56 · LA COPA
LA COPA
Clara supo que Adrián se había reunido con Gabriel antes de que él volviera a casa.
No porque lo siguiera.
Porque Gabriel cometió el error de escribirle.
Ya he hablado con Adrián. Si tú no se lo cuentas, lo haré yo.
Clara leyó el mensaje tres veces.
Cuando Adrián llegó, ella estaba preparando la cena.
Él la besó en la mejilla.
No dijo nada.
Y en ese instante Clara entendió dos cosas.
La primera: su marido también podía mentirle mirándola a los ojos.
La segunda: Gabriel había conseguido convertirlos en desconocidos antes de ir a la policía.
La noche del homicidio no estaba prevista como una ejecución.
Eso era importante para Clara, aunque sabía que ya no importaría para nadie más.
Había citado a Gabriel para intentar convencerlo una última vez.
Quería llevar a Adrián.
Quería que oyera de boca de Gabriel lo ocurrido, pero no quería que llegara lúcido a una conversación que podía destruirlos.
Mientras colocaba los platos, Clara vio el móvil de Adrián sobre la encimera. Tenía una esquina astillada desde hacía meses. Siempre decía que lo cambiaría cuando dejara de funcionar; seguía prefiriendo gastar el dinero en viajes que en aparatos.
Clara se preguntó cuántos gestos como aquel tendría que recordar para seguir considerando que lo conocía.
Hubo un momento —apenas el tiempo que tardó en llevar los cubiertos a la mesa— en el que pudo llamar a Gabriel, cancelar la cita y confesarlo todo allí mismo.
Después oyó la llave de Adrián en la puerta y se sorprendió al sentir alivio: todavía quedaba alguien a quien podía contarle una versión incompleta.
El zolpidem estaba en un blíster viejo.
Dos comprimidos.
Los trituró.
Puso la mayor parte en el vaso de Adrián.
Una cantidad pequeña en el suyo, que apenas probó.
Su idea era que él estuviera confuso, lento, que después recordara fragmentos y no una conversación completa.
No pensó en una amnesia de cuarenta y siete minutos.
Pensó en niebla.
A la una y diez, Adrián estaba adormilado.
Clara le dijo que Gabriel había escrito.
Que estaba abajo.
Que quería hablar.
Adrián se enfadó.
—¿Ahora?
—Si no vamos, irá a la policía mañana.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Escuchar.
Él se puso los vaqueros. La camiseta negra. La chaqueta azul.
Clara recordaría después cada prenda porque lo había vestido con la mirada, preguntándose qué parte de aquella noche conservaría él por la mañana.
Cogió las llaves de su coche.
Adrián protestó.
—Es mío.
—Tú no estás para conducir.
Aquella frase casi la hizo reír por dentro.
No lo hizo.
Durante el trayecto, Adrián preguntó dos veces adónde iban.
La segunda vez Clara supo que la dosis había sido demasiado alta.
A las 01:42 aparcó junto al edificio de Gabriel.
Él los esperaba en el garaje.
Sofía estaba allí también, aunque Clara tardaría varios minutos en darse cuenta.
Y el teléfono negro llevaba ya una hora grabando audio en el bolsillo interior de su abrigo.