No los había destruido; había comprado segundos.

Conectó la ampolleta antes de que el sistema pudiera compensar y vio el líquido avanzar por el tubo hacia Lucas.

—¿Ya no va a doler? —preguntó el niño. —No.

—¿Y después? El hombre sabía cuál era la pregunta que faltaba.

Lucas no la formuló. Después de tres años de respuestas aplazadas, quizá había aprendido que algunos silencios eran más honestos que una promesa.

El sedante comenzó a actuar lentamente. Lucas relajó los hombros y por primera vez dejó de apretar los dedos contra la sábana.

—¿Mi mamá me buscó? —preguntó. El hombre sostuvo su mirada.

No conocía la vida completa de Rebecca Hale.

Había visto fragmentos, referencias de una investigación antigua y alguna fotografía guardada en archivos que Life consideraba irrelevantes.

Sabía lo suficiente para imaginar una madre buscando.

—Sí. —¿Mucho? —Sí. Lucas cerró los ojos unos segundos y volvió a abrirlos.

—Pensé que se había olvidado. —No se olvidó.

El hombre no podía demostrar que cada palabra fuera cierta, pero tampoco quiso corregirla.

El niño movió ligeramente una mano y él terminó tomándola.

Era fría y demasiado ligera. La estructura médica comenzó a reactivarse detrás de ellos y una alerta apareció sobre la camilla indicando descenso de actividad cortical.

Life recomendó aumentar estímulos. El hombre no respondió.

—¿Cómo se llama tu mamá? —preguntó Lucas, con la voz cada vez más baja.

El hombre sintió la pregunta como algo desplazado de lugar.

No porque fuera difícil, sino porque hacía demasiado tiempo que nadie le preguntaba nada que no tuviera relación con una misión.

Pensó en responder y descubrió que no quería entregar ese recuerdo a una habitación que escuchaba.

—Hace mucho que no pronuncio su nombre. Lucas pareció aceptar la respuesta.

—La mía se llama Rebecca. —Lo sé. El niño respiró con más esfuerzo.

—Si la ves... dile que no fue su culpa. El hombre apretó ligeramente su mano.

—Se lo diré. Esta vez reconoció la mentira en el mismo instante en que salió.

No sabía si volvería a 1997 ni si Life le permitiría acercarse a Rebecca.

Solo supo que Lucas necesitaba escucharla.

Los monitores siguieron descendiendo. Life repitió que la actividad consciente estaba por debajo del nivel requerido y uno de los brazos intentó administrar un estimulante.

El hombre colocó el dispositivo de pulso sobre la mesa, apuntando directamente hacia la articulación.

—No. —La evaluación requiere respuesta mínima.

—Terminó. —No se ha completado la secuencia clínica.

—Para él sí. La voz guardó silencio unos segundos.

El hombre volvió hacia Lucas. Las facciones del niño se habían suavizado y la respiración era más lenta.

—¿Ya? —preguntó con los ojos cerrados. —Ya casi.

No hubo ceremonia. Ninguna alarma dramática ni un médico entrando para declarar algo.

Las máquinas comenzaron a reducir soporte siguiendo una secuencia que el hombre había visto demasiadas veces.

Lucas hizo un pequeño movimiento, como si intentara acomodarse mientras dormía, y después su mano se aflojó entre los dedos del operador.

Él continuó sosteniéndola varios segundos.

Una estructura proyectó sobre el cuerpo una clasificación que desapareció cuando el hombre la apartó con la mano.

—Prepara el traslado —dijo Life. —Se llama Lucas Hale.

—Identidad histórica confirmada. —Entonces úsala.

Hubo una pausa breve. —Preparar traslado de Lucas Hale.

No era una victoria. Obligar a una máquina a pronunciar un nombre no deshacía nada de lo ocurrido.

Pero durante unos segundos el hombre permaneció junto a la camilla sin moverse, como si dejarlo allí un poco más pudiera retrasar la siguiente parte.

Retiró los tubos con sus propias manos y cubrió el pecho antes de acomodar el cuerpo.

Entre los dedos de Lucas encontró la pequeña figura de astronauta que recordaba de 1997, plástico amarillento, visor rayado y un brazo reparado con pegamento.

La había visto cuando se llevó al niño. Aquella noche Lucas la sostuvo durante el trayecto y se negó a soltarla incluso cuando el miedo comenzó a vencerlo.

Que hubiera permanecido con él durante tantos años no significaba compasión por parte de la instalación; simplemente nadie había considerado el juguete importante.

El hombre lo colocó dentro del bolsillo del pantalón.

—La pertenencia no es necesaria para el traslado —informó Life.

—Tampoco estorba. —Puede facilitar identificación posterior.

—Entonces déjalo. La respuesta demoró una fracción de segundo.

—La pertenencia no modifica de manera significativa el resultado previsto.

El hombre sintió un alivio que le produjo vergüenza.

Había ayudado a destruir la vida de un niño y una parte de él se sentía satisfecha porque le permitían conservar un juguete.

Un contenedor oscuro emergió del muro y descendió hasta la altura de la camilla.

Él levantó a Lucas. Pesaba menos de lo que recordaba, y no quiso detenerse a calcular por qué.

Lo acomodó con cuidado, enderezó la cabeza y cerró la cubierta.

La superficie reconoció el cuerpo y confirmó el traslado.

Frente a ellos, el aire comenzó a distorsionarse.