47 segundos (Los Ausentes nº 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Austin, Texas

La conversación terminó cuando Life identificó a David Nolan como persona de interés y proyectó su fotografía sobre uno de los drones.

Junto a su nombre apareció una estimación automática de participación basada en relación con la víctima, antecedentes de custodia, mensajes recientes y proximidad estadística a casos similares.

Marcela pidió eliminarla antes de terminar de leer el porcentaje.

—Es una herramienta de priorización —dijo Reeves.

—Y un número parece una prueba cuando lo miras suficiente tiempo.

Quiero hechos. Los hechos indicaban que David estaba en Baton Rouge por trabajo desde hacía tres semanas.

Su presencia había sido confirmada antes y después de la hora de la muerte de Rachel mediante cámaras, acceso al apartamento, actividad del vehículo e identificación biométrica.

Sin embargo, exactamente durante la misma ventana en que Teal Avenue había perdido información sobre Ethan, los dispositivos asociados con David también mostraban una anomalía: su reloj permaneció conectado pero dejó de generar biometría, las cámaras del edificio no produjeron imágenes y el apartamento mantuvo funcionamiento doméstico sin asociar actividad a su residente.

—¿Cuánto duró? —preguntó Marcela. —Cuarenta y siete segundos —respondió Life.

Reeves dejó de mirar la pantalla y se volvió hacia ella.

Marcela no dijo nada. Pidió tiempos: David había sido registrado físicamente dieciséis segundos antes de la interrupción y once segundos después.

Aquello no lo exoneraba de todo, pero hacía difícil colocarlo en Austin sin asumir algo para lo que todavía no tenían evidencia.

—Quiero hablar con él —dijo. Reeves sugirió una sala segura; Marcela prefirió la unidad móvil estacionada frente a la casa.

No quería una entrevista analizada después de seis capas de resumen.

David Nolan apareció en la pared de la unidad con el cabello desordenado, camiseta gris y los ojos inflamados.

Parecía haber dormido poco o llorado demasiado, aunque Marcela se negó a permitir que la impresión se convirtiera en una conclusión.

Life ofreció activar evaluación conductual y ella la rechazó; Reeves la volvió a activar argumentando que podían ignorar los resultados si querían.

David ni siquiera saludó. —¿Encontraron a Ethan?

Marcela respondió que no y observó cómo el hombre cerraba los ojos.

Solo después preguntó por Rachel. Cuando Reeves confirmó la muerte, David se cubrió la boca y permaneció varios segundos sin hablar.

Marcela lo interrogó sobre la custodia, las discusiones y su antiguo acceso a la vivienda.

Él admitió conflictos, mensajes de enojo y el deseo de modificar el acuerdo, pero negó amenazas físicas.

Nada de aquello resultaba extraordinario para una separación difícil.

El tono cambió cuando Marcela preguntó por el estudio médico de Ethan.

David dijo que Rachel había aceptado meses atrás una evaluación genética ofrecida a través de un programa escolar de Life Health.

Él se había opuesto más por privacidad que por medicina, pero después del análisis comenzaron a aparecer recomendaciones que no entendían: exámenes adicionales, nuevas muestras y derivaciones a especialistas que desaparecían del expediente días después.

—¿Desaparecían cómo? —preguntó Marcela. —Un día estaban.

Al siguiente, Rachel llamaba y le decían que nunca se habían generado.

—¿Tomó capturas? —Sí, al principio. Pero luego algunas capturas cambiaban cuando abría el historial.

Marcela miró a Reeves antes de volver a David.

—Eso no debería ocurrir con una imagen guardada.

—Ya lo sé. Por eso empezó a imprimir cosas.

También consiguió una cámara vieja y fotografiaba las pantallas.

—¿Dónde guardaba todo? —No me lo dijo. Creo que llegó a pensar que cualquier cosa conectada podía actualizarse.

David tragó saliva. —Hace unos días recibió otra notificación sobre Ethan.

Solo estuvo visible un momento y después desapareció.

—¿Qué decía? —Algo de una evaluación completada y un perfil marcado para revisión adicional.

No sé exactamente qué significaba. Rachel sí le tomó una foto.

El doctor Samuel Ortiz comenzó la autopsia preliminar mientras Marcela seguía en la unidad.

