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Después del golpe, Adrián dejó de formar recuerdos continuos.
El zolpidem, el alcohol y el pánico hicieron el resto.
Años más tarde —si alguna vez conseguía pensar en aquella noche sin sentir que miraba la vida de otro— recordaría imágenes sueltas.
Las manos de Gabriel arrastrando por el suelo.
Clara diciéndole despacio.
Una luz roja sobre el ascensor.
El olor del tabaco en la chaqueta cuando se inclinó sobre el cuerpo.
Y sangre.
No mucha.
La suficiente.
Clara colocó a Gabriel junto a su coche, como si hubiera llegado hasta allí antes de caer. No intentó construir una escena perfecta. Sabía que la perfección era sospechosa.
Cogió el teléfono de Gabriel.
Adrián se apoyó en una columna.
—Nos tenemos que ir.
—Un minuto.
—Clara.
Ella entró en el ascensor.
Subió al cuarto piso.
No necesitaba mucho tiempo.
Había conseguido la contraseña del ordenador de Gabriel durante la cena del 14 de septiembre al verlo desbloquear el portátil dos veces. No borró la carpeta CLARA manualmente. Ejecutó un pequeño script que había preparado y guardado en una memoria.
01:55 según el reloj del sistema.
La hora era anterior a parte de lo que acababa de ocurrir porque el equipo de Gabriel llevaba siete minutos desfasado desde una actualización fallida. Ese detalle confundió a la policía durante días.
Clara no lo sabía.
La casualidad también participaba en los crímenes.
Bajó.
Adrián seguía donde lo había dejado.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—No me mientas.
Clara lo miró y sintió algo que no esperaba.
Pena.
No por Gabriel.
Por él.
Adrián había llegado a aquella noche creyendo que el peor secreto de su mujer era un accidente de juventud. En menos de veinte minutos había visto cómo ese accidente se convertía en una decisión y cómo ella repetía la misma elección quince años después: no llamar.
—Vámonos a casa —dijo.
A las 02:05 salieron del garaje.
Clara condujo.
Adrián apoyó la cabeza contra el cristal.
—Voy a contarlo.
—Mañana.
—No. Ahora.
—No puedes ni mantener los ojos abiertos.
—Lo has matado.
—Se cayó.
Adrián soltó una risa débil.
—Lo golpeaste.
Clara no respondió.
—Lo vi.
—Estás confundido.
—Lo vi.
Clara agarró el volante.
—Mañana hablaremos.
—Voy a la policía.
—Mañana no recordarás la mitad de esto.
La frase le salió antes de poder evitarla.
Adrián giró lentamente la cabeza.
—¿Qué me has dado?
Clara siguió mirando la carretera.
—Nada.
—¿Qué me has dado?
—Estabas bebiendo.
—Clara.
—Cierra los ojos.
Adrián intentó abrir la puerta en un semáforo.
Ella bloqueó los seguros.
—¡Déjame salir!
—No hagas el idiota.
—¡Para el coche!
El semáforo cambió.
Clara aceleró.
A mitad de camino, Adrián dejó de discutir.
A las 02:13 entraron en el garaje de casa.
Clara tuvo que ayudarlo a subir.
Lo sentó en el sofá.
Él murmuró el nombre de Gabriel.
Después el de Mateo.
Clara preparó agua.
Esperó.
A las 02:26 Adrián dormía.
Ella encendió su Mac porque estaba más cerca que su portátil.
Abrió su cuenta de generación de voz.
Subió diecisiete notas de voz de Adrián que había guardado durante semanas.
No necesitaba fabricar la confesión.
Esa ya la tenía.
Necesitaba otra pieza.
Una conversación falsa entre Adrián y Gabriel que pudiera aparecer más adelante si todo apuntaba demasiado deprisa hacia ella.
A las 02:44 generó la primera versión.
Adrián sintético decía:
—Ella no sabe nada. Lo haré yo.
La borró.
Demasiado obvia.
Probó otra.
—Si hablas de Clara, te juro que te mato.
También la borró.
No llegó a utilizar ninguna.
A veces, la mejor falsificación era la que solo existía como posibilidad.
A las 02:58 copió ocho segundos de la grabación real.
Preparó un número virtual.
Programó el envío para las 03:17.
Después se duchó.
Metió la chaqueta azul de Adrián en una bolsa.
Borró lo que pudo.
Y volvió a la cama.
A las 03:17 el teléfono de Adrián vibró.
Clara llevaba diecinueve minutos despierta a su lado.
Cuando él abrió los ojos, cerró los suyos.
Y esperó a que la historia empezara.