Capítulo 49 #2
—¿No tuvo curiosidad de saber qué obra de Leonardo da Vinci tengo? —Arqueo la ceja.
—¿ Tenemos tiempo? —Mira el reloj—. ¿Tu palacio quemado no está a...?
—No. Esas obras no están allí. Están aquí, en el palacio del Emir.
—Por supuesto —asiente.
Echa un vistazo a sus hombres.
—¿Puedo enseñarles a mis hombres tus obras? Sabes, las aprecian.
—Por supuesto —miro a los guardias—. Todos son bienvenidos a ver las obras. ¿Alguno de vosotros ha tenido la oportunidad de ver un original de Leonardo da Vinci?
Algunos hacen que no, los demás se quedan parados como están.
Lo que Maximillian preguntó, en realidad, fue: si esta mierda es una trampa, quiero asegurarme de que mis guardias estarán ahí para protegerme. ¿Te parece bien? Mi respuesta fue: por supuesto, insisto en que te acompañen.
—Muy bien, entonces vamos.
Mi caro visitante no se sorprende de que no nos dirijamos a la galería del palacio, en realidad cogemos un pasadizo secreto que nos lleva directo a una mazmorra.
—¿Guardas tu arte en un sitio así? —Espía alrededor.
—Aquí se acaba la luz eléctrica, porque esta parte es reciente. —Le muestro las antorchas de fuego que iluminan el camino.
—Me encanta el aire europeo y medieval que tiene este lugar. —Maximillian intenta esconder su miedo, tira de dos guardias para que vayan delante—. ¿Qué es esto? —dice cuando algo en la pared lo golpea.
—Ah, eso... —Cojo una antorcha de la pared y la ilumino para que vea—. Esto es un nuevo arte que estamos probando por aquí.
Hay un cuerpo vivo en la pared. De este lado están sus muslos y piernas. Del otro lado están su torso, brazos y cabeza.
—Qué curioso —parece fascinado—. ¿Arte vivo?
—Es exactamente como lo llamo: arte vivo —asiento—. ¿Quiere interactuar?
— Inter... —traga saliva—. actuar?
—¿Qué sentido tiene el arte vivo si no interactúas? —rebato.
El apreciador de arte se queda fascinado al observar los muslos y piernas femeninas, a un metro de distancia hay otra, masculina, y así por toda la pared.
—¿Cómo debería interactuar? —Me sonríe.
—Como quieras —propongo.
Max no esconde lo sádico que es. Coge la antorcha y prende fuego a los genitales femeninos. Los dedos se contraen, la mujer sacude las piernas en desesperación, hasta que por fin su cuerpo se afloja.
Es tan divertido que Max pide el arma a uno de los guardias y empieza a disparar a los siguientes, una a una.
—¡Esto es... —dice excitado—... arte puro!
—Sí —lo observo.
Pide un cuchillo y se decepciona cuando todo lo que uno de los guardias tiene para ofrecerle es una pequeña navaja.
Claramente quería algo más grande, más letal, no se contenta con ver la sangre escurrir por la pared.
Parece triste por no poder cortar el hueso y separar la cintura —que está de este lado— del tronco —que está al otro lado de la pared.
—Esto es... guau —Max se limpia las manos en la chaqueta de uno de sus hombres—. ¡Un parque de atracciones para adultos! Khaled, granuja, ¿qué haces con estos cuerpos? —Me guiña.
Le devuelvo el guiño.
—¿Continuamos?
—Por supuesto.
Las apariciones de cuerpos vivos por la pared continúan, pasamos por decenas de ellos.
Llega un momento en el que se alternan, algunos tienen la cara vuelta hacia este lado, otros tienen la cara dentro del salón.
Maximillian intenta identificarlos, pero es difícil, ya que están cubiertos con pañuelos, cascos y gafas oscuras.
Claro, los que no están muertos, con oro derretido en el cráneo.
—Hemos llegado. —Muestro el paso, un portal gigantesco, soy el primero en entrar.
—Qué lugar fascinante —se humedece los labios, se esconde detrás de los guardias—. ¿Sabes? Nunca pensé que tuviéramos tanto en común, Khaled. Mi familia tiene un aprecio gigantesco por el estudio del cuerpo humano y su uso en la ciencia para nuevos descubrimientos.
—¿Empezaron en la Alemania nazi, en campos de concentración? —supongo.
Tras un análisis silencioso, asiente con la cabeza.
—En aquella época descubrimos cosas increíbles sobre el cáncer y las vacunas, el mundo nos lo agradece hasta hoy —sonríe con apuro—. ¿Quiénes son, Khaled? No puedo verles las caras.
—Voy a encender las luces para que vea. —Suelto la antorcha al suelo—. Esta parte ya tiene luz eléctrica.
El shock de la claridad casi ciega al hombre. Después se queda maravillado, absorto, perdido con tanta información. Ve, como le prometí, las obras de arte que tengo de los artistas famosos, así como otras que no cité.
En el centro de la sala hay algo que llama su atención: doce caballos vivos están colocados en posición de «hexagrama», una estrella de seis puntas. Están dispuestos hasta formar los triángulos del dibujo geométrico.
El cuerpo de los caballos está cubierto por telas negras, se puede ver que cada caballo tiene tres personas atadas a él: una en la espalda y una a cada lado.
En el centro de los 12 caballos hay una tela negra que cubre un cuerpo humano estirado, con cables de acero conectados a todos los caballos.
—¿Cómo tienes el valor de mantener estas preciosidades aquí con todo ese montón de arena en el rincón? —Señala un extremo del lugar.
—Forma parte del arte —garantizo.
—¿Sí? —Se queda aún más interesado, sonríe—. Khaled, eres un hombre intrigante. Me caes bien.
—¿Le caigo bien?
—Tenía miedo de que se generara un aire de competición indebida, porque imagino que es tu deseo superar a mi familia, ¿no? —Me da con el codo.
—¿Eso cree? —Me hago el tonto.
—Ah, claro que sí. —Empieza a caminar por el amplio salón, observa los rostros cubiertos, tratando de descubrir sus identidades—. Tú y mi hijo Ramon os llevaríais muy bien. Está obsesionado con un concepto nuevo.
— ¿Mmm?
—Coge a personas sin hogar y les corta partes del cuerpo e intenta usar nuestra ciencia para que los miembros vuelvan a crecer —dice animado.
—¿Y ha tenido éxito? —Cruzo los brazos, intrigado.
—No. No en estos últimos 15 años —piensa un poco. Se detiene frente a un cuerpo con las manos atadas, mordaza en la boca, gafas oscuras.
Le quita las gafas al hombre. Quizá con la esperanza de reconocer a su gran amigo y socio Kadmo Kroening al ver sus pupilas, pero las arranqué. Igual que hice con todos los hombres que están aquí.
— Khaled... —Apunta con el índice y se gira hacia mí.
En ese instante, sus guardias más fieles son apuñalados en la garganta por los que ahora me son fieles a mí.
— ¿Sí?
—¿Qué está haciendo aquí Kadmo Kroening...? —Deja de hablar, debido al shock. Pestañea demasiado rápido, sin saber qué preguntar.
—Lo mismo que todos los cabezas de las familias que la suya domina —mi madre, Crystal, dice, saliendo de detrás de uno de los caballos—. Lo mismo que todos los que participaron en su conspiración —sonríe—. Están aquí reunidos, querían verlo.
El hombre se queda blanco cuando ve a mi madre.
Seguro que preferiría ver al diablo en persona.
—Hola, papá —ella sonríe con un saludo—. ¿Sorprendido de verme?
Max abre mucho los ojos y mira su reloj de pulsera.
—Llego tarde a la reunión del consejo. —Se apresura para salir.
Pero sus hombres de confianza que ahora son míos, lo empujan de vuelta a donde estaba.
—¿Qué pasa, Max? —Me desabrocho el traje y me lo quito con calma—. ¿No te alegra ver a tus amigos o a las obras de arte?
—Quiero salir —gruñe.
—¿No te alegra ver a tu hija? —Indico a mi madre con la cara—. ¿La que pediste a los Emires de mi país que mataran?
—No lo entenderías. —Sacude la cabeza en negación—. ¡Tengo que salir!
—Vas a salir —asiento—. Antes de eso, sin embargo, vas a pasar un tiempo con tus conspiradores favoritos.
Imagino que se reunieron, ¿no? —Camino entre los rostros cubiertos—.
Cuando intentaron exterminar a la familia Kjaerlighet...
cuando mataron a personas de la familia Leão...
Dourado... Cavalieri... Al Makariam... —cito el apellido de cada familia, son tantos apellidos que casi puedo dar una vuelta entera por la sala.
—Khaled, no entiendes. —El hombre se acerca a mí—. Eres un Bocutti. ¡Tu madre es una Bocutti! —gruñe, la señala.
—¿La madre que pediste que mataran? —Muestro la cara de Mohammed al Khalifa, padre de Mustafá, retiro el paño de un modo bien teatral.
El shock del hombre al ver el destino de los Emires de mi país no tiene precio.
—Podemos unir a nuestras familias —abre mucho los ojos—. ¿No lo entiendes? Eres uno de los nuestros. Esto demuestra que compartimos ADN y pensamos igual. Si vienes a nuestra familia, podemos ser la segunda familia más rica del mundo. ¿Has pensado en eso?
—Lo pensé.
—¡Entonces! —Sigue con los ojos muy abiertos—. ¿Nunca se te pasó por la cabeza que mi padre, tu bisabuelo, ese era su plan? ¿Desde el principio? Los fuertes dominarán a los débiles. Tú eres fuerte. Eres uno de los nuestros. ¡Un Bocutti, Khaled!
No sé qué es más interesante para este rubio de ojos azules que cree en la raza pura y la sangre especial para seres humanos no mestizos: su desesperación frente a lo que está viendo o su imaginación sobre lo que pasará ahora.
—Sí, soy un Bocutti —asiento—. Ella es una Bocutti —indico a mi madre—. Tú eres un Bocutti —constato—. Pero tú no eres un Al Makariam.
Estas palabras son el decreto de lo que va a pasarle a Maximillian Bocutti Hijo.
Ironía del destino que lleve el nombre del hombre que empezó todo esto.
—No —se niega—. No. No puedes matarme. Va contra las reglas, ¡Khaled! ¡Soy el cabeza de la sexta familia! —grita.
—¿Quién dijo que iba a matarte? —Muestro con las manos a los hombres a nuestro alrededor. No he matado a ninguno. Ni pretendo.
—¡Llego tarde a nuestra reunión! —Repite, su cabeza debe de estar en bucle, no consigue esbozar ninguna otra palabra.
—No, no llegas tarde —digo—. Ni siquiera has visto el espectáculo.
— ¿Qué espectáculo?
Qué bueno que pregunte. Sonrío animado e indico a uno de los hombres que venga a quitar la tela negra de encima del hombre atado a los caballos.