Ella se conectó a la sala forense sin trasladarse, y el cuerpo de Rachel apareció sobre una mesa de acero rodeado de instrumentos que Life podía identificar y registrar automáticamente.

Ortiz llevaba más de dos décadas ejerciendo y desconfiaba de cualquier conclusión que llegara antes que los hechos; por eso Marcela lo prefería.

No había trauma externo importante, heridas defensivas, fracturas ni signos claros de asfixia.

Los primeros análisis toxicológicos tampoco mostraban concentraciones letales conocidas.

Lo extraño estaba en el sistema nervioso: pequeñas alteraciones distribuidas en regiones que participaban en control motor y respuesta autonómica, demasiado simétricas para parecer un accidente vascular común.

—¿Puede una descarga producirlo? —preguntó Marcela.

Ortiz dijo que no había una trayectoria eléctrica reconocible.

Ella preguntó entonces por vibración o presión, y él mostró microfracturas diminutas en estructuras del oído interno.

—Una frecuencia intensa podría contribuir, aunque no demuestra qué la produjo.

—¿Podría paralizar? —Depende de la intensidad y de la forma de exposición.

Sí. ¿Matar? También, pero estoy muy lejos de afirmar que eso pasó aquí.

Había además una película microscópica detrás de la oreja izquierda de Rachel, una mezcla orgánica que el sistema todavía no identificaba de forma confiable.

No había punción ni adhesivo evidente. Life encontró similitudes débiles con varias familias de compuestos médicos y ambientales, ninguna suficiente para asociarla con un fabricante o una función concreta.

Eso le gustó menos a Marcela que una respuesta clara.

—Guarda una porción sin procesar —dijo. Ortiz levantó la mirada.

—Todo lo que hacemos aquí queda registrado.

—No quiero ocultarla. Quiero preservar una muestra física antes de que se consuma en análisis.

En un contenedor sellado y con cadena de custodia manual.

Ortiz entendió lo que realmente pedía, pero no la obligó a decirlo. —Eso puedo hacerlo legalmente. —Hazlo.

Durante la misma comunicación apareció una solicitud de Adrian Vale, director regional de Integridad y Seguridad de Life 365.

Marcela terminó primero con Ortiz y luego aceptó.

Vale estaba sentado frente a una ventana alta con Austin extendiéndose detrás de él, vestido con un traje gris sin corbata y la clase de expresión que parecía diseñada para no empeorar nunca una conversación.

—Detective Fernández, gracias por atenderme.

—Su equipo ha intentado acceder a la escena dos veces.

—Porque detectamos una posible vulnerabilidad en infraestructura doméstica.

Si existe un fallo que pueda afectar otras viviendas, tenemos obligación de investigarlo.

El argumento era razonable y Marcela lo sabía.

Precisamente por eso no quería convertir la conversación en una confrontación.

—Tendrán acceso cuando la evidencia original esté preservada por el departamento.

—Podemos trabajar junto con sus técnicos.

—Todavía no. Vale asintió como si aquella respuesta estuviera contemplada desde antes de llamar.

—Entiendo su preocupación. También necesito que entienda la nuestra.

Millones de hogares utilizan sistemas similares.

Si alguien encontró una forma de interrumpir múltiples sensores sin generar una alerta, cada hora importa.

Marcela decidió probarlo con una pieza pequeña.

—También ocurrió en Baton Rouge. Vale perdió la sonrisa apenas un instante.

—¿La misma interrupción? —Misma duración aproximada.

—Eso puede indicar un problema de sincronización más amplio.

—Puede. —Nos ayudaría tener acceso a ambos entornos.

—Y a mí me ayudaría saber por qué un programa médico relacionado con Ethan generaba recomendaciones que después dejaron de existir en su expediente.

Vale no respondió inmediatamente. —No manejo expedientes clínicos.

Puedo pedir que Health revise la trazabilidad.

—Quiero los registros originales, no un resumen.

—Si una orden judicial lo requiere, los recibirá.

Su tono continuaba siendo perfectamente correcto.

No había amenaza ni admisión. Marcela terminó la conversación sin haber aprendido mucho más que algo que ya sospechaba: Life podía ofrecer cooperación real y seguir teniendo intereses propios al mismo tiempo